viernes, 19 de septiembre de 2008

Ingrid y los signos. Análisis semiótico-cínico de la construcción de un símbolo.

En uno de los correos encontrados en el computador del hoy extinto jefe de las FARC Luís Edgar Devia, alias ‘Raúl Reyes’, este comentaba al secretariado de forma cínica cómo la imagen de Ingrid Betancourt, decomisada el pasado mes de noviembre, había hecho mucho daño a ese grupo armado. La imagen, que mostraba una Ingrid triste, abatida y demacrada, con una melena de años cubriéndole el pecho, los parpados entornados y tristes en un lúgubre ensimismamiento, conmovió al mundo y motivó un fuerte rechazo global a las FARC y sus métodos de lucha. La fotografía, que en realidad era un video que la repetición convirtió en una imagen estática y transversal, había creado una presión que según Reyes se agravaba por cuenta de las declaraciones de Luís Eladio Pérez, dando cuenta de su extrema gravedad y el trato discriminatorio contra ella. Reyes comentaba: “Hasta donde conozco, esta señora es de temperamento volcánico, es grosera y provocadora, con los guerrilleros encargados de cuidarla. Además como sabe de imagen y semiología, las utiliza en impactar en contra de las FARC”. Reyes justificaba así el cruel secuestro al que sometían a Ingrid, y descargaba en ella la culpa de su terrible estado por provocar a los guerrilleros encargados de cuidarla manipulando los signos, un argumento que evidencia lo cínico de su discurso trasnochado y retorcido. No obstante, a Reyes no le faltaba razón en algo; y es que, conciente o inconscientemente, reflexiva o irreflexivamente, con ese video convertido en fotografía, Ingrid comenzaba a construir un signo que la convertiría a ella misma en símbolo del secuestro, un símbolo con evidentes connotaciones políticas y religiosas.
El periplo de este símbolo comienza con la toma del video en el cual Ingrid valientemente se resiste a actuar en el espectáculo montado por sus captores, pero manda al mismo tiempo no simplemente ese mensaje de resistencia, sino que con su actitud sabe que, ante el interés global que ha adquirido su caso, la imagen se congelará en el inconsciente colectivo global y presionará por una solución a su terrible condición. La imagen recuerda esos cuadros manieristas donde la corporalidad pretende reflejar el dolor. Inevitablemente vienen a la cabeza algunas imágenes marianas y femeninas de Domenikos Theotokopoulos, el Greco; imágenes donde la imagen de Maria y María Magdalena sirven para crear una empatía espiritual con el espectador, gracias a su expresiva corporalidad; una corporalidad lánguida y doliente que pretende crear una experiencia mística gracias a la representación del dolor. Al mismo tiempo, imágenes que evidencian una estrategia pictórica contrarreformista que pretendía arrancar, con el renacer del culto mariano, las almas del diablo luterano y calvinista. Por ello, es inevitable no relacionar la famosa imagen de la política colombiana con aquellas que forman parte del culto mariano. Como las representaciones iconográficas de ‘La dolorosa’, la de Ingrid es una imagen típicamente mariana, algo que no resulta extraño en ella, una confesa devota a la virgen María.


