domingo, 15 de mayo de 2011

Bolivia

Que difícil es hablar de los grupos humanos sin caer en el esencialismo, ese pecado capital según el cual existen esencias inviables e inmutables, estructuras definitorias de los conglomerados sociales. No obstante, quisiera escribir sobre Bolivia, asumiendo un esencialismo estratégico, y esbozar lo que, tras tres viajes a este país, son mis impresiones personales sobre este estado nacional que no en vano ha sido denominado el “Tíbet de América”.

Bolivia es un país que desde siempre ha luchado por mantener su unidad y su autonomía. Lo que durante la colonia se conoció como el “alto Perú”, constituye en realidad un variado mosaico de climas, regiones y culturas que, como cualquier país, impide hablar de una única Bolivia. Existen múltiples bolivias. Esta fragmentación es tal vez la principal riqueza del país (por encima de sus inmensas fuentes de metales y de gas natural) pero también su mayor reto. La nación, ese artificio de las clases dominantes es aún más ficticia en Bolivia; existen pocos mínimos comunes denominadores que permitan pensar a Bolivia como una “comunidad imaginada”. Es decir, por motivos étnicos, políticos y económicos, con mucha dificultad los bolivianos se sienten en comunión con la misma identidad nacional.

La fragmentación regional no es particular de Bolivia. Excepto Chile y Argentina (que viven sus propias fracturas), todos los países andinos se distinguen por tener sus territorios fragmentados por zonas bióticas y geográficas entre las que se destacan las costas, las cierras y las selvas y llanos en los casos de Venezuela y Colombia. Bolivia no tiene costa, pero sí una muy fuerte fragmetación entre la sierra occidental, y las selvas y planicies del nororiente del país. Esta fragmentación ha devenido en un fuerte clivaje político en el cual ha cristalizado una fuerte oposición entre estas dos regiones naturales; grieta que se ha ahondado con la presidencia de Evo Morales Ayma y su discurso radicalizado hacia un reforzamiento de la hegemonía de La Paz y la sierra.

Desde siempre ha existido una rivalidad política entre la Paz y Sucre. Aunque Sucre es la sede del poder judicial, La Paz ha usurpado la mayoría del poder político y financiero, y es hoy por hoy, la capital de facto del país (no obstante, todos los sucreños con los que he conversado, sostienen que la gobernabilidad del país reside allí, en Sucre). Esto ha causado un enorme problema político, manifiesto en las intenciones y voluntades autonomistas de los prefectos y la clase política en general de cuatro de los nueve departamentos del país: Tarija (departamento que alberga la segunda reserva de gas natural de América), Santa Cruz, Beni y Pando. Aunque, a la fecha, el conflicto parece estar en una tensa calma, al mismo tiempo una solución definitiva parece por ahora inalcanzable: Evo sigue con su constitución (que establece un fuerte control centralizado en La Paz) y los departamentos rebeldes con sus planes autonomistas. A pesar de esta calma aparente de los últimos meses, el caos político subyace en el país. El caos es la esencia del país político, su acto fundacional como república.

Como parte del Perú, Bolivia gana su independencia de España en 1824. No obstante, fuerzas leales a la corona se rebelaron contra la fuerzas “patriotas” sumiendo al país en una pequeña guerra civil. Tuvo Bolívar que mandar a su fiel perro el mariscal Antonio José de Sucre para poner fin a la rebelión. Sucre y una fuerza expedicionaria logran una cierta estabilidad que es aprovechada por las élites del “Alto Perú” para proclamar la independencia del país que en honor al padrecito de los pueblos americanos pasó en adelante a denominarse Bolivia. Tres anos más tarde, Andrés de Santa Cruz, tomó el poder formando una confederación con el Perú, lo cual detonó la furia de Chile, cuya armada derrotó a Santa Cruz en 1839, rompiendo la confederación y llevado al país a un marasmo que llegó al clímax en 1841 cuando tres diferentes gobiernos reclamaban simultáneamente el poder. La inestabilidad política ha sido desde entonces constante. Hasta hoy, tras 184 años de vida republicana, el país ha soportado 194 cambios de gobierno, terribles dictaduras que han apagado la protesta social y enormes pérdidas territoriales.

Sea por guerra o por diplomacia, Bolivia ha perdido una enorme cantidad de territorio que le ha llevado a ser esa república enclaustrada que es hoy día. De triste recuerdo para la memoria colectiva del país, sus cruentas guerras contra Chile (que le llevó a perder su añorada salida al mar) y ante Paraguay, la denominada guerra del Chaco, que, con un saldo del 80 mil muertos representó la perdida del llamado Chaco boreal. Hoy, Bolivia es la mitad, territorialmente hablado, de lo que debió haber sido. Los chilenos siguen explotando la puna de Atacama y los paraguayos la zona del Gran Chaco.

La melancólica, pero a la vez extrañamente festiva, psique nacional aún resiente estas perdidas y sigue adelante a pesar del desorden político. Los años mostrarán qué le espera a esta triste Bolivia indiana, blanca y a la vez mestiza, siempre esperando tiempos mejores para alcanzar el anhelado desarrollo social, económico y político.

La Paz, Junio 10 de 2009.

miércoles, 11 de mayo de 2011

De política ‘ligera’: internet, redes sociales y democracia.

Uno de los aspectos que más llama la atención frente al crecimiento acelerado de las llamadas ‘redes sociales’ es el impacto que estas tienen sobre la política. Ante la crisis generalizada de la democracia representativa, y la desconfianza creciente de los ciudadanos de todo el mundo frente a la política y sus promesas, el fenómeno del internet y las redes sociales, puede tener un impacto evidente en la fenomenología política, pero ¿Cuál es realmente ese impacto? ¿Se trata de una influencia determinante, capaz de alterar las nociones sobre lo político, que heredamos de los griegos de hace dos mil quinientos años? ¿O se trata más bien de una relación espúrea?

Una interesante respuesta a estas preguntas se plantea el investigador de origen bielorruso Evgeny Morozov, quien se muestra escéptico ante el potencial de Internet y las redes sociales para alterar de forma significativa la política. Ante los reclamos de los cyber-utopistas que defienden las potencialidades de facebook y twitter para generar un nuevo tipo de ciudadano y una forma espontánea, nunca antes vista, de movilización, que puede transformar positivamente la democracia, Morozov considera que estos argumentos son, al menos, ingenuos. Esta es la principal tesis extraída de The Net Delusion: The Dark Side of Internet Freedom, texto en el que Morozov engrosa las filas de los cyber-escépticos, aquellos que desconfían de los argumentos utopistas y tecnofílicos, referidos a las supuestas virtudes democráticas inherentes a las nuevas tecnologías.

Para Morozov, la revolución no será twitteada, ni aparecerá en los mensajes de estado ni en las fotos que inundan facebook. Para este autor, las redes sociales no sirven para luchar contra el poder. Por el contrario, como toda nueva tecnología en una sociedad del riesgo como la que vivimos, internet es un arma de doble filo, usada tanto por los defensores de la democracia, como por sus enemigos.

