jueves, 8 de mayo de 2008

MAYO DE 1968. LA REVOLUCION QUE JAMAS TUVO LUGAR.

“Cuanto más lejana está la revolución mas seductora es”. Anónimo.
“Un hombre no es nada si no cuestiona”. Sartre.
“Toda visión de las cosas que no es extraña es falsa”. Valery. Galería de Letras. Sorbona.

Un viejo dicho popular francés afirma que cuando París tiene fiebre, tiembla Francia entera. La ciudad se ubica en el centro simbólico y político de la nación. Al igual que sucede en Colombia, todo lo que sucede en la capital francesa repercute en sus provincias metropolitanas y de ultramar. Durante el mes de mayo, y la primera quincena de junio del año 1968, Francia entera tembló, conmocionada por los vertiginosos acontecimientos que, desatados por una rebelión estudiantil, se extendieron como reguero de pólvora.
Una revuelta que comenzó en Nanterre, terminaría paralizando toda Francia. El régimen político más orgulloso y seguro de sí mismo de Europa se vio empujado hasta el borde del derrumbe.[1] Comenzó los primeros días de mayo; a mediados del mes ya se habían unido los obreros, sujetos revolucionarios por antonomasia, según el marxismo ortodoxo. Hacia finales de mes los franceses creían que vivían una nueva revolución; sin embargo, a finales del mes de junio se habían disuelto los últimos conatos revolucionarios tan rápido como habían surgido. ¿Que sucedió? ¿Por qué una revuelta estudiantil se transformó en una revolución fallida? ¿Porqué fracasó? ¿Realmente fracasó?
Francia vivía en 1968 los últimos años del largo régimen de Charles de Gaulle, bajo cuyo férreo dominio los franceses habían perdido violentamente sus colonias de ultramar (la descolonización francesa fue, de lejos, la más sangrienta; solo hay que recordar lo sucedido en Indochina y Argelia); pero vivían el periodo de mayor expansión y prosperidad económica, lo que en Francia se conoció como los trente glorieuses años (1945-1975). Desde 1958 cuando una profunda crisis política, un quasi-coupetat militar, motivó su regreso al poder tras una ausencia de más de 10 años, de Gaulle fue acumulando progresivo poder, haciendo de su ‘Quinta República’ un régimen que aun hoy hace de Francia una democracia cuyo jefe goza de unos poderes no vistos en otro régimen que se autodenomine con esa etiqueta. Según Kurlansky ‘pocos monarcas modernos y ningún jefe de Estado democrático han disfrutado del grado de poder absoluto que de Gaulle garantizó por Constitución al presidente de la Quinta República, que en 1968 era él mismo’.[2]
La revuelta violenta forma parte de la cultura francesa. Revoluciones burguesas y proletarias han ocurrido históricamente en las calles de París. Tres hitos importantes, previos a mayo de 1968, merecen mención. Por un lado la revolución de 1789 revolución burguesa arquetípica, modelo para la descolonización de las colonias hispanoamericanas, que comenzó con la toma de la Bastilla, fortaleza que protegía el costado oriental de la ciudad de París, posteriormente convertida en prisión estatal. Luego, la reacción en la forma de un bonapartismo exacerbado, cuyos tentáculos llegaron hasta Louis-Napoleón Bonaparte, Napoleón III, primer presidente de la República y último monarca de Francia, quien remplaza al rey Luís Felipe tras la crisis de la Revolución de Febrero de 1848, inaugurando el periodo conocido como la Segunda República. Ya en 1830, tras el intento de Carlos X de limitar la libertad de prensa, recortar el tamaño del censo electoral y disolver la cámara baja, los parisinos se habían rebelado contra la monarquía durante los ‘Tres días gloriosos” en julio de ese año. Como resultado, la ‘Monarquía de Julio” de Luís Felipe de Francia implanta un régimen más liberal que no impide que un germen de movilización proletaria y gran descontento de la pequeña burguesía, lleve al levantamiento entre el 23 y el 25 de julio de 1848, saldado con la muerte de miles de parisienses, dando así fin a los experimentos de democracia directa, autogestión y justicia distributiva iniciados ese febrero. Se aplastó el momento revolucionario y poco después se disolvió la Asamblea Nacional para crear, ya no la Segunda República, sino el Segundo Imperio. El abandono de las masas trabajadoras por parte de la pequeña burguesía sirvió a Marx para explicar en el Dieciocho Brumario de Luís Bonaparte su teoría de la lucha de clases como motor de la historia. Asimismo, la Revolución de 1848 motivó la renovación urbanística de París realizada por el barón Haussmann y el surgimiento de los grandes bulevares, donde difícilmente se podían hacer barricadas, modelo urbano que no llegó al barrio latino con su casco antiguo, y donde el adoquín no había sido remplazado por el asfalto. Se trataba de reformar París creando inmensos bulevares, ‘corredores anchos y largos por los que las tropas y la artillería podían desplazarse efectivamente contra las futuras barricadas e insurrecciones populares’.[3]
Finalmente, una tercera revolución previa a 1968, la ‘Comuna de París’, el breve gobierno popular que controló París del 18 de Marzo al 28 de Mayo de 1871, cuyo sangriento desenlace (las estimaciones de muertos varían entre 30 mil y 50 mil, como resultado de la sangrienta retoma de París desde Versalles) no evita que se asemeje más a los acontecimientos de mayo y junio de 1968 (comparado con las revoluciones de 1789 y de 1848) dado su marcado carácter anarquista. En efecto, tal como en su momento lo señaló Bakunin, la comuna de 1871 no dependió de una vanguardia, no intentó tomar el poder al Estado y tuvo una notable cooperación horizontal, no-jerárquica, entre los diferentes bandos revolucionarios. En ello, sentó un precedente más cercano, no solo en el tiempo, sino ideológicamente con ‘mayo del 68’.