Desde su rescate el dos de julio de este año, Ingrid ha señalado su especial relación con la virgen durante su secuestro. En el ambiente de "soledad espiritual" en que se hallaba y rodeada de "enemigos agresivos", la "única persona" a la que podía "hablarle, interiormente, era la Virgen”. Ingrid, quien ha calificado de ‘milagro’ su rescate -y quien aún lleva en la muñeca el rosario de cáñamo y botones que fabricó en su cautiverio-, no ha dejado, en medio del circo mediático que se ha formado a su alrededor, de consolidar en sus numerosos actos públicos esta imagen mariana, un poco mística, mediadora entre el plano material y el divino, entre lo inmanente y lo trascendente.
Continuemos con el recorrido de este símbolo. Lo primero que hizo Ingrid al descender del avión que la traía a la libertad fue arrodillarse y poner a todos los colombianos a rezarle a la virgen María en señal de agradecimiento. Las declaraciones que como avalancha se vieron en la prensa colombiana en los pocos días que permaneció en el país, no hicieron otra cosa que mostrar una Ingrid víctima del arrebato místico, inspirada y agradecida a la virgen. La virgen según Ingrid fue ‘fundamental’ durante su cautiverio.
El recorrido por Europa le ha llevado hasta ahora de forma casi exclusiva por países del sur de Europa donde el culto mariano existe aún con fuerza. Su impacto mediático y político se ha hecho sentir sobre todo en Francia, Italia y España. Por un lado, Francia acogió a Ingrid como una heroína, una posmoderna Juana de Arco, una mística heroína nacional a la cual se le dispensan los más altos honores. En Francia Ingrid fue distinguida con la legión de Honor el día de la nacionalidad francesa y se reunió con líderes políticos, intelectuales y religiosos. Especial mención merece su visita al santuario de la virgen de Lourdes donde Ingrid llegó a refrendar sus votos de devoción mariana y a consolidar su figura simbólica de mediación entre la virgen y este plano material.
En Lourdes Ingrid Rezó en la mañana dos decenas de "Ave María" por los rehenes y la libertad, junto al obispo de Lourdes, Jacques Perrier, y puso las manos en la roca de la gruta, como hacen los peregrinos en este santuario. Luego, recitó junto a miles de peregrinos el Ave María, cerrando los ojos o mirando intensamente la estatua de la Virgen a la entrada del santuario. “Te suplico mi María querida, cuida de quienes quedaron tras de mí, te necesitan, tienen necesidad de tu fuerza, de tu esperanza y de tu luz", pidió una inspirada Ingrid, quien además proclamó tres veces "te quiero" a la Virgen. La visita no es circunstancial, este año el santuario de Lourdes celebra el 150 aniversario de las supuestas18 apariciones de la Virgen a Bernadette Soubirous del 11 de febrero al 16 de julio de 1858. Como una nueva Juana de Arco, Ingrid reforzó su papel mediador al pedirle a la virgen un nuevo "milagro", la liberación de todos los rehenes que siguen en manos de las FARC. Finalmente le dio las gracias a "María, querida" por "la oportunidad de estar aquí" y por la libertad recobrada. Todo ello en medio de un impresionante dispositivo de seguridad que no impidió que decenas de curiosos se acercaran a tocarla en medio de la lluvia y de la delirante histeria colectiva. Antes de retirarse a un corto descanso para continuar su periplo simbólico por Italia Ingrid, quien se recogió en lujosos hoteles y emblemáticas iglesias parisinas, recibió al jefe del gobierno español, José Luís Rodríguez Zapatero, se entrevistó con el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon; y acudió al Senado, que la ovacionó. La imagen de Ingrid en Francia no podía contrastar más con esa imagen desgarradora que dio la vuelta al mundo, no obstante los efectos de esa imagen seguían (siguen) causando impacto mediático, convirtiendo a Ingrid en un símbolo.