Los analistas políticos quienes hemos contemplado las recientes revueltas en el mundo árabe -que tienen su antecedente más inmediato en las protestas en Irán tras las elecciones que en junio de 2009 llevaron a la reelección de Mahmud Ahmadineyad-, hemos notado la existencia y la persistencia de un discurso que atribuye a las redes sociales la razón de ser de las revueltas. Así, en estos discursos twitter y facebook son explicaciones, necesarias y suficientes, de las movilizaciones, en tanto vehículos de coordinación, y difusión de información. Ante lo que está sucediendo en Túnez, Egipto, Libia, Yemen, Siria y otros países del mundo islámico, los optimistas del internet alegan que las redes sociales son la causa primera, el Primum Mobile de las revueltas y que estas no hubieran tenido lugar sin los trinos, las imágenes y las convocatorias difundidas a través de la red. Sin embargo, para Morozov esta visión puramente optimista de las redes sociales es falaz. Y esto es así, porque no permite ver todas las dimensiones de la fenomenología política después del advenimiento de las redes sociales.

Como afirmó recientemente Andrés Hax, en un artículo para el suplemento cultural del diario Clarín, el libro de Morozov es un ataque sistemático contra el cyber-utopismo. El autor comienza su relato con las revueltas de junio del 2009 en Irán. Morozov identifica ese evento como el momento decisivo de los discursos utopistas de las redes sociales, concretamente, el momento en que un periodista llamado Andrew Sullivan posteó un artículo en un blog de la revista The Atlantic, titulada “La revolución será twitteada.” Se trata del surgimiento de esta –según su óptica-, mentira según la cual facebook y Twitter son el nuevo adoquín, las nuevas armas de los potenciales revolucionarios democráticos en regímenes autocráticos.

Desde lo acontecido en Irán, este nuevo discurso cyber-utopista se ha ubicado con suma comodidad en los medios y en los espacios de los opinion makers. Se trata de un discurso maniqueo y con poca fuerza analítica, el cual no permite ver que los mismos líderes que son los blancos de estas revueltas -los tiranos de viejo y nuevo cuño-, también hacen un uso sumamente sofisticado de Internet con fines políticos como el control, la represión, la propaganda y la censura. Las nuevas tecnologías, no son buenas ni malas en esencia o por naturaleza. Son lo que son, neutras y amorales. Sus vicios o virtudes no radican en sí mismos, sino que dependen de quien las usa.

El discurso cyber-utopista puede resultar muy nocivo para la política si no se le usa de forma reflexiva. Las ciencias sociales también han caído bajo el efecto de la seducción del mito. Un mito con mucha fuerza mediática pero poca fortaleza conceptual, comprensiva y explicativa. Internet no es simplemente la tierra sin dueño que los defensores de la política vía redes sociales quieren hacer ver. Internet también puede ser controlado por tiranos de baja calaña. La tecnología, ambigua y amoral en su estructura, puede ser tan aliada de la libertad como del control, la vigilancia y la disciplina, una verdad que escapa a la visión de los cyber-optimistas.

Asignarle a las redes sociales un papel esencialmente liberador es pedir naranjas al olivo. Desde luego, la protesta popular ya existía en la era pre-2.0. Ni los sans-culottes, ni los pequeño burgueses y proletarios de las comunas parisinas del siglo XIX, ni los estudiantes en el latin quarter del 68, tenían perfil en Facebook ni exponían su pensamiento encorsetado en textos de 140 caracteres. Los movimientos sociales y sus demandas trascienden los soportes tecnológicos con los que difunden sus mensajes y acceden a nuevos miembros. No se trata de rechazar las nuevas tecnologías ni proponer un regreso a una política aséptica en términos de tecnología; tampoco de anunciar una amenaza ineludible de ficción orwelliana; ni mucho menos desconocer el papel sin duda importante que tienen en la vida contemporánea y en la dinámica política. No. De lo que se trata es de abandonar toda pretensión de rígido determinismo tecnológico que poco aporta en la necesaria comprensión de la complejidad de la fenomenología política en la modernidad tardía o líquida.

Evidentemente, estar completamente off-line no es una opción. Los llamados ‘nuevos movimientos sociales’, independiente de su carácter o la naturaleza de su demanda reivindicatoria, no pueden simplemente desentenderse de las posibilidades de Internet y la socialización en red. Los movimientos sociales, más allá de cuestionar la utilidad o inutilidad de internet, las redes sociales y las nuevas tecnologías, deben estar atentos a su función, interrogando cuidadosamente el papel de estas en nuestra sociedad, nuestra política y nuestra vida privada.

El problema, por tanto, no radica en las tecnologías mismas. El problema radica, a nuestro modo de ver, en los sujetos. Ante los reclamos del advenimiento de un nuevo tipo de sujeto, resultado del modelo nodal de la red, son muchos los que se muestran escépticos. Es fácil darse cuenta que la política ha caído en la lógica de la sociedad del espectáculo. Las nuevas tecnologías han fomentado que la política, antes espesa y pesada si haya convertido en algo ligero a través de las pantallas. El surgimiento de la política espectáculo signada por la falta de profundidad, el desdibujamiento ideológico y el desvanecimiento de la razón utópica, ha estado acompañado, paradójicamente, del nacimiento del cyber-utopismo. Las redes sociales hacen lo suyo en este proceso.

Por un lado, la política vía facebook no pasa de ser una mera sucesión de posts, en la que se obedece a la lógica del escándalo mediático del día o a la golpiza filmada por un camarógrafo furtivo, cuya intensa movilización en contra deja pocas huellas pocos días después. El resultado a largo plazo no es otra cosa que la indiferencia y la apatía. Hay mucha distancia entre la fuerza vinculante de la movilización del pasado y lo efímero de la movilización de las redes sociales. A pesar de sus potencialidades, la realidad es que la movilización vía Facebook es tan ligera que se diluye rápidamente y pocos aportes ha alcanzado en el problema del ‘déficit democrático’, y en propósito de lograr un retorno de lo político que apunte a una democracia radical. Facebook entonces, es el medio de activismo adecuado para una generación apoltronada frente a una pantalla, se trata de un nanoactivismo que poco hace para transformar la realidad social, local, nacional y global. Mientras la democracia representativa se apaga, Facebook da una falsa sensación de estar entrando en la tan mentada era de la democracia directa, un retorno a la antigüedad con las herramientas de la posmodernidad.

El caso de twitter no es muy distinto. Mucha distancia media entre la cultura impresa panfletaria, que acompañó las revoluciones burguesas y proletarias de la primera modernidad y el efímero mensaje encorsetado en textos de 140 caracteres. Aunque twitter se ha convertido en una herramienta indispensable para el discurso político, la naturaleza de este discurso y del debate político en las democracias contemporáneas sigue empobrecido. Hoy por hoy, es casi una obligación para todo político tener una cuenta en twitter, pero esto no ha reforzado el vínculo, ya bastante gaseoso, entre gobernantes y gobernados. La fuerza de este vínculo va más allá de la información que puedan tener los últimos frente a los primeros. Más información no significa mayor responsabilidad de los elegidos frente a sus electores. La democracia exige más que nuestros gobernantes nos mantengan informados de cada paso que dan en su vida diaria, en pequeños mensajes de 140 caracteres. Twitter demuestra que la gente puede tener mucha información acerca de sus gobernantes y de lo que pasa en el mundo, y al mismo tiempo, pocas herramientas prácticas para mejorar los vínculos políticos y actuar en la transformación creativa del mundo. Al igual que sucede con Facebook, la promesa de una ‘ciudadanía digital’ vía twitter parece, de momento, nada mas que una ingenua promesa.

