II. Como máquina productora de deseos y pantalla proyectora no sólo de imágenes sino de forma fundamental, de ansiedades, miedos, sueños, terrores y arquetipos de la sociedad global capitalista, Hollywood ha hecho suyos algunos de los miedos más característicos de la sociedad posmo, del espectáculo, de control, del conocimiento, o como sea el remoquete que se le quiera aplicar. Tal vez el topos o lugar común más recurrente de dicha sociedad a través del lente de los directores, sea un milenarismo remozado que ha sobrevivido al Y2K y se ha renovado tras el 11S. Tales combinaciónes de dígitos y letras simbolizan momentos cuyas simbologías han inflado el espíritu milenarista y catastrofista que recorre la cultura de este mundo post-guerra fría.
III. El milenarismo y las profecías distópicas no son un fenómeno particular de nuestro tiempo. Toda cultura lleva como parte de sus relatos, una escatología que enseña hacia donde se debe dirigir el mundo, y como ha de acabar. En Occidente el fin de la historia es un tema recurrente en el arte, la literatura, la filosofía y la teoría política y social. El catolicismo está montado en una perspectiva lineal con un principio (Génesis) y un final (Apocalipsis). El nuevo advenimiento de Cristo y el Juicio Universal son dogma para la Iglesia, pero no lo son para las perspectivas milenaristas cristianas y new age, y para Hollywood, que los consideran inminentes. La industria cultural de Hollywood -maquina creadora de deseos, sueños y espejo de pesadillas-, se apresta a lanzar una andanada de películas que explotan ad nauseam la estructura de sentimientos y emociones apocalípticas y milenaristas que pueblan el orden global actual.
IV. No se trata de un fenómeno reciente. Como instrumento y aparato ideológico y de propaganda del Estado norteamericano, Hollywood ha proyectado en la pantalla grande los temores que despertaban en su sociedad enemigos de toda índole que cambiantemente han surgido de su errática política exterior. Comunistas, migrantes y terroristas, en forma de monstruos, insectos o marcianos, han poblado las salas de cine ofreciendo una representación simbólica pero manifiesta de los miedos al enemigo interior y exterior. El miedo al terrorista es latente en cintas desde La batalla de Argel (1965), dirigida por Gillo Pontecorvo, hasta 12 monos (1995), de Terry Gilliam, o Sombras en la batalla (1987), de Mario Camus. El escenario post 11S ha impuesto un molde de lo politically correct en el que el manejo del personaje terrorista ha sido tenue, aunque la amenaza se ve sublimada en la forma de robots transformistas venidos de Cybertrón (los ‘decepticons’ en Transformers), hordas persas (300) o zombies (Resident evil).
V. Pero junto al miedo al terrorismo y, parcialmente, consecuencia de este, se encuentra el mesianismo catastrofista de las industrias culturales y las ideologías new age. La guerra contra el terrorismo, el calentamiento global, la crisis alimentaria y petrolera, la crisis económica mundial y la pandemia mediática del virus de la gripe A, han multiplicado los discursos que anuncian el fin de los tiempos. Ya en las ciencias sociales se ha decretado la defunción del hombre, la historia, el arte, la política e incluso la razón (aunque siempre desde la razón). Ahora, a estos discursos de amplia circulación en las academias se suma un catastrofismo milenarista patente en los medios masivos de comunicación y las industrias culturales, desde las editoriales hasta la música y los videojuegos. Como lo manifiesta Paul Harris de The Guardian, destruir el mundo nunca estuvo mas de moda.[3] El Cine de Hollywood ha hecho eco de este nuevo miedo, esta emoción que recorre las cándidas conciencias del capitalismo global. Directores y estudios están compitiendo entre si para ver quien puede crear la visión del futuro cercano mas distópica y destructiva.
VI. La avalancha apocalíptica que se avecina en los cines, tiene un nombre conocido Roland Emmerich experto en volver caca al mundo en películas como Día de la independencia, Godzilla y El día después de mañana; ahora en 2012 (a estrenarse el 13 de noviembre), la tierra se parte en dos dando cumplimiento a una vieja profecía maya, distorsionada para lograr la patraña argumental. El Apocalipsis y postapocalipsis continuará en las salas de cine con El libro de Eli, (a estrenarse en enero del 2010), en la que Denzel Washington interpreta a un neo-road warrior que defiende con lo que esté a mano un libro que contiene las claves de salvación de la humanidad, en un escenario devastado por una guerra apocalíptica; mientras, en The Road (en post-producción), adaptación al cine de la electrizante novela de Cormac McCarthy, un padre y su hijo se enfrentan al reto de mantener sus valores en un paisaje post-cataclismo con un mundo hostil, inerte y deshumanizado, donde la violencia antropófaga es la regla. Finalmente 9, producida por Tim Burton, cuenta la historia de ‘nine’, un muñeco que habita un mundo arruinado de grotesca belleza, en el que ningún humano sobrevive. Algunos realizadores, no obstante, optan por retratar tan negros presagios con el siempre efectivo recurso a la risa. Es lo que sucede con Zombieland en donde Woody Harrelson interpreta a ‘Tallahassee’, un asesino que lidera un grupo de sobrevivientes que recorre una Norte America devastada por una plaga de zombies. El trailer del film parte de un diagnóstico de nuestro presente sombrío y nuestro opaco futuro; mientras que John Hillcoat, director de The Road, hace uso de imágenes filmadas durante el desastre de Katrina para reforzar el efecto dramático de su obra.