Si, los franceses tienen una larga tradición de revoluciones, pero también de gobiernos Fuertes. Al rey Sol, Luís XIV, quien afirmaba, ‘El Estado soy yo’, y encarnaba el despotismo absolutista, primera forma del Estado moderno en Europa, hay que agregarle una larga lista de ‘hombres fuertes’, de la cual forman parte Napoleón, Daladier, de Gaulle, y, más recientemente Mitterrand, Chirac y Sarkozy. Con su ‘Quinta República’ de Gaulle había reclamado para si, con éxito, el monopolio de los medios de poder. En 1968, no existía en el mundo una democracia con un régimen presidencialista tan fuerte, en el cual de Gaulle era de facto, no solo jefe de Estado sino también de gobierno, además de atribuirse algunas facultades judiciales y legislativas cuando el fin así lo demandaba. Este centralismo del poder, montado en un fuerte presidencialismo explica porqué la huelga se extendió tan rápidamente, al punto de paralizar al país y crear tal vacío de poder que durante varios días los franceses vivieron una verdadera situación revolucionaria y una sensación tan generalizada de ausencia de autoridad, que por poco causa otro cambio de gobierno, régimen y sistema económico en el país galo.
La tradición centralista y centralizadora de la política francesa, acentuada durante el gaullismo con su desconfianza ante las instituciones intermedias de negociación política, llevó al casi colapso al sistema político francés, evocando en la memoria de sus citoyens el recuerdo de su larga tradición de luchas callejeras. La centralización caracteriza además al sistema universitario francés, que en 1968 (y aún hoy) gravitaba por un lado, alrededor de las monolíticas políticas del Ministre de l'Éducation nationale, el mayor empleador del país, y por otro lado alrededor de la vida cultural e intelectual de la Sorbona. Ello explica porqué la revuelta se propagó tan rapidamente a practicamente todas las instituciones académicas del país, tanto universidades como liceos.
De Gaulle había logrado poner fin a la sangrienta guerra de Argelia que había dejado en entredicho el liderazgo moral de Francia en todo el mundo, ya suficientemente afectado por el gobierno de Vichy, colaboracionista del III Reich y responsable de masivas deportaciones de judíos franceses y otros ‘indeseables’. Lo que fue la Guerra de Vietnam para el movimiento estudiantil norteamericano lo fue la Guerra de Argelia para el germen del movimiento estudiantil francés. Al igual que Vietnam sirvió para que la juventud norteamericana observara el verdadero rostro del destino manifiesto y la contradicción e hipocresía inherentes a los discursos liberadores y mesiánicos de los Estados Unidos -expresados con toda crudeza en la masacre de May Lai, el 16 de marzo de 1968, en la que fuerzas norteamericanas asesinaron entre 347 y 504 habitantes de los poblados de My Lai y My Khe, la mayoría de ellos mujeres y niños-, la guerra de Argelia había despertado las conciencias de los jóvenes franceses, menos embriagados por el triunfalismo de posguerra y el nivel de vida de la población que sus padres. Ellos eran concientes de lo mucho que el colonialismo francés en Argelia se parecía al fascismo, hecho por lo cual, además, la guerra de Argelia forjó en gran medida las luchas y teorías antiimperialistas, descolonizadoras y los movimientos de liberación nacional que proliferaron a lo largo de las décadas del cincuenta y sesenta por todo Francia y todo el Mundo.
La guerra de Argelia contribuyó a radicalizar a la juventud francesa.[4] Para el final de la guerra en 1962, los estudiantes de izquierda de distintas tendencias (anarquistas, anarcosindicalistas, leninistas, trotskistas y, crecientemente, castristas y maoístas) habían asumido el control de las agrupaciones estudiantiles universitarias. El fin de la guerra en el norte de Africa coincidió con un periodo de paz y estabilidad aparente; bajo la calma se gestaba un movimiento impulsado por el ejemplo de sus pares estudiantes en otras partes del mundo, desde Berkeley, hasta Tokio, Berlín y ciudad de México. Lo impulsaba además la descolonización junto con la lectura apocalíptica que Herbert Marcuse y otros pensadores de la escuela de Frankfurt hacían de la moderna sociedad de consumo.