Por todo lo anterior, podemos afirmar que no hay nada intrínsecamente liberador en la tecnología. Asimismo, no hay una relación necesaria entre la libertad y las redes sociales. Siguiendo con el texto de Morozov, podemos afirmar que participar en las redes sociales no es resistir, no es organizar, no es liberarse […] La Red es un panóptico digital. Y nosotros no somos los vigilantes, somos los vigilados’.

Las nuevas tecnologías, Internet y las redes sociales, por tanto deben ser analizadas de forma proporcionada para evaluar la medida de su verdadero impacto en la política y en la democracia. Aunque se encuentran muy cerca del modelo de democracia directa que se propone como respuesta a la crisis de la democracia representativa, los rezagos de esta última se hacen sentir con fuerza; por ello, ha sido difícil ingresar las nuevas tecnologías en la vida pública excepto en la creación ubicua de bases de datos y perfiles de los ciudadanos, y el voto electrónico probado con irregular éxito en algunas democracias.

En 1989, Ronald Reagan proclamó: ‘el Goliat del totalitarismo será derribado por el David del Microchip’ . Se trata de una visión maniquea que no permitía ver que ni el fuego, la rueda, la máquina a vapor, el motor de combustión interna, el microchip, el Internet ni los aceleradores de partículas, tienen una moral intrínseca. Son ética y políticamente neutrales. La evaluación que podamos hacer de su uso es otra cosa. Por ello, Reagan no podía ver que las tecnologías pueden tener aristas, tanto liberadoras como coercitivas. Tiranos y movimientos emancipatorios pueden utilizar la tecnología en su propio beneficio. Y lo están haciendo. Como se desprende el informe del Carnegie Endowment for International Peace, mas que doblar las campanas del autoritarismo, la difusión global de internet presenta tanto oportunidades como retos para los regímenes autoritarios.

Todo ello resulta del hecho que, no hay una relación de causa entre las redes sociales y los movimientos liberatorios como los que asistimos en el mundo árabe desde enero de este año. Los discursos cyber-ingenuos, que señalan la verdad ontológica de esta relación causal, desaciertan al no reconocer la ambigüedad inherente a la tecnología. No se trata de caer en el otro extremo de la dicotomía. La tecnofobia resulta anacrónica e impensable en el momento actual. La política ya no puede desentenderse de lo que ocurre en el tejido nodal de Internet. Falta ver el verdadero potencial de las redes sociales en el propósito de construir una sociedad no solo segura, sino sobre todo, justa. Es aún temprano para hacer un juicio determinante, pero sí se puede asegurar que la democracia poco se ha enriquecido de su existencia. La movilización política light, donde el voto y la participación en la asamblea popular han sido remplazados por el trino y la publicación de una ‘causa’ en el perfil (la causa como mecanismo efímero de constitución de identidad), debe dar paso a formas de relación social y política que conlleven a un enriquecimiento de la democracia. El discurso de los cyber-utopistas no fortalece el debate democrático y no permite ver el fenómeno del internet y las redes sociales en su justa dimensión. No debemos esperar de ellos que solucionen las hambrunas en Africa; ni que desmantelen el aparato burocrático en países como China y Corea del Norte; pero tampoco debemos permitir que conviertan el drama social y político en un simple espectáculo. La militancia vía facebook o twitter debe ir más allá del Click, desafortunadamente el soporte tecnológico de estas plataforma, cerrados al control externo por parte de los usuarios, no ha permitido otra cosa, excepto algunas excepciones.

Aunque Internet ha tenido un importante papel en la transmisión de información que antes no estaba disponible para los sujetos de regímenes autoritarios, al igual que en la difusión de causas globales; aunque ha servido para exponer abusos a los derechos humanos y servir de caja de resonancia de la sociedad transparente; a pesar de que el fenómeno wikileaks ha sido fundamental en el surgimiento de una sociedad ‘transparente’; y aunque han sido instrumentos de movilización política, desde Ucrania hasta Birmania, no es sensato ingresar a las filas de los cyber-utopistas. Como lo afirma el mismo Morozov, ‘el cambio de regímenes autoritarios mediante el text messaging puede parecer realista en el ciberespacio, pero ningún dictador ha caído vía second life’. Para el autor que nos sirvió de pre-texto para iniciar este escrito, el mayor problema a la hora de entender la relación entre democracia e Internet, radica en distinguir causas y efectos, una empresa especialmente difícil por la grandilocuencia de la prosa de los deterministas tecnológicos, que frecuentemente anula las posibilidades de un análisis sobrio. Si los gobernante caen no es porque los ciudadanos tengan perfil en facebook, es porque son tiranos y, como la fruta madura, las tiranías caen por su propio peso. Si el gobierno de Hosni Mubarak cayó, no fue por la disponibilidad de teléfonos celulares dotados de cámaras fotográficas y de video; ni por los mensajes de texto en Blackberry; fue porque su gobierno, y el de muchos tiranos en todos los rincones del mundo que ahora tiemblan ante la fuerza de las movilizaciones, era lo más divergente de una república, una democracia o un estado garantista de derechos. La razón por la que caen los tiranos debe buscarse en la naturaleza misma de la tiranía.

La respuesta a la pregunta por si Internet nos lleva a la acción política o nos hunde más en el sillón frente al computador, sigue sin resolverse. Lo mismo la respuesta por los incentivos de Internet en nuestra motivación a actuar políticamente. Sólo un debate, alejado de los condicionamientos nocivos de las posiciones optimistas y pesimistas de Internet y las redes sociales, puede llevar a un diálogo equilibrado que dé respuesta a estas importantes preguntas.

martes, 12 de abril de 2011

El Factor Humala

Al momento de ser escrito este texto, a lo largo de todo el Perú, habitantes de la costa, sierra y selva acuden a las urnas para elegir presidente, dos vicepresidentes, ciento treinta congresistas, y quince representantes al parlamento andino.

Se trata de unas elecciones que se han librado tanto en la plaza pública, como en los programas de televisión, sean estos de espectáculos, cocina o humor, en los que los candidatos a la presidencia han aparecido para ganar unos votos más. Por el momento, hoy, día del certamen electoral, hay una cosa clara: Ollanta Humala será el ganador de la primera vuelta presidencial. Lo que está en duda es el nombre de quien se enfrentará con el en el Ballotage, la segunda vuelta del cinco de Junio.

Al igual que lo sucedido hace cinco años, la gran sorpresa de estas elecciones se llama Ollanta Humala. Este exmilitar y el candidato de Alianza Para el Gran Cambio, Pedro Pablo Kuczynski (exministro de economía), son los únicos que han mostrado una tendencia de crecimiento sostenida en la intensión de voto. Los demás, o se han mantenido estables como Keiko Fujimori (exprimera dama y exsenadora), o han caído en el volumen de sus cifras, como Alejando Toledo (expresidente) y Luis Castañeda (exalcalde de Lima).

Como es de esperar en la política peruana, una de las más impredecibles del mundo, las cifras favorables a Humala nadie las hubiera podido predecir hace tres semanas cuando existía un virtual empate técnico entre los cinco candidatos. Entonces, se decía que la final sería de foto finish. En realidad esto no ocurrió y Ollanta se disparó un par de semanas antes de la primera vuelta. En la intensión de voto del electorado, le sigue Keiko Fujimori, la hija del expresidente Alberto Fujimori, codenado a 25 años por las masacres de La Cantuta y Barrios Altos, por parte del grupo COLINA, con el 21%; escoltada muy de cerca por Toledo y Kuczynski, ambos con un 18%, quienes se disputan la mayor parte del voto conservador.