En Italia Ingrid estuvo en el centro de un torbellino de homenajes. Fue recibida por Benedicto XVI en su residencia de Castelgandolfo al sur de Roma. En la capital italiana el presidente de la Provincia de Roma, Nicola Zingaretti, le otorgó el premio "Provincia Capital", una pequeña estatua de madera; fue recibida por el presidente de Italia, Giorgio Napolitano, en el Palacio del Quirinale; se reunió con el alcalde de Roma, Gianni Alemmanno, y con el ministro italiano de Asuntos Exteriores, Franco Frattini. En el Campidoglio, sede del municipio, le fue otorgado el nombramiento de ciudadana "honoraria" de la capital, un título ya conferido por el ex edil Walter Veltroni en 2004 durante sus años de prisionera. En la ceremonia, Alemanno afirmó: “Ingrid Betancourt "es el símbolo de la lucha por la defensa de la dignidad humana, de la lucha contra el tráfico de droga y todas las desviaciones criminales que existen hoy en el mundo". En Florencia recibió la ciudadanía honoraria (el Lirio de Oro) de manos del alcalde de la ciudad Leonardo Domenici. Allí, Ingrid anunció su deseo de luchar por los necesitados y por los que sufren. Luego, en Pisa, recibió el premio Mujeres para la Solidaridad. En el acto de entrega, en la Plaza de los Milagros, junto a la torre inclinada, el alcalde de Pisa Marco Filippeschi habló de Ingrid como ‘una mujer testigo de la democracia y de la paz y que encarna el símbolo de la determinación de las mujeres de no rendirse nunca, incluso en las condiciones más extremas’. Como ya habían hecho sus colegas de Roma y de Florencia, Filippeschi anunció su apoyo a la candidatura al Premio Nóbel de la Paz de Betancourt.
Esta seducción ejercida por distintos personajes de la vida pública a la persona de Ingrid otorgándole de facto varios galardones, muestra el efecto político que tiene el símbolo Ingrid. Quienes otorgan premios adquieren visibilidad y ganan capital político gracias al valor que como símbolo ha adquirido Ingrid. Su capital simbólico, también otorga capital político. El beneficio es mutuo, al mismo tiempo ella consolida su fuerte simbología y da notoriedad a su ‘misión’, en sus propias palabras: “ser la voz de quienes no tienen voz".
El periplo del símbolo Ingrid nos lleva, de momento, a España, donde Ingrid ha sido merecedora del premio Príncipe de Asturias a la Concordia. Este país y este premio han consolidado la fuerza simbólica de Ingrid; de hecho, es este carácter simbólico el que ha justificado, a ojos del jurado, el premio. El jefe del Ejecutivo asturiano, Vicente Álvarez Areces, en su calidad de presidente del jurado, ha sido el encargado de leer el acta, en la que se destaca que Ingrid Betancourt "personifica a todos aquellos que en el mundo están privados de libertad por la defensa de los derechos humanos y la lucha contra la violencia terrorista, la corrupción y el narcotráfico". Agregaba el fallo del jurado que Betancourt "se ha convertido en un símbolo mundial de la libertad y de la resistencia humana ante las más duras adversidades. Su lucha en favor de la democracia ha sido un esperanzador ejemplo de dignidad y valentía".
El premio Principe de Asturias, una ceremonia cuya función real es reforzar los lazos entre la familia real y la sociedad española, suele tener un fondo político que no ha faltado esta ocasión. Ingrid llegó apoyada por el ex presidente colombiano Belisario Betancur, la ex presidenta irlandesa Mary Robinson, Woody Allen, Vaclav Havel, Jacques Delors, Simone Veil, Mario Soares, Javier Pérez de Cuellar, Muhammad Yunus, Enrique Iglesias, Fernando Henrique Cardoso, Umberto Eco, Anthony Giddens y Juan Antonio Samaranch. Se impuso a las candidaturas del Colegio de Europa y del jesuita español Enrique Figaredo -conocido como el "obispo de las sillas de ruedas"-, que trabaja en Camboya desde 1991 y ha hecho de su vida una cruzada contra las minas antipersonas. La semana de la entrega del premio, la misma en las que escribo estas líneas, todos los medios hablan de Ingrid como el ‘símbolo’ de las victimas del secuestro y de la lucha contra el terrorismo. La figura de Ingrid inevitablemente será instrumentalizada en la guerra global contra el terrorismo que se ha desatado en el mundo post 11-S.
El mismo Alvaro Uribe, presidente de la mayoría de colombianos, parece querer reforzar el símbolo Ingrid y, por supuesto lucrarse de él. El día que se dio a conocer el fallo Uribe expresó: "Qué bueno saber que la doctora Ingrid está recibiendo hoy el Premio Príncipe de Asturias, como un reconocimiento al símbolo que ella encarna en favor de la libertad en el mundo entero. Eso nos llena de orgullo". En conversación a través de una emisora radial Uribe le pidió que "eleve sus oraciones al Cielo para que las Fuerzas Armadas puedan lograr la liberación de los colombianos que aún siguen secuestrados”. Así, el presidente colombiano reconoce en Ingrid un papel mediador entre este plano y el otro: "Que toda esa energía espiritual que ella está irradiándonos, ayude a lograr ese objetivo", añadió.
Ingrid ha logrado consolidar su capital simbólico gracias a su conocimiento y dominio de la realidad mediática. Conciente o inconcientemente la imagen que logró crear desde la selva ha cobrado una fuerza inusitada. Personas cercanas a ella reconocer su habilidad para construir mensajes. Recordemos que durante su vida política, como parlamentaria en Colombia se distinguió como gran comunicadora y por su manejo lúdico de los de símbolos. Los colombianos aún la recuerdan repartiendo condones ‘para evitar el contagio del SIDA de la corrupción’. Esta habilidad comunicadora y creadora de símbolos la reconoció al diario El País de Madrid Eduardo Chávez, que trabajó con la ex secuestrada, codo a codo, cuatro años: Ingrid “es una comunicadora por excelencia…No sólo le presta atención al lenguaje, sino también a los gestos, a los movimientos. Eso lo sabe hacer muy bien". “La selva –opina-, perfeccionó sus capacidades porque tuvo mucho tiempo para pensar, estructurar y articular ideas”.
Lo anterior nos demuestra no sólo que Ingrid es no solo un símbolo global en la lucha contra el terrorismo sino un símbolo con fuertes connotaciones religiosas y políticas. El signo Ingrid, consta de un significante, cuya más fuerte expresión es la imagen decomisada a las FARC y un significado que aún se construye en los medios, pero que ya da muestras de su valía, algo que también saben los políticos, desde Uribe a Rodríguez Zapatero, Bachelet, Zarkozy y Chávez. Se trata de un signo que tiene mayor fuerza simbólica en países católicos dadas sus connotaciones marianas. Fuera de los países con fuerte tradición católica, como Italia, Francia, España, Colombia o Chile, la figura de Ingrid no ha suscitado mayor atención mediática ni política. Ello hasta ahora, dado que la presidenta de Chile Michelle Bachelet ha propuesto el nombre de Ingrid al premio Nóbel de la paz que junto con el Premio Sajarov, es muy probable que la franco-colombiana lo gane. Es previsible que estemos contemplando solo el inicio de los efectos políticos y mediáticos del signo Ingrid. Su simbología como víctima global en la guerra contra el terrorismo seguirá siendo utilizada hasta el hartazgo por unos líderes políticos ávidos de capitalizar reditos políticos bajo su mística y protectora sombra.