Hay que decir que 1968 fue un año particularmente turbulento en todo el sistema-mundo. Al igual que 1914, 1917, 1929, 1945, 1972, 1989 y 2001, el 68 es un año que marca profundos cambios en el orden económico y político mundial. Enero comenzó con malas noticias venidas desde Vietnam, que tuvo en 1968 su peor año en víctimas, vietnamitas y norteamericanas. La opinión pública de los Estados Unidos pudo hacerse una idea de lo que realmente estaba aconteciendo en el sureste asiático cuando Walter Cronkite les transmitió en tono editorial sus impresiones de lo que había sido su experiencia reciente presenciando la sangrienta Ofensiva del Tet. La oposición a guerra de Vietnam fue el gran aglutinador de las marchas, tanto en los Estados Unidos como en el resto del mundo; tal como sucedió con la guerra de Irak y las marchas masivas que motivó alrededor del globo en febrero de 2003. La guerra fue el acicate, el detonante de las revueltas universitarias que desembocaron en la caótica convención demócrata de Chicago en agosto de ese año. El movimiento por los derechos civiles seguía consiguiendo victorias, pero los asesinatos de Martin Luther King el 4 de abril y de Robert Kennedy el 6 de junio, enrarecieron aún más el ambiente político del país en un año electoral agitado. Con su muerte, la no violencia predicada por King dio paso al discurso radicalizado de las Panteras Negras que sin embargo compartían con los partidarios de King, su rechazo a la guerra. En Nigeria la guerra de Biafra adquiría visos dantescos y atroces. Esta confrontación, que enfrentaba a los miembros de la etnia Igbo, contra otros grupos étnicos nacionales por el control político de la región de Biafra, rica en recursos petroleros y que convierte a Nigeria en potencia exportadora del hidrocarburo, comenzó cuando los Igbo proclamaron su independencia. Las masacres de los miembros de esta etnia, por parte de la etnia Hausa-Fulani, se sucedieron a lo largo de todo 1968. En Praga, las reformas que marcaron la ‘primavera de Praga’, se sucedían ante la mirada sospechosa de Moscú. Brezhnev y los gobiernos satélite de la Unión Soviética no permitirían que Dubček, el advenedizo y contradictorio líder de Checoslovaquia, se saliera con la suya en el propósito de sacar adelante su ‘socialismo con rostro humano’, que en plata blanca significaba el desmonte del férreo control del partido comunista sobre la vida social de los Checos y eslovacos. La primavera de Praga fue brutalmente aplastada con la entrada de los tanques del Pacto de Varsovia a través de cinco fronteras el 20 de agosto. Con ello, se iniciaba el fin del bloque soviético y de la guerra fría, que tomaría otros 20 años en suceder de forma definitiva. El germen estuvo en Praga. En México, las olimpiadas de Octubre estuvieron antecedidas por la masacre de Tlatelolco, en el que el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz ordenó disparar contra los estudiantes que se concentraban en la plaza de Tlatelolco o de las ‘tres Culturas’ el 2 de octubre. Los estimados más optimistas hablan de entre 200 y 300 muertos.
Lo que se etiqueta como ‘mayo del 68’ en París, ni se limita a mayo, ni al año 68 ni a París, sino que forma parte de complejos procesos sociales y geopolíticos que hicieron de los últimos años de la década del sesenta, años decisivos para la configuración del mundo del capitalismo tardío por el que atravesamos. Fue en 1968, cuando los estudiantes se rebelaron desde los Estados Unidos y México en Occidente, hasta Polonia, Checoslovaquia y Yugoslavia en el bloque socialista, estimulados en gran medida por la extraordinaria erupción de mayo en París.[5] Lo que cruzaba esta manifestación global de descontento fue una enorme insatisfacción por el poder en todas sus manifestaciones. Donde había comunismo la gente se rebeló contra el comunismo, donde había capitalismo se rebeló contra este. En Estados Unidos, los estudiantes criticaban la guerra y el involucramiento de las universidades en la investigación y desarrollo de armas y tecnologías de guerra como el Napalm. En México se protestó contra el cierre de los espacios democráticos por parte del monopartido nacional, el PRI que había sellado todas las puertas para el surgimiento de segundas y terceras fuerzas que cuestionaran su hegemonía. En Berlín, se protestaba por la resistencia del nazismo a desaparecer de la vida política alemana y su persistencia en medios de comunicación, empresariales y académicos. La guerra también fue el gran aglutinante en la capital alemana, donde las protestas señalaron el camino que tomarían las manifestaciones en la capital francesa. En este contexto planetario de luchas sociales surgidas y recreadas en las universidades, lo que caracteriza al 68 francés fue el grado de generalidad que tomó la huelga, ‘mientras en Alemania, los Estados Unidos u Holanda, el activismo estudiantil siempre involucró una minoría de estudiantes, era casi imposible en mayo y junio del 68 encontrar un estudiante francés que estuviera contra le mouvement[6]
La revuelta se explica si tenemos en cuenta el aumento considerable en el acceso a la educación superior en Francia. En 1968 la universidad francesa ofrecía oportunidades de acceso sin par en el continente, aunque los criterios para mantenerse allí eran muy exigentes. De 175.000 estudiantes matriculados en 1958, se pasó a 500.000 en 1968.[7] La universidad francesa se caracteriza por su universalidad, su altísima calidad técnica y humanística, pero además por su carácter centralista y monolítico, por su autoritarismo y verticalismo. Esta situación era aún más acentuada en 1968 donde los estudiantes casi no tenían voz en los espacios de poder, negociación y decisión estudiantiles, y optaban por la salida, la evasión del sistema. Desde luego, el aumento del numero de estudiantes y el cierre de los espacios de participación y representación estudiantiles (monopolizados por los miembros del organizaciones cercanas al partido comunista y que no daba cuenta de la cornucopia de identidades e ideologías políticas que se movían en las aulas), son explicaciones que no dan cuenta de la totalidad del fenómeno. No explican el carácter totalizante que tomarían los événements ni el carácter de las demandas, que no se limitaron a lo estrictamente académico, ni a requerimientos de tipo material.
De hecho, fue una cuestión ‘personal’ y que en el momento no parecía política, pero lo era, lo que detonó la protesta. En la universidad de Nanterre, l@s estudiantes protestaron reclamando residencias mixtas donde pudieran dormir con sus compañer@s. A los chicos se les negaba el acceso a las residencias de sus novias y viceversa. Las chicas podían acceder a los dormitorios de los chicos con un permiso de los padres o si eran mayores de edad. A los chicos no se les permitía entrar en los dormitorios de las chicas en ningún caso.[8] La liberación personal y la liberación social iban de la mano, y las formas más evidentes de romper las ataduras del poder, las leyes y las normas del Estado, de los padres y de los vecinos eran el sexo, la revolución y las drogas.[9] La frontera entre pegarse un porro, echarse un polvo y levantar barricadas parecía tenue.