Ollanta llega a los comicios con el 29% de la intención de voto. Lo que demuestra que la estrategia de marketing electoral ideada por el experto Joao Santana, el mismo que ayudó a Lula da Silva a obtener la presidencia en 2002, está dando resultados. Estos, se manifiestan en un cambio en la imagen y el tono del discurso del candidato de Gana Perú, que proyecta una figura muy distante de la que lo llevó a ganar las elecciones hace cinco años en primera vuelta, para perder en segunda frente a Alan García.

A diferencia de lo ocurrido en el 2006, el Humala modelo 2011 se muestra menos afín al etnocacerismo, la doctrina fundada por su padre Moisés y que conjuga socialismo, fascismo, racismo y chauvinismo, con un fuerte nacionalismo étnico que reivindica el poderío y la identidad del Tahuantinsuyo, el imperio incaico, y aboga por su restauración; en su plataforma también figura la unidad política de Perú, Bolivia y Ecuador (Andinoamérica); el remplazo de las élites tradicionales blancas por miembros de la población indígena y mestiza; la oposición a la intervención de Chile en la economía peruana y la aplicación de la pena de muerte.

El Humala del 2011 también reniega de todo lo que le pudiera mostrar cercano al Chavismo, y niega tenar ningún tipo de simpatía o cercanía con el dictador venezolano. Hace cinco años afirmaba ser un revolucionario, ahora se muestra más gradualista y respetuoso de los acuerdos comerciales firmados por Perú. Entonces, afirmaba que Perú era una neocolonia y se mostraba simpatizante del proceso político venezolano de los últimos años. Consecuente con ello, se proponía cambiar la constitución, que consideraba ‘neoliberal’, ilegal y delincuencial, por ser heredera del autogolpe de Estado fujimorista de abril de 1992.

Humala ha aprendido pues las lecciones de la historia. Su imagen y discurso no solo parecen remozados, también ha aprendido que la política en el Perú se juega por fuera de los partidos. Y no solo él. De los cinco candidatos, ninguno pertenece a un partido institucionalizado. Como evidencia del colapso del sistema de partidos peruano, el APRA, único actor colectivo en el panorama político que merece el remoquete de ‘partido’, ha ido a estas elecciones sin candidato propio y ha decidido apoyar la candidatura de Kuczynski. En esta ocasión Humala ha ido respaldado del Movimiento Gana Perú, una amalgama del Partido Nacionalista Peruano con diversos partidos de la izquierda tradicional.

El mismo día que, a bordo del velero ‘Karisma’, escapaba del país el oscuro y poderoso ex asesor presidencial Vladimiro Montesinos, el Perú conoció a Ollanta Humala. Ese primero de Octubre de 2000, siendo militar en actividad, se levantó en Locumba (Moquegua) junto a su hermano Antauro, contra el régimen de Alberto Fujimori, que vivía los agónicos estertores de sus últimos días. Entonces los peruanos conocieron que se trataba del segundo de una familia ayacuchana de siete hermanos. Su padre, un ex dirigente cuasi socialista, es el ideólogo y fundador etnocacerismo. En consecuencia con su proyecto de recuperar el esplendor del pasado preincaico, el padre dio a sus hijos nombres incaicos como Pachacutec, Ima Sumac, Cusicollur o Antauro. El de Ollanta quiere decir en quechua "el guerrero que todo lo mira" (Su apellido en la lengua de las punas significa "¡qué cabeza!"). Su carrera militar comenzó en 1982. En 1991, con el rango de capitán, Humala combatió los remanentes del grupo maoísta Sendero Luminoso en la ceja de selva, siendo posteriormente acusado de ejecuciones extrajudiciales. Por ello, fue investigado en un proceso que sería cerrado por falta de pruebas.

Luego de la caída del régimen fujimorista, Humala se mantuvo en la clandestinidad; posteriormente, solicitó una entrevista al presidente transicional Valentín Paniagua para entregarse. Su abogado presentó un Hábeas Corpus en favor de su representado, el cual devino en una amnistía para Humala por parte del Congreso de aquel entonces. Incluso regresó a la vida militar, fue agregado en distintos países, aprovecho el tiempo para estudiar en París, hasta ser pasado forzosamente al retiro en Diciembre de 2004, lo que dio origen a la sublevación de su hermano Antauro Humala, y posterior asalto a la comisaría de Andahuaylas. En octubre de 2005 se convirtió en el líder del Partido Nacionalista Peruano, y anunció su intención de postularse a la Presidencia del Perú en las elecciones generales de 2006. En estos últimos cinco años, la fuerza de Ollanta se ha hecho sentir en el Congreso, en el cual ha sido una de las fuerzas más activas. Se espera que en las elcciones de hoy se constituyan en la principal fuerza parlamentaria.

La elección presidencial de 2011 ha brillado por su carencia de propuestas y -ante la frivolidad que caracteriza la presencia de los candidatos en los medios- ha sido calificada por Mario Vargas Llosa como ‘una payasada’. El único que no se prestó al juego fue Humala, quien calificó todo este episodio con las mismas palabras del premio Nobel.

Esa imagen de seriedad se complementa con una imagen de moderación y corrección política que algunos en Perú, afirman, se trata de una estrategia electoral, la estrategia del lobo para parecer oveja. El revolucionario de hace cinco años ahora se autodefine como "católico conservador" y se reúne con las autoridades eclesiásticas del país. La ambigüedad es su rasgo más sobresaliente y los mercados están temerosos y a la expectativa.

Un dicho popular de larga data afirma que el Perú es ‘un mendigo sentado en un banco de oro’, y esa es una realidad en los tiempos de hoy. El Perú crece a una tasa sostenida de en torno al 7% anual, una cifra record para América Latina y una de las mayores del mundo. No obstante, el presidente García deja el cargo en medio de una popularidad promedio por debajo de 25%, principalmente por causa de la abrumadora desigualdad que campea por el país y una pobre política redistributiva. Esa es la causa principal que explica el probable triunfo de Humala y Fujimori, los candidatos populistas del abanico presidencial, en esta primera vuelta.

Bogotá, domingo 10 de abril de 2011.

miércoles, 14 de julio de 2010

Colombia (declaración de amor a la distancia).

Inspirado en La Patria, de Jorge Lanata.

Densa, tensa, incluso aceitosa, con pocas estrellas y la tenue luz del 'otro' lado de la luna, alumbrando la hoja de papel. En esta fresca noche porteña, a la distancia, te evoco Colombia. Te quiero paisito a medias, apenas podría llamarte sociedad. Pedazo de tierra arrojada a su suerte, abandonada por Dios. Agregado de almas en pena, atravesando una ordalía de 2 siglos, de 5 siglos. Esquina pobre de un continente pobre, bañada por dos océanos y por un mar de sangre. País humillado, la caca del mundo, país arrastrado; quemándote a fuego lento, hundiéndote el aguijón in secula seculorum; país de doctores, titerillos y arreglos bajo la mesa al calor de un tintico. Patria de culebreros y contratistas; de mafiosos glorificados en la tele; de sicarios y putitas; de reinas y futbolistas; vicecampeón del mundo en cualquier cosa, en lo que salga: miss universos, desplazados, himnos nacionales, biodiversidad, viveza, tragedia y certámenes deportivos. Te quiero pañuelo sucio, con tu bandera que nadie distingue de la venezolana o la ecuatoriana; tu himno incomprensible para todos tus hijos; país parido por dos padres: uno con delirios napoleónicos y el otro leguleyo, del cual heredaste esa horrible costumbre de violar la ley; de hacerte bella en la ley, pero irrespetarla al mismo tiempo, después de las once de la noche.