jueves, 28 de agosto de 2008

DIATRIBA ANTIDEPORTIVA & ANTIOLIMPICA.

Debo confesar que, a pesar que me he visto en algún momento de mi vida bebiendo borbotones de cerveza bajo el brillo de un televisor, vivando a la selección de mi país, soy un tipo poco afecto a los deportes. No logro comprender la importancia que han llegado a tener los deportes en la posmoderna sociedad tardocapitalista. La industria de los deportes alcanza unas cifras tan descomunales que compite en lucro con la industria armamentista, el tráfico de drogas y las industrias culturales, tanto editoriales como del espectáculo.
Los deportes se han enquistado en la sociedad contemporánea, tanto que son sintomáticos de los tiempos que vivimos. No quiero hablar aquí del culto al cuerpo, la esbeltez y a la imagen fit, culto en el que todos somos feligreses, comulgando en torno a los mismos dogmas, los mismos regímenes, y que nos convierte a todos en deportistas, de la misma forma que nuestros padres eran obreros y nuestros abuelos campesinos. No. Quiero hablar en este texto de esa ubicua presencia de los deportes y ‘lo deportivo’ en la sociedad a través de los medios y grandes certámenes deportivos.
Solo hay que prender la tele para que sepan de qué hablo. Los deportes constituyen un espacio intermedio en todo noticiero, entre la seriedad de las noticias políticas, de la guerra, la economía por un lado, y la efímera e insoportable levedad del espectáculo y sus noticias, por el otro. Pero no nos equivoquemos; en nuestros días la política y los deportes también forman parte de la sociedad del espectáculo denunciada por Debord; una sociedad sin horizontes utópicos, donde muertas las ideologías, no queda más que rumiar (sea de forma pasiva, sea de forma reflexiva), los productos que ofrece la idiot box; una sociedad que como afirmaba Walter Benjamín ‘se ha convertido en espectáculo de si misma; su autoalienación ha alcanzado un grado que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético’.[1] En esta ‘sociedad del espectáculo’, alienada y alienante, todos somos espectadores; da lo mismo si la noticia es deportiva, de farándula (ese dudoso panteón que sucede al crepúsculo de los ídolos), económica y/o política. Las reivindicaciones laborales, conquista histórica de las clases obreras (ahora en vía de extinción), han tenido su contraparte negativa: se ha liberado una cantidad creciente de tiempo de trabajo que al no poder ser empleado en ninguna actividad real necesita que la gigantesca industria del entretenimiento venga a llenarla.[2]
El deporte, componente sintomático de la sociedad del espectáculo, forma parte del repertorio