Gobernada por comunistas del PCF desde 1945, Paris ha consolidado un "cinturón rojo" de communes y arrondissements. Nanterre, un gris suburbio en el occidente de París forma parte de él. Desde 1967 la protesta estudiantil se había radicalizado con la formación de un grupo autodenominado los enragés. En Nanterre estudiaba Daniel Cohn-Bendit, Dany le Rouge, Dany el Rojo. Junto con Jacques Sauvageot, líder de la Unión Nacional de Estudiantes, Alain Krivine, y Alain Geismar se convirtió en el ‘líder’ de la revuelta. El entrecomillado se debe al hecho de que la noción tradicional de liderazgo, inevitablemente asociada, al menos en la teoría política, a la noción de poder, no aplica al liderazgo que se ejerce en los movimientos estudiantiles. En el movimiento del mayo parisiense ello fue evidente. Notorio fue además un rechazo general a la toma del poder, lo cual explica el devenir que tomaron los acontecimientos con el transcurrir de las semanas. Ejercieron un liderazgo informal y transitorio, impulsado por las circunstancias y sin que mediara entre ellos un plan concreto o una ideología que cimentara su relación. Cohn-Bendit era libertario mientras que Sauvageot, Krivine y Geismar poseían una tradición más socialista.
Cohn-Bendit, era el líder del movimiento más notorio y mediático de todos cuantos participaron en las revueltas, el Mouvement du 22 Mars. Esta era tan solo una de múltiples organizaciones estudiantiles de distinto cuño político que tenían en común un rechazo a la autoridad en abstracto; al poder provenga de donde provenga. Siguiendo un código antiautoritario que rechazaba el liderazgo y bajo la sombra ejemplarizante de los movimientos estudiantiles radicales de Berlín, Roma y Berkeley, los estudiantes de Nanterre protestaron tanto contra el imperialismo norteamericano como contra la brutalidad del estalinismo. El marxismo leninista, trotskista y maoísta gozaba de aceptación entre los estudiantes pero no constituían la mayoría de la población radical estudiantil. Estos trataban de crear un espacio intermedio entre los bloques macizos de la guerra fría. Tal vez por ello, el comunismo ortodoxo del PCF se opuso desde el principio a los movimientos estudiantiles.
Los 20 ò 25 enràges originales de 1967 en Nanterre se convirtieron en un millar para marzo de 1968 y en cuestión de semanas se transformaron en cincuenta mil; a finales de mayo eran diez millones que paralizaban una de las mayores economías del ‘mundo libre’.[10] Entre enero y abril, los enràges tuvieron una serie de encuentros con la policía y con las autoridades universitarias, ocupando varios edificios y haciendo de la protesta callejera su estrategia privilegiada. Los reclamos eran de tipo académico pero en ellos ya se veían, tanto reivindicaciones colectivas del tipo ‘vieja izquierda europea’, como posmateriales o de tipo personal y ecologista. El papel improvisado de líder de la confrontación contra las autoridades -en un ambiente de reforma académica similar a la que atraviesa la universidad publica colombiana en el mes de mayo de 2008- fue Cohn-Bendit. Con su megáfono, su anticomunismo visceral, su cabello rojo, su sonrisa carnívora, su espontaneidad y aguda ironía contra el poder, logró crear un tipo de liderazgo simplemente ‘por decir las cosas en el momento oportuno y en el sitio adecuado’. Era el mismo tipo de liderazgo que se ejercía en Berkeley, Columbia, La UNAM de México o la Universidad Nacional de Bogotá. El cuestionamiento de Cohn-Bendit ante un comité disciplinario el 2 de mayo enfureció a los estudiantes de Nanterre que, ante las negativas del campus de permitir difundir sus mensajes, emprendieron una serie de ‘acciones directas’. Estas preocuparon a un de Gaulle que, a pocos días de inaugurar una conferencia de paz para la guerra de Vietnam ante la cual estaba puesta la atención mundial, quería proyectar la imagen de una Francia fuerte, unida y ordenada. Gracias la conferencia de paz para Vietnam, París se había convertido en la capital mundial de los mass media. Nanterre fue cerrada ese 2 de mayo, y la protesta se trasladó de la periferia de la Ville-lumière a la Sorbona que cuatro días después sería cerrada por vez primera en sus setecientos años de historia. Los líderes de la protesta, Cohn-Bendit y Sauvageot incluidos, mas seiscientos de sus compañeros fueron detenidos. El 10, el combate definitivo, la ‘noche de las barricadas,’que radicalizó las posiciones de las partes. Con el levantamiento de barricadas, París volvió a los viejos tiempos. Había dos territorios, dos ciudades: la de los manifestantes y la del poder. Un gran área del Barrio Latino estaba liberada, la calle Gay-Lussac era el limite imaginario; ‘el barrio latino se convirtió simbólicamente en lugar de un orden nuevo…durante tres semanas, el Barrio Latino fue una zona liberada, un lugar donde poder refugiarse, donde poder estar seguro’.[11] Había una atmósfera de fiesta detrás de las barricadas. Cierto era: la revolución y el carnaval no eran muy diferentes. Detrás de la revolución y del carnaval está el fuerte imaginario arquetípico del ‘mundo al revés’. Todo se veía simple, fácil, la toma de poder era inminente. Las barricadas no eran sólo medios de autodefensa; se convertían en símbolos de una cierta libertad.[12]
Pronto, el movimiento se ganó el aprecio de la sociedad francesa y el desprecio de los marxistas de viejo cuño que consideraron la revuelta como "falsa revolución proveniente de una falsa conciencia". Los maestros y la intelectualidad francesa, existencialistas, estructuralistas y postestructuralistas incluidos (Touraine, Michaud, Lefebvre, Ricoeur, Balibar, Althusser, Morin, Sartre) también apoyaron la revuelta estudiantil desde el principio. Ante las noticias de revueltas estudiantiles sucediéndole alrededor del mundo, el gobierno optó por señalar una teoría conspirativa que encontró sus adeptos. No obstante, la revuelta global fue la típica estrategia sin estrategas, un movimiento liberador y guiado por la razón utópica sin coordinación alguna. Conforme pasó el mes de mayo los acontecimientos tomaron la forma de una verdadera situación revolucionaria madura. Las protestas crecían y reunían a cada vez más personas; el trece de mayo, el día decisivo, los principales sindicatos convocan a la huelga general. Los radicales más ortodoxos como Geismar ‘estaban convencidos de que ese era el comienzo de una revolución que iba a cambiar la sociedad francesa o la europea arrancando las viejas costumbres de raíz’.[13] Pero otros, como Cohn-Bendit no estaban tan seguros. Para ellos, no se trataba de una típica situación revolucionaria cuyo objetivo ultimo es la toma del poder y su sustitución por un gobierno popular, una dictadura del proletariado.