Te quiero, cascarón de huevo sin contenido; relato frágil, retazo de mentiras y mitos, de verdades comprobadas en ninguna parte. Crisol de razas sancochadas en la exclusión, en la negación; paisito que te miras al obligo y te crees el centro del mundo. País de gigantes tratados como enanos; país querido, sentimiento íntimo, nación ilusa, que te jactas de ser 'el país pobre más rico del mundo'.

Te quiero, cobija en la que cabemos pocos y donde muchos caen de la cama. Ser colombiano es postergar la vida, la felicidad siempre está por llegar, pero no llega. Ser colombiano no es un acto de fe. No. Ser colombiano es desear; ser colombiano es mirar al horizonte esperando que nuestros hijos sí puedan vivir en un país de oportunidades. Ser colombiano es esperar la tierra prometida, la edad de oro, el porvenir siempre por venir. Ser colombiano es vivir en el mañana, como un perro persiguiéndose la cola, condenada a vivir tu eterno retorno.

Te quiero país de fiestas y conmemoraciones; de estatuas, mausoleos y fuego eterno ; país que te regodeas en un pasado glorioso pero vacuo, el cual discrepa de un presente siempre incierto y un futuro sin forma. Siempre agachando la cabeza; siempre a la espera del próximo puente festivo; para pegarte la rodadita al valle del magdalena, a 120 por hora, ebrio y aspirando el aroma de la tierra caliente. Parménides tenía razón, en ti nada cambia. Nada te conmueve, nada te despierta. País inengendrado, inestremecible, inmóvil, increíble. País tirado a la vereda, con tu suelo lleno de pólvora; y con tu cielo, que también se llena de pólvora cada fiesta patria ¿Qué celebras Colombia? ¿Crees que eres libre? ¿Crees que los esclavos obtuvieron la libertad en 1819, que las mujeres fueron ciudadanas y obtuvieron su igualdad en esa fecha? Malas noticias, eres un proyecto inconcluso, una idea mal concebida, un capricho de nuestros gobernantes. La horrible noche no ha cesado y los dolorosos surcos siguen abiertos; el bien tarda tanto en germinar que la inmarcesible gloria parece una promesa más de tus políticos.

Te quiero país desnudo que sueña con ser algo; te quiero en las cimas de tus montañas, pero también allá abajo, en el fango de los golpeados, de los desplazados, de los millones de indigentes, de quienes no tienen que darle al Estado mas que hijos para alimentar la guerra; te quiero en tus pueblos y ciudades; en tu fría capital donde nadie ayuda a nadie; en la plaza de Bolívar donde ronda la muerte vestida de cuello blanco. Te quiero país saqueado, asaltado, robado y escupido. País de delfines, sapos y lagartos; país de presidentes que han sido hijos y nietos de presidentes. País sin rostro, país anónimo, no te conocen ni tus vecinos; país temido, país requisado; país cuya tarjeta de identidad ante el mundo es tu barbarie, tu rosario de tragedias; tu mágica realidad salpicada de bombas y masacres.

Pero te quiero país de barro, y otros también te quieren, y algo saldrá de este sentir. Algún día te sacudirás tus plagas; y te reconocerás en la voluntad de ser tú misma, tan gaseosa, tan indefinible, tan maravillosamente esquiva. Tu, que siempre te resbalas entre mis dedos. Colombia, eres más que tus símbolos, hay que soñar para conocerte; escapas a la lógica; emanación inconsciente de millones, sueño transformado en pesadilla. Te quiero país de cartón mojado; te quiero sin esperanza y sin perdón, y sin esperar nada a cambio; sin vuelta y sin derecho; nada más que de lejos y amargado…y de noche.

lunes, 5 de julio de 2010

Fútbol, civilización de la violencia y control de la agresividad: Alemania contra Serbia en el mundial de Suráfrica 2010

Como cada cuatro años, el mundial de fútbol atrae a millones de seguidores del masivo deporte-espectáculo, quienes sienten el certamen como una pausa en el ciclo de la rutina de la vida diaria. Unos más, unos menos, el mundial de futbol deja indiferentes a pocos quienes, aunque lo quieran, les resulta prácticamente imposible pasar el mes sin tener algún tipo de contacto con el calendario de partidos organizados por la FIFA. Este organismo supranacional, criticado junto con el Comité Olímpico Internacional a lo largo y a lo ancho del globo, por su pobre conciencia a la hora de seleccionar sedes para megaeventos deportivos, a pesar del entorno político o de la voluntad represiva de los gobiernos huéspedes, ha elegido en esta ocasión a Suráfrica, un país marcado por la segregación y la exclusión de la mayoría de su población, constituyéndose en el primer certamen de este tipo a celebrarse en suelo africano.

Un partido que llamó especial atención en la primera ronda y como parte del grupo D, fue el celebrado el día 18 de junio, entre las selecciones de Alemania y Serbia. Algunos recordaron las difíciles relaciones que han mantenido históricamente estas dos naciones. No hay que olvidar que la Primera Guerra Mundial se originó en la declaración de guerra que Alemania hizo contra Serbia y Rusia, apoyando al imperio austrohúngaro, tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando y su esposa Sofía Chotek en Sarajevo en 28 de junio de 1914, a manos del joven estudiante nacionalista serbio Gavrilo Princip. Posteriormente, en la segunda guerra, soldados del Tercer Reich invadieron Serbia, como parte del Reino de Yugoslavia, desmantelado tras la incursión alemana. El país es despedazado y Serbia, bajo ocupación alemana, quedó reducida más o menos a sus fronteras anteriores a 1912.

¿Que había cambiado desde esas dos guerras hasta ese certamen deportivo caracterizado por el juego rudo y un alto número de tarjetas amarillas? En realidad mucho. Para mostrarlo vamos a recurrir en este texto a los argumentos del sociólogo judío alemán Norbert Elías quien ofrece elementos de análisis que resultan totalmente pertinentes para analizar las transformaciones de las pulsiones orientadas a la guerra y la violencia, sublimadas en forma de certámenes deportivos.