VII. Hay algo que diferencia estos paisajes postapocalipticos de aquellos que encontramos en artefactos culturales como el cyberpunk o el filme Mad Max (Road Warrior). Además de las posibilidades permitidas por el desarrollo vertiginoso de los efectos especiales, la diferencia radica en que ‘incluso cuando tocan temas serios, la mayoría de las nuevas películas de desastres tiene dificultades para evitar las moralejas, que pueden resultar tóxicas en las taquillas.[4] Además, se mantienen las estructuras narrativas, las cuales dependen de la existencia de un héroe. Aún The road tiene una figura paternal central cuyo amor por su hijo provee el centro emocional de la novela.[5] Por eso estas películas postapocalípticas son tan exitosas en términos de taquilla, porque ofrecen a la audiencia un poco de esperanza en el horizonte de caos y crisis generalizada tanto en la pantalla, como fuera de ella. A diferencia, en los paisajes apocalípticos y postapocalipticos del cyberpunk los héroes no existen y si los hay, están más allá del bien y del mal, son amorales, antihéroes por excelencia. Mad Max (Road Warrior) en sus tres entregas es un claro ejemplo. En las cintas no hay ni asomo de moralidad. Al igual que The Road, la carretera es una metáfora de un mundo en el que se ha perdido todo sentido, y al tomarla no se llega a ninguna parte. La trilogía de Mad Max, que será acompañada de un film animado, actualmente en preproducción, muestra, como sucede con The Road, un mundo donde una sociedad colapsada impone una nueva moral; la diferencia radica en que en The Road, esa moral es rechazada por un padre que pretende mantener los valores del viejo mundo. Mad Max es un héroe, pero solamente lo suficiente para mantener la estructura narrativa; su heroísmo es tan sólo una ilusión; acepta la moral de ‘los malos’ porque es la única que le permitirá sobrevivir en el mundo hostil que habita. No obstante, la nueva ola de ‘porno apocalíptico’ como denominó The Guardian a los filmes tipo 2012 tiene en común con el cyberpunk, el compartir escenarios en los que existen nuevas relaciones entre el hombre y la naturaleza; ya no hay naturaleza en su sentido ‘verde’, las condiciones de vida sobre la tierra son precarias, se habita el ‘desierto de lo real’ de Matrix, Waterworld, The planet of the apes, o Wall-E. Tienen en común, además, el presentar nuevas formas de comunidad y asociación, dado que las categorías sociológicas propias de la modernidad, como comunidad (Gemeinschaft) y sociedad (Gesellschaft) no resultan operativas en estos escenarios, no existe solidaridad, ni orgánica ni mecánica. En los artefactos culturales del cyberpunk (Mad Max incluido) y en las nuevas versiones del Apocalipsis cuyos estrenos se avecinan, encontramos grupos humanos unidos de manera contingente; no los unen lazos de sangre, pertenencia territorial, pertenencia a una comunidad imaginada o una ideología. Los une la contingencia. No existen compromisos sociales estables, la membresía al grupo es voluntaria y obedece a una necesidad por sobrevivir. Hasta aquí las similitudes, porque los nuevos estrenos mencionados en este texto difieren de los textos clásicos del cyberpunk en su afán claro de entretenimiento, la explotación morbosa y con fines claramente de lucro, no de reflexión de nuestra precaria condición sobre la tierra. El tufillo a moraleja que se respira en estas nuevas producciones, contrasta con la amoralidad del cyberpunk y de los personajes de Mad Max. Los héroes tienen un carácter reivindicativo y su destino es clave para dar un poco de alivio en medio de tanta destrucción, mientras en el cyberpunk, hasta el mote de héroe resiste cualquier comparación con los moldes establecidos. Por ello, la nueva ola de destrucción que recorre las salas de cine -seguramente no será la última-, no ofrece más que un buen rato. Su función no es la reflexión sino el espectáculo desnudo. Entretener abusando del fondo azul y de los efectos especiales es la única raison d'être de esta generación de directores que entre escombros, terremotos, tsunamis y holocaustos nucleares pretenden mantenernos agarrados a nuestros asientos comiendo cotufas con Pepsi.
[1] The perverts guide to cinema (Disco compacto). Dirigida por SOPHIE FIENNES. Producción: lone star mischief films, amoeba film.
[2] MANDEL, Ernst. El capitalismo tardío. México: Ediciones Era, México, 1974.
Cgtfvr8 [3] http://www.guardian.co.uk/film/2009/aug/09/hollywood-apocalypse-movies-anxiety
[4] http://online.wsj.com/article/SB10001424052970204619004574318630585925804.html
[5] http://www.guardian.co.uk/film/2009/aug/09/hollywood-apocalypse-movies-anxiety