Las batallas campales en el barrio latino; los chicos con pañuelos en torno al cuello y el rostro (elemental protección contra el gas); el adoquín utilizado como arma contra el poder; las nubes de gas lacrimógeno; los policías con gafas oscuras y mascaras antigás; y los cuerpos retorcidos sobre al adoquín de obreros, estudiantes y policías, salieron en los noticieros de todo el mundo. En un mundo donde la televisión ya reinaba como el medio de difusión privilegiado, tanto por los gobernantes como por los manifestantes, las imágenes de esa primavera en París dieron la vuelta al mundo y despertaron la solidaridad de los estudiantes de los cinco continentes. En un mundo donde el remoquete de “terrorista” no resultaba tan amenazador como ahora, la combinación de propaganda, panfletos mimeografiados, adoquines y cócteles molotov como respuesta a la agresión policial, se veían como acciones cuya legitimidad estaba fuera de toda duda. Milagrosamente no hubo muertos tras tardes y noches de duros enfrentamientos. Aun cuesta entender cómo tras las sangrientas revoluciones de 1789, 1848 y 1871, la de 1968 fue relativamente pacífica a pesar de los disturbios, solo tres personas resultaron muertas, uno de ellos un comisario de policía de Lyon.
A finales de mayo Francia estaba paralizada, no habían servicios públicos, ni una sola institución funcionaba, las basuras se acumulaban, la gasolina escaseaba, al igual que productos de primera necesidad; el poder se desmoronaba. Poco a poco el ánimo de la ciudadanía hacia los estudiantes cambió de carácter; surgieron las primeras protestas contra la protesta. Paradójicamente, los sindicatos no querían la revolución, sino pequeñas reformas negociadas con el Estado. La alianza entre estudiantes y obreros era frágil. Se trata de dos grupos sociales con intereses, liderazgos y estrategias muy diferentes. No podían amalgamarse en un grupo coherente cuando entre los mismos estudiantes, una multitud de singularidades, eliminaba cualquier posibilidad de formular denominadores comunes mínimos. Los estudiantes querían la revolución, apelaban a las utopías universalistas e igualitaristas en abstracto; los obreros querían reformas laborales inmediatas, concretas: mejoras en las condiciones salariales, vacaciones pagadas, reducción de la jornada laboral. El igualitarismo es una moneda de baja circulación en el rígidamente jerárquico mundo de la clase obrera. La dictadura del proletariado suele significar en realidad dictadura sobre el proletariado. Las demandas de los estudiantes eran concretas, pero también inmateriales, reivindicaban una denuncia con el modo de vida al que se habían visto abocados como pasivos miembros de sociedades de consumo, atacando la unidimensionalidad de la vida moderna con su inmenso potencial alienador.
En medio de la crisis, De Gaulle opta por una inesperada salida: emprende un viaje a Rumania dejando como reemplazo al primer ministro Georges Pompidou, quien adoptando una posición mas negociadora liberó a los detenidos y reabrió la Sorbona. Ello solo sirvió para que los estudiantes reocuparan las posiciones estratégicas detrás de las barricadas. El viaje de De Gaulle sirvió para fomentar en la población una sensación de vacío de poder. Al regresar a Francia el presidente optó por guardar silencio desapareciendo de las cámaras y reflectores. Rompió su silencio el 24 cuando apareció ante las cámaras convocando a un referendo sobre la continuidad de su mandato. Ello solo sirvió para radicalizar las posiciones de los estudiantes, que desconfiaban de este intento de legitimar el autoritarismo por vía plebiscitaria.