En efecto en toda su producción académica pero de forma especial en su ‘gran libro’, El Proceso de la civilización (den Prozeß der Zivilisation), Elías evidencia cómo el estado actual de la cultura europea es el resultado de un largo proceso de autocontención de las emociones violentas que acompaña al proceso de consolidación de un monopolio de la fuerza y la violencia por parte de los estados europeos. Este proceso de centralización de la violencia en manos de los ejércitos estatales da la espalda a la fragmentación de la violencia de la Edad Media, época en la cual, las armas se encontraban disgregadas en toda la sociedad y ningún actor podía reclamar para sí, con éxito, el monopolio legítimo de la fuerza.[1] Tal estado de guerra de todos contra todos, que hacía del hombre un lobo para el hombre, a decir del filósofo político inglés Thomas Hobbes, dio paso al Estado moderno, ese leviatán al cual cada ciudadano cede su derecho de matar, de asesinar, de eliminar físicamente al otro. El estado requiere de un ciudadano contenido, que haya interiorizado ciertas reglas de conducta y de moderación de las pulsiones más elementales, o en palabras de Elías, “la agresividad se ve hoy restringida y sujeta, gracias a una serie considerable de reglas y de convicciones que han acabado por convertirse en autocoacciones”.[2] A lo largo de un proceso estructurado aunque inconsciente, hoy tenemos un sentido mayor de la contención, de la moderación y el cálculo de las emociones violentas. La agresividad, en el transcurso de unos pocos siglos, se ha transformado, ‘refinado’, ‘civilizado’, “y únicamente se manifiesta algo de su fuerza inmediata e irreprimible bien sea en sueño, bien en explosiones aisladas que solemos tratar como manifestaciones patológicas”.[3] La descarga violenta del caballero en la guerra, se sublima y no desaparece sino que se transforma. El Estado requiere un control social más intenso que antaño, donde el ciudadano domine las manifestaciones de crueldad, la alegría producida por la destrucción, la muerte y el sufrimiento ajeno, así como la afirmación en la guerra de la superioridad física. En la Edad Media no existe ninguna fuerza de carácter penalizador que sanciones la violencia; en esta sociedad no hay ningún poder central que sea suficientemente fuerte para obligar a los seres humanos a contenerse; en tal tipo de sociedad el comportamiento violento forma parte de la estructura social convirtiéndose en necesario e incluso razonable.

Hoy esa conducta es inaceptable y constituye un proceso tanto a nivel macrosociológico como microsociológico, presentándose una correspondencia entre la estructura social y la estructura emotiva. Según Elías, “cuando en una y otra zona crece la fuerza de un poder central; cuando se obliga a los seres humanos a convivir en paz en un territorio más o menos amplio, entonces va cambiando de modo paulatino la configuración de las emociones y las pautas de los afectos”.[4] Para este autor, una vez que se ha consolidado el monopolio estatal de la fuerza, “no todo el mundo puede procurarse el placer de la agresión corporal, sino solamente algunas instancias legitimadas por los poderes centrales”.[5] Las instancias más evidentes son las fuerzas armadas en los conflictos intra e internacionales. No obstante, hoy estos conflictos, gracias a la tecnología “se han convertido en algo impersonal y ya no producen las descargas emotivas con la inmediatez y la intensidad de la fase medieval”, [6] el guerrero del mundo contemporáneo no puede dar rienda suelta a su sentimiento de placer ni siquiera en la guerra.

Sin embargo la más aceptada y legitimada de estas instancias es la confrontación deportiva, principalmente en el marco de grandes acontecimientos internacionales como los mundiales de futbol y en partidos como los de Alemania-Serbia, en los que se pone en juego gran parte de lo que describe Elías como proceso de civilización de la violencia. En el deporte se pone en práctica una forma socialmente aceptada de combatividad y agresividad; en él, “la violencia adquiere un carácter simbólico que permite eludir la agresión material que atenta contra la integridad de los individuos y de los pueblos”.[7] Pensemos por un momento en el boxeo, un deporte donde se enfrentan dos contrincantes, a quienes se les permite descargar emociones violentas, mientras una pasiva audiencia contempla el espectáculo. Según Elías, esta capacidad para experimentar emociones con la simple contemplación, o incluso con la pura audición, como en el caso de la transmisión radial, es un rasgo especialmente característico de la sociedad civilizada. Al hombre civilizado se le prohíbe agarrar de modo espontáneo lo que ama u odia, por ello sentidos como el tacto y el olfato se van atrofiando a favor de un nuevo sentido, el sentido de la sociedad del espectáculo, la vista. Ese es el cariz que tienen los grandes espectáculos deportivos como el mundial de futbol, convertirse en escenarios legitimados de confrontación donde los seleccionados, ejércitos portadores de la identidad nacional, reemplazan a los ejércitos en una lógica sin sangre producto de una mayor sensibilidad hacia la muerte. A pesar de que el proceso de civilización de la violencia puede avanzar y retroceder, no obstante, si se advierte una dirección y un sentido hacia una mayor contención de las emociones sangrientas; y el fútbol, como cualquier certamen deportivo pero de forma muy intensa dado su carácter masivo, se manifiesta como una arena privilegiada de violencia sublimada. Por ello, es que torneos como la copa mundial de fútbol se “constituyen el vehículo social para transferir un estado amenazante de guerra a un campo donde la violencia se minimiza partir de reglas de juego compartidas”.[8] El futbol y los certámenes deportivos se convierten en arenas de una violencia simbólica que reemplazan a la violencia física presencial y sus descargas emotivas de placer por medio de la agresión. Al consolidarse un monopolio de la violencia legítima, esta es ejercida por un grupo de especialistas y desaparece de la vida de los demás, surgiendo espacios que operan como válvula de escape a la agresión, donde se producen ‘luchas miméticas’.[9] Como tal, el mundial de futbol entonces representa un cambio social, una nueva estructura de la sensibilidad contemporánea, la cual manifiesta un elevado nivel de rechazo ante la violencia y de disgusto frente a la crueldad.

Fue eso lo que se observó en el partido Alemania-Serbia. Una violencia simbólica que evidenciaba lo mucho que han cambiado las cosas desde 1914. Ahora Alemania no invadía el territorio serbio sino el campo de juego rival. Un andamiaje de normas, las ‘leyes de la guerra’, impiden que ahora Alemania o cualquier país declare la guerra a otro Estado, sin desatar de inmediato enormes consecuencias en un mundo crecientemente marcado por la interdependencia y el ‘efecto mariposa’. Ahora Alemania se enfrentaba a una Serbia que defendía su campo como si del propio territorio ante una invasión turca se tratara. Los alemanes por su parte, empujaron con fuerza sus líneas ofensivas como cruzando los sudetes con la Wehrmacht, encontrando en territorio serbio una respuesta ofensiva que les llevó a obtener una apretada victoria por 1 a 0. Tras una expulsión de Miroslav Klose, los alemanes se turbaron lo cual permitió el tanto serbio. Alemania llegó con mucho peligro al arco del equipo del este de Europa, pero la defensa fue tan cerrada que no permitió a Alemania concretar ningún tanto.

El partido fue particularmente intenso. El árbitro español Undiano Mallenco mostró 9 tarjetas amarillas y una roja, más que en ningún otro encuentro de este Mundial; los jugadores descargaron en el campo una emoción que se vio en pocos partidos de este certamen deportivo. Todo un despliegue de nervios y estado físico. De no haber sido futbolistas, los jugadores de ambos equipos pudieron haber sido soldados luchando por defender esas ficciones por las cuales uno da la muerte, las naciones; que demostraron en este mundial seguir vivas como motor generador de identidades y de emociones sublimadas, ya no en el fragor de la batalla, sino tras una forma esférica compuesta de hexágonos y pentágonos cosidos, pegados o también vulcanizados, de 70 centímetros de circunferencia y 450 gramos de peso: el balón de fútbol. Mucho de lo que dijo Elías frente al deporte se puso en juego en ese encuentro.