Pero el vacío de poder no fue acompañado de la toma del poder. Los estudiantes no sabían como hacerlo, estaban desarmados; y los sindicatos no querían hacerlo. El Frente Popular no estaba preparado para ocupar el vacío dejado por la desintegración del gaullismo. El Partido Comunista quería seguir jugando el juego electoral. No habían movilizado a esas masas cuya acción ahora les empujada a un poder que no deseaban. Como afirma el historiador marxista Eric Hobsbawm, ‘de Gaulle, político de notoria brillantez, reconoció el momento en que sus adversarios perdieron ímpetu, así como la oportunidad de recuperar su propia iniciativa. Ante la aparente inminencia de un frente popular encabezado por los comunistas, un régimen conservador por fin podía jugar su baza: el miedo a la revolución’.[14]
El gobierno entendió que había que negociar por separado con los obreros dado que los estudiantes se radicalizaban cada día más. Se optó por la política de zanahoria con los obreros y garrote con los estudiantes. Por su origen judío alemán, Cohn-Bendit fue deportado el 20 de mayo, despertando el vergonzoso recuerdo de antisemitismo en la memoria nacional francesa. Regresaría diez años después. A los sindicatos obreros se les hizo una oferta que satisfacía todas sus demandas, incluida un aumento salarial de un 35 por ciento, que los obreros aceptaron encantados. Su lucha había terminado. Según Hobsbawm, ‘tal como estaban las cosas, durante aquellos días cruciales del 27 al 29 de mayo el partido comunista se condenó a si mismo a esperar y hacer llamamientos. Pero en momentos así esperar es fatal. Los que pierden la iniciativa pierden la partida’.[15] Con la deserción de los sindicatos, quedaba claro que aquello no era una guerra de clases, sino una guerra de resistencia. Fue el fin de una longeva concepción que va hasta el socialismo utópico francés, pasa por el marxismo y llega hasta el 68, según la cual, el sujeto privilegiado de la revolución, el agente histórico par excellence, era el proletariado salido de las grises industrias, guiado por una vanguardia iluminada y mesiánica. Para el sociólogo e historiador norteamericano, Immanuel Wallerstein, ‘1968 fue la tumba ideológica del concepto de ‘rol de líder’ del proletariado industrial’.[16] Hoy, cuando ese proletariado ha sido remplazado por una suerte de ‘precariado’, cuando la flexibilidad ha remplazado la estabilidad contractual, que la sindicalización es cosa del pasado y que el trabajo se hace cada vez más inmaterial, entendemos la dura lección que el 68 representó para la ‘vieja izquierda’, francesa, europea y mundial.
La opinión publica, que había terminando dando la espada al movimiento giró definitivamente a la derecha el 23 de junio cuando los gaullistas obtuvieron el 43 por ciento de los votos, haciéndose con el control de la Asamblea Nacional. La izquierda perdió la mitad de sus escaños y los estudiantes, divorciados de la ‘vieja izquierda’ del PCF se quedaron sin representación[17]. El 17 de junio, los últimos estudiantes, quienes llevaban más de un mes ocupando la Sorbona, abandonaron los edificios. Les ofrecían contratos editoriales. Se firmaron un mínimo de treinta y cinco contratos editoriales sobre las revueltas estudiantiles el mismo día que abandonaron los últimos rebeldes.[18]
Todo había acabado. Mayo de 68 terminó en junio. En agosto, de Gaulle ordenó que asfaltaran las calles adoquinadas del Barrio Latino. Era el tiempo de la restauración gaullista y la represión de los radicales. Paradójicamente, menos de un año después, el 28 de abril de 1969, de Gaulle renunciaba tras la derrota de su referendo para transformar la cámara alta del parlamento francés en un cuerpo puramente consultivo, mientras se extendían las facultades de los concejos regionales. Los eventos de 1968 habían terminado quitándole el apoyo popular necesario para mantener las inmensas prerrogativas presidenciales.
Como afirma Kurlansky, ‘la revolución quizá fuera posible, pero no tuvo lugar en la Francia de 1968. Los marxistas clásicos insisten en que los revolucionarios tienen que forjar sus bases despacio e ir desarrollando su ideología. Nada de eso ocurrió ese año. Simplemente hubo un estallido contra una sociedad estancada y sofocante. El resultado fue la reforma, no la revolución’.[19] Para Hobsbawm, ‘la crisis de mayo no fue una situación revolucionaria clásica, aunque las condiciones para tal situación hubiera podido crearse con gran rapidez a consecuencia de la ruptura súbita e inesperada en un régimen que resultó ser mucho más frágil de lo que nadie había previsto’.[20]
Para Cohn-Bendit, ‘en 1968 el mundo se inflamó. Parecía que surgía una consigna universal. Tanto en París como en Berlín, en Roma o en Turín, la calle y los adoquines se convirtieron en símbolos de una generación rebelde’.[21] Para el actual eurodiputado, portavoz de los verdes europeos, gracias al desarrollo de los medios de comunicación, la del sesenta y ocho fue la primera generación global, ‘que vivió, a través de una oleada de imágenes y sonido, la presencia física y cotidiana de la totalidad del mundo’.[22] Desde la música y otros objetos de la contracultura de los sesenta, hasta las imágenes transmitidas en directo, vía satélite desde cualquier región del mundo, esa totalidad es parte de la experiencia cotidiana en la actualidad. ¿Qué queda de la rebeldía de esa generación? En realidad mucho. 1968 dio el ejemplo del carácter que tomarían las relaciones políticas a posteriori. Como afirma Lipovetsky, ‘los días de mayo, más allá de la violencia de las noches calientes, reproducen no tanto el esquema de las revoluciones modernas fuertemente articuladas en torno a posturas ideológicas, como prefiguran la revolución posmoderna de las comunicaciones’.[23] Para el sociólogo francés, mayo del 68 tiene un rostro doble, moderno por su imaginario de la revolución (un invento típicamente moderno), posmoderna por su imaginario del deseo y de la comunicación, pero también por su carácter imprevisible o salvaje.[24] En gran parte mayo del 68 sobrevive como experiencia mediática, como cliché desarmado de sus implicaciones revolucionarias. Sin embargo, su sentido político persiste. La lucha contra toda forma de desborde del poder estatal y el reclamo por formas radicales de democracia se halla en la agenda política global. El gesto liberador del sesenta y ocho es fundamental para entender las luchas biopolíticas del capitalismo tardío en las cuales, las dimensiones personales de la vida privada ingresan en el espacio publico y en el debate político. Con el 68, nuestro lenguaje político se transformó; de revolución pasamos a hablar de resistencias. Las preocupaciones ambientales, feministas y culturales entraron en las jergas y agendas políticas. No es posible entender el surgimiento de los feminismos, moderados o radicales, de la igualdad o la diferencia, sin el movimiento que se gestó en las universidades y en los movimientos por los derechos civiles. El haber militado en estos movimientos les permitió a un gran número de mujeres ser concientes y tener mayor reflexividad de las exclusiones y machismos que imperaban, tanto al interior de los primeros movimientos pro-derechos civiles y en los movimientos marxistas, como en los movimientos de liberación nacional. El cambiar el enemigo en la lucha, del poder del Estado para pasar a la critica a toda una forma de vida (la de la moderna sociedad del consumo), se constituyó en el germen político del ecologismo que ya para los setenta era una fuerza política a considerar en el juego político europeo.