[1] WEBER, Max. Economía y sociedad. Fondo de Cultura Económica. Bogotá, 1977.

[2] ELIAS, Norbert. El proceso de la civilización. Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas. Fondo de Cultura Económica. México, 2001. Pág. 230.

[3] Ibíd. Pág. 231.

[4] Ibíd. Pág. 239.

[5] Ibíd. Pág. 240.

[6] Ibíd.

[7] MONTESINOS, Rafael. La construcción sociológica en Norbert Elías. En: LEYVA, Gustavo; VERA, Héctor; ZABLUDOVSKY, Gina. Norbert Elías: Legado y perspectivas. Universidad Iberoamericana. Puebla, 2002. Pág. 115.

[8] Ibíd.

[9] GIROLA, Lidia. Una visión sociológica de la hipótesis represiva: las aportaciones de Norbert Elías. En: LEYVA, Gustavo; VERA, Héctor; ZABLUDOVSKY, Gina. Norbert Elías: Legado y perspectivas. Universidad Iberoamericana. Puebla, 2002. . 165

sábado, 19 de junio de 2010

ADIOS A SARAMAGO.


“La vida es como una vela que va ardiendo, cuando llega al final lanza una llama más fuerte antes de extinguirse. Creo que estoy en el periodo de la última llamarada, antes de la extinción. Lo digo sin dramatismo. Tengo muy claro que no voy a vivir mucho más. Ahora estoy en una fase en la que sí creo que puedo hacer un trabajo y lo puedo hacer bien, quiero hacerlo. Después acabará todo y quedarán mis libros, que pienso seguirán siendo leídos.” José Saramago.


A Saramago lo he leído todo o casi todo. Es imposible, casi pretencioso, afirmar sin temor a equívocos que se ha leído todo lo que una persona ha escrito a lo largo de su vida. Sin embargo a José Saramago le he seguido su pista literaria a lo largo de 12 años de mi vida. Me interesé realmente por él a raíz de su premio nobel, y desde ese pequeño ‘Cuento de la isla desconocida’ que leí en un parpadeo, me he convertido en un devorador de su letra y de su sensibilidad tan humana, demasiado humana.

En ese proceso conocí a ese escritor que parecía un padre, un abuelo, en todo caso alguien con la autoridad para hablar de nosotros, de lo que somos, del aprecio por lo humano como causa de sentido en nuestra absurda existencia. Saramago me hablaba íntimamente en esos laaargos párrafos que muchos criticaban como falta de técnica de escritura, pero que se convertían en bloques de sentido, en textos por derecho propio en los que el autor portugués sacudía su conciencia y la plasmaba en el papel. Recientemente lo seguí a través de su blog, en el que Saramago dejó constancia de su profundo compromiso con un humanismo remozado, siempre alerta ante la deshumanización del mundo, producto de la conjunción nefasta entre capitalismo tardío y sociedad del espectáculo. La suya fue una apuesta por un mundo donde el individualismo no se convirtiera en tiranía contra el hombre como especie; donde el Estado seguía regulando los mercados deshumanizantes; donde la democracia operaba en torno al bien común y no a un sistema en beneficio de unos pocos.

Hijo de campesinos sin tierra; nacido en 1922 en Azinhaga, Ribatejo, a 100 kilómetros al norte de Lisboa, ha sido el único premio Nobel de la lengua portuguesa hasta hoy. Fue, en palabras de Javier Rodríguez Marcos, poeta antes que novelista de éxito y antes que poeta, pobre. La pobreza de esos primeros años, flagelante y sentida en la carne y el espíritu, fue determinante en el derrotero de su estilo literario y de su punzante y provocadora visión política y humanista. Fue esta sumatoria de posiciones y vivencias personales las que lo llevaron a armar densas polvaredas y agrias polémicas con las autoridades religiosas en todo el mundo y las políticas en su Portugal natal, país que se negó a presentar su nombre al premio nobel de 1991, lo que motivó su exilio autoimpuesto y su larga relación de vida con la isla de Lanzarote. Por ello, Saramago era una piedra en el zapato lustroso del poder, en las sandalias episcopales que ponían sus alaridos en esos cielos opresivos e imaginarios con los que la religión de Cristo ha denigrado la vida en la tierra.

Se fue Saramago y con él se va toda una época y un modelo de ser humano y escritor, siempre comprometido y siempre lúcido. Nos quedan sus obras, su pensamiento bella y claramente expuesto. Nos quedan sus libros, manifiestos en el que el ser humano se desarrolla en un universo caótico, pero en el que siempre triunfa en conjunto con los otros. Nos queda Historia del cerco de Lisboa, una reflexión sobre la escritura de la historia y las luchas por el control de la verdad y la memoria; nos queda El evangelio según Jesucristo, que nos muestra a un Jesús humano a merced de un Dios que no es de fiar, vengativo y rencoroso; nos queda Ensayo sobre la ceguera, alegoría del sujeto político contemporáneo, cuya mirada cada vez se cubre más de esa lechosa y blancuzca capa entre los ojos y la realidad; nos queda La Caverna, metáfora platónica asentada en el capitalismo contemporáneo; nos queda El viaje del elefante, una reflexión sobre la "compasión solidaria", que relata el extraño viaje de Salomón, un elefante que se constituye en representación del viaje de la especie humana por esta vida, siempre a merced de los caprichos de los gobernantes; y nos queda Caín, ese cobro de cuentas con el Dios judeo-cristiano, mas que un libro, un canto de cisne cuyo último estertor no dejó de ser a la vez sobrecogedor y polémico.

Hasta siempre maestro Saramago. Gracias por vivir y gracias por su palabra.


Lecturas selectas
- Manual de pintura y caligrafía, 1977.
- Casi un objeto, 1978.
- Levantado del suelo, 1980.
- Memorial del convento, 1982.
- El año de la muerte de Ricardo Reis, 1984.
- La balsa de piedra, 1986.
- Historia del cerco de Lisboa, 1989.
- El Evangelio según Jesucristo, 1991.
- Ensayo sobre la ceguera, 1995.
- Cuadernos de Lanzarote, 1997.
- De este mundo y del otro, 1997.
- La caverna, 2000.
- El hombre duplicado, 2002.
- Ensayo sobre la lucidez, 2004.
- Poesía completa, 2005.
- Las intermitencias de la muerte, 2005.
- Las pequeñas memorias, 2007.
- El viaje del elefante, 2008.
- El cuaderno, 2008.
- Caín, 2009.
- José Saramago en sus palabras, 2010

jueves, 27 de mayo de 2010

NI LO UNO NI LO OTRO: EL PARTIDO DE LA U.

El Partido Social de Unidad Nacional (mejor conocido como 'Partido de la U') no es partido, ni es social, ni de unidad, ni mucho menos nacional.
Por un lado, este partido de oportunidad de tipo atrapatodo no cumple con los requisitos mínimos para ser considerado ‘partido’ en estricto sentido. Surgido en la sombra de la popularidad uribista y ante la necesidad de organizar un movimiento propio en el que encontraran cabida políticos venidos de uno u otro lado del espectro político, este pseudopartido surge del oportunismo, de la necesidad coyuntural de capitalizar políticamente la enorme popularidad de Álvaro Uribe Vélez. No es un partido sino a lo sumo, un movimiento de ocasión con voluntad, eso si muy nacional, muy colombiana, de convertirse en un sancocho en el que cabe de todo. Y no lo es porque no cumple los requerimientos mínimos, reconocidos para nominar a un partido como tal. Un partido político es ante nada una institución, una entidad política que trasciende al tiempo. Su temporalidad es de largo plazo, su tiempo no es la coyuntura sino el proceso que les permite hacer parte de la estructura del sistema político y el sistema de partidos. Un sistema de partidos requiere de colectividades políticas institucionalizadas y, en la actual situación de crisis de dichos sistemas aquí y allá, la norma son aquellos partidos que como el de la U, reflejan la dificultad que enfrentan estas instituciones políticas de ser más que desideologizadas plataformas de ocasión. El partido de la U en ese sentido no es otra cosa que una organización débil que solo existe en campaña. Más allá de los comicios electorales no es más que una ficción. Al igual que el partido Verde y el mismo Polo Democrático, La U no se ha institucionalizado en la política colombiana y desaparecerá tan pronto las nieblas del uribismo se disipen del inconsciente nacional. No es un partido, además, por el hecho de que carece de ideología. Su lógica de mazacote le hace aparecer como un movimiento donde todo tiene cabida, independiente de la orientación ideológica (allí han ido a parar tanto guerrilleros como paramilitares, tanto liberales como conservadores) y siempre y cuando se defiendan sin asomo de crítica, las tesis, poco originales por lo demás, del presidente Uribe. Sin institucionalización, sin trascendencia en el tiempo ni sustancia ideológica, incluso en estos turbulentos tiempos en que la política se hace espectáculo, difícilmente podemos hablar de un partido, en el caso de la U.
Por otro lado, afirmar que el partido de la U es un partido social es mucho decir. Es un hecho que la política social de Alvaro Uribe ha hecho hincapié en las variables que tienen que ver con la defensa y la seguridad, como las de mayor importancia en la ecuación política nacional. La política social en estos ocho años ha sido, en este sentido, poco menos que un verdadero desastre, de consecuencias incalculables para el futuro del país. A nivel doctrinario la administración Uribe ha hecho de la seguridad democrática el vértice de mayor importancia, el que sostiene los otros dos elementos de su triada programática: la confianza inversionista y la cohesión social. La hipótesis defendida hasta el hartazgo por la intelligentsia de la casa de Nari, es que sin seguridad ni inversión extranjera no puede haber cohesión social, entendida no como solución a los dramáticos niveles de desigualdad que campean en este país, sino como integración nominal de la sociedad, más para evitar el conflicto y aumentar la seguridad que como un axioma de intervención del Estado en el orden social. El partido de la U, como baluarte del insustancial uribismo, no tiene en la política social, en la ingeniería pasiva que el Estado debe efectuar en la sociedad, su principal fuerte. Al contrario, los discursos de campaña de Santos y del partido de la U, hacen hincapié, desde luego, en la patente de corso que parece, sólo ellos pueden otorgar en materia de seguridad, en un discurso que han intentado monopolizar sin que les haya dado los réditos esperados. Las promesas electorales del candidato Santos y su flamante no-partido, han tenido en la seguridad su principal bandera, mientras los proyectos sociales brillan por su ausencia, y las pocas iniciativas que han surgido en este sentido, se caracterizan por su asistencialismo y paternalismo. No tienen una estrategia articulada en términos de política social.
Luego, el partido de la U no es de unidad. El uribismo, como proyecto político se cimenta en la determinación de una relación amigo-enemigo. Es sabido que, como afirmaba el filósofo político alemán Carl Schmitt, la definición de la política es que esta se basa en una distinción fundamental, la de "amigo y enemigo". Así como en la moral la distinción fundamental es la de bueno y malo; y en la estética la de bello y feo; lo que caracteriza a la política es su fuerza en la creación de una comunidad con una identidad compartida, un nosotros (amigo), opuesto a un ellos (enemigo). Ningún partido político puede llamarse de unidad puesto que esto constituye una antinomia: partido y unidad se repelen como parte de una misma oración, de un mismo concepto. Ni el partido de la U como comunidad política, ni el partido verde, ni el polo democrático, pueden llamarse ‘de unidad’ pues se caería en una antítesis. En el caso de la U, no obstante, gracias a su vocación de partido miscelánea, donde se encuentra de todo, el enemigo está definido de forma amplia e irresponsable. Cerrar filas en torno al popular mandatario ha pasado por definir al enemigo, el terrorismo, de forma que todos, oposición, estudiantes y maestros de universidades públicas, medios adversos, periodistas punzantes, defensores de derechos humanos y miembros de la Corte Suprema de Justicia, directa o indirectamente, por acción o por omisión, por hacer o dejar hacer; consciente o inconscientemente, terminamos en el mismo costal. Por ello, el país está más polarizado que nunca y el presidente, que justamente representa la unidad nacional hoy es el principal factor de polarización política. Esa definición amplia del enemigo como ‘terrorista’, en consonancia con el orden global post 11S, no es precisamente atributo de un movimiento o partido que se afirme ‘de unidad’. La U, letra que distingue al efervescente grupo político, sabemos que significa ‘Uribe’ o tal vez ‘uribista’ pero no unidad, porque este, una vez más, como cualquier partido no aspira por definición a la unidad, sino a la fragmentación de la identidad política.
Finalmente, la U no es un partido propiamente nacional. Y en este punto voy a omitir los puntos de la izquierda tradicional según los cuales el Uribismo es un proyecto político al servicio del capital transnacional, argumento que, por otro lado, no es falaz en cuestiones de fondo ni contenido sino puramente formales. Sin caer tampoco en el nacionalismo ramplón no es ajustado a la realidad afirmar que la U es un movimiento nacional. Si bien sus alcances electorales si cubren casi todo el territorio nacional, y en parte por las razones expuestas en el anterior punto, la U cumple con su función de representación de intereses colectivos, pero estos intereses son tan estrechos que difícilmente podemos hablar de un partido nacional, de un partido que represente la voluntad nacional, simplemente porque esta voluntad no existe y la nación ha mostrado ser un artefacto histórico de una clase dominante, un proyecto hegemónico impuesto desde arriba que ha acompañado la formación o construcción del Estado. Además, como ha sido la constante en nuestra vida republicana, a la U y a los otros partidos les falta un proyecto de nación abarcante que de cuenta de las múltiples formas de ser que habitan el territorio colombiano. La nación no existe como totalidad, es inabarcable sino se mira desde sus partes constituyentes, las múltiples comunidades e individuos que se constituyen el ciudadanos del Estado nacional. La U y en general todos las agregaciones políticas en el partidos electoral colombiano, carecen de un proyecto de nación abarcante y omnicomprensivo que cumpla con la voluntad multicultural que caracteriza la constitución de 1991. Una vez más afirmar que el partido de la U es ‘nacional’ es extender las posibilidades sintácticas de este adjetivo hasta hacerlo inoperativo y carente de toda fuerza denotativa.
La letra U simboliza cambio. Su forma evoca una caída libre que retoma el sentido ascendente como el gráfico de una crisis económica y de una recuperación. Pero en este caso, simboliza la primera letra del apellido del popular mandatario, bajo cuya sombre campea el oportunismo político nacional. No se trata de un partido y los atributos que doran su nombre no pasan de ser falaces trampas del lenguaje sin ningún respaldo en la realidad.