Keith Reader, acierta al afirmar que el legado de mayo del 68 es generalmente percibido como cultural más que político.[25] Sin embargo, vale la pena preguntarse ¿Tienen sentido las luchas en el actual contexto político? Aunque el carácter radical e incluso violento de las luchas del sesenta y ocho ya no tienen legitimidad en el mundo post 11-S, es parte de las luchas actuales el combatir las formas de control y disciplina que se configuran alrededor de la guerra contra el terrorismo. La manifestación publica espectacular y la contestación irónica y burlesca se han integrado al repertorio de los movimientos antiglobalización, ecologistas y antinucleares. La ‘imaginación al poder’ más allá de la frase de cajón en que se ha convertido refleja una doble realidad, la de un poder que sofistica sus métodos de control y disciplina y un contrapoder global que crea formas cada vez más imaginativa de resistir. Lo acontecido en Seattle el 30 de noviembre de 1999 así lo atestigua.
La despolitización de la universidad francesa fue tema de análisis durante la década del setenta. Las huelgas obreras continuaron, principalmente en las cadenas de montaje de la industria fordista francesa; pero el movimiento estudiantil se disolvió. Como afirma el sociólogo francés Raymond Boudon, durante los setenta ‘con la excepción de episodios relativamente menores, ninguna demostración colectiva ocurrió que pudiera compararse ni remotamente en intensidad, creatividad, movilización y duración con los acontecimientos de 1968’.[26] Nadie entendía como un movimiento que había puesto en crisis a uno de los gobiernos más fuertes de occidente se hubiera esfumado en cuestión de días. Muchos de los que participaron en las revueltas cambiaron de parecer, la revolución les pareció anacrónica, cosa del pasado. Se convirtieron de yippies a yuppies. El libertarismo de corte anarquista dio paso al libertarismo neoliberal hoy en boga. Muchos entraron en crisis individual, los suicidios aumentaron. Para otros, la deserción del movimiento estudiantil supuso una transición hacia nuevas formas de lucha. Cohn-Bendit adoptó las banderas radicales de los verdes. Jane Alpert se volvió feminista; algunos optaron por ahondar la radicalización del discurso y engrosaron los grupos terroristas que, principalmente en Italia y Alemania, pero también en Francia y Estados Unidos, representaron el estertor heroico, la muerte política del terrorista, antes que se convirtiera en el nuevo ‘enemigo publico global numero uno’. Otros se vinieron para América Latina, donde continuaba una segunda etapa de lucha armada, inspirada en la revolución cubana. Cuarenta años después, pocos de quienes participaron de las luchas se declaran revolucionarios; la revolución se ha convertido en un vestigio romántico del pasado, un traje que ya nadie se quiere poner, guardado bajo llave en el cofre de la historia. Las nuevas generaciones ya no conjugan la palabra revolución en tiempo presente. La generación del sesenta y ocho agotó la revolución llevándola hasta su desenlace.[27] La revolución es cosa del pasado. Persisten eso si, los nuevos movimientos sociales que mantienen viva la llama del cambio social, la lucha por un orden y un sistema económico global más justo. Ellos conservan y adoptan los métodos y estrategias, discursos y teorías surgidas del impulso del sesenta y ocho. La toma del poder ha dejado de ser un lema explícito de estos movimientos. Antonio Negri designa esta nueva voluntad de no-poder como ‘multitud’, un agregado de singularidades que, a diferencia del ‘pueblo’, sujeto privilegiado del marxismo clásico, no esta cargado de una simbología trascendente. La ‘unidad popular’ soñada por los partidos comunistas resultó ser no más que una romántica ficción poco operativa en la multitud de identidades personales y políticas en las calles de París o Praga. La unidad de los movimientos antisistémicos en un solo movimiento demostró ser una forma de unidad cuyo deseo dejo de ser incuestionable.[28]
Para Negri, ‘con el 68 las luchas han puesto patas arriba el orden económico y político que la modernidad nos había transmitido’.[29] Las luchas mismas, se dijo arriba, han cambiado su carácter. Después de 1968 ya no es la clase obrera la llamada a cambiar la historia; en 1968 fueron los jóvenes, pero más que ellos fue la identidad cultural y las cuestiones políticas relacionadas con la identidad cultural las que entraron en escena y constituyen el legado más perdurable de las luchas de ese mes y medio. Se ha abandonado la chocante idea de que una clase tiene la clave mágica para abrir el futuro en desmedro de otras identidades sociales. En ese sentido la herencia del 68 es la de las luchas sociales transclasistas y transgénero, las cuales no se limitan a una clase, sexualidad o sector social en particular; sino que apelan al universalismo, abriendo una esperanza de reformular la democracia saliéndonos de los estrechos y excluyentes marcos que la democracia neoliberal ha impuesto en todo el mundo. Mayo de 1968 sirvió para comprobar que la vieja izquierda estaba equivocada, que no basta con la toma armada del poder. Ello crearía nuevas coerciones y nuevas perversiones del poder. La idea ahora es luchar contra todos los micropoderes que operan en la vida social; impulsar las pequeñas revoluciones cotidianas que llevan a una forma radical y absoluta de democracia que se extienda a todos los espacios sociales: en la vida conyugal, familiar, en las relaciones laborales, en la escuela, el taller, la fábrica y el hospital psiquiátrico. La revuelta reveló las nuevas formas en que opera el poder, ‘la difusión generalizada de la sumisión, a través de una red capilar que atraviesa cuerpos y conciencias, de manera lo suficientemente tenue y universal como para no poder ser siquiera desligable como un dato separado’.[30] Para Albiac, ‘el drama final del 68 es, con seguridad, ese: haber sido la constatación practica de una operación de recomposición de poder que se anunciaba ya como insoluble’.[31]
Aceptémoslo, la mística revolucionaria ha dado paso al reformismo democrático. Ahora se trata de mejorar la democracia, pero mejorarla de forma radical, contestataria. La contestación política ya no está en la lucha armada: hay que encontrarla en la democracia. Cohn-Bendit lo ha expresado en términos melancólicos: ‘hoy en día la idea misma de revolución ha desertado de la imaginación de nuestros contemporáneos. Hemos tenido que someternos al formalismo democrático’. ¿Pero de qué idea de democracia hablamos? Para mi, se trata de la que tiene la ambición de mejorar las relaciones entre los hombres, entre las mujeres, entre los hombres y las mujeres, entre los hombres y los niños, entre las mujeres y los niños, la que quiere iluminar nuestra vida cotidiana. A pesar de que terminó convertida en una imagen más que un programa, la revuelta del sesenta y ocho tuvo éxito en apelar a nuevos derechos dentro de la democracia, incluido el derecho a cuestionar abiertamente la autoridad, provenga de donde provenga. Como afirma Boudon, hoy nadie se atrevería a representar el movimiento de 1968 en una forma puramente crítica: todos los partidos políticos han tenido que adoptar, con diversos grados en sus programas, algunos aspectos de la agenda del 68.[32] La fuerte idea de llevar la imaginación al poder, de develar la falta de imaginación de toda forma de poder; de expandir del campo de lo posible en la política como parte de una posición realista, es un legado que va mas allá de los clichés, tan de moda a la hora de analizar el 68. Pedirle a la sociedad más de lo que esta está dispuesta a dar, pedirle que se justifique en bases mas concretas que una referencia a una justicia o una sustancia abstracta, universal, trascendente e inmutables es para mi, el legado que en la Colombia y el mundo actuales cobra mayor relevancia. Con un régimen fuerte que pretender gobernar ad infinitum; con una población estudiantil cuyo malestar es cada vez mas evidente; con una guerra internacional, infame e injusta (Irak) que aglutina las solidaridades en todo el mundo, los ecos de mayo del 68 se escuchan como una valiosa lección para los tiempos que vienen.


[1] HOBSBAWM, Eric. Gente poco corriente. Crítica. Barcelona. Pág., 1998. 182
[2] KURLANSKY, Mark. 1968. Ediciones Destino. Barcelona. 2004. Pág., 281.
[3] BERMAN, Marshall. Todo lo sólido se desvanece en el aire. Siglo XXI Editores. Bogotá 1991. Pág., 150
[4] KURLANSKY (2004). Pág., 282.
[5] HOBSBAWM, Eric. Historia del Siglo XX. Barcelona. 1995. Pág.,301
[6] BOUDON, Raymond. Sources of Student Sources in France. En: Annals of Political and Social Science, Vol. 395, Students Protest, (May. 1971). Pág., 140.
[7] Ibid. 140.
[8] KURLANSKY (2004). Pág., 289.
[9] HOBSBAWM (1995). Pág., 334.
[10] KURLANSKY (2004). Pág., 290
[11] ALBIAC, Gabriel. Mayo del 68. Una educación sentimental. Ediciones Temas de Hoy. Madrid. 1993. Pág., 123
[12] Ibid. 127
[13] KURLANSKY (2004). Pág., 294
[14] HOBSBAWM (1998). Pág., 186.
[15] Ibid. 189.
[16] WALLERSTEIN, Immanuel. 1968, Revolution in the World-System: Theses and Queries. En: Theory and Society, Vol 18, No. 4 (Jul. 1989). Pág., 437
[17] KURLANSKY (2004). Pág., 305
[18] Ibid. 307
[19] Ibid. 308
[20] HOBSBAWM (1998). Pág., 189.
[21] COHN-Bendit, Dany. La revolución y nosotros que la quisimos tanto. Anagrama. Barcelona. 1998. Pág., 12.
[22] Ibid. 13.
[23] LIPOVETSKY, Gilles. La era del vacío. Anagrama. Barcelona. 2002. Pág., 217.
[24] Ibid. 219.
[25] READER, Keith. Three Post-1968 Itineraries: Regis Debray, Daniel Cohn-Bendit, Marin Karmitz. En: South Central Review, Vol. 16, No. 4. Rethinking 1968: The United States and Western Europe (Winter, 1999 - Spring 2000). The Johns Hopkins University Press. Pág., 97.
[26] BOUDON, Raymond. The 1970s in France: A Period of Student Retreat. En: Higher Education, Vol. 8, No 6, Student Activism, (Nov. 1979). Pág., 669.
[27] COHN (1998). 206.
[28] WALLERSTEIN (1989). Pág., 440.
[29] NEGRI, Antonio. Movimientos en el Imperio. Paidós. Barcelona. 2006. Pág., 28
[30] ALBIAC (1993). Pág., 178.
[31] Ibid. 179.
[32] BOUDON (1979). Pág., 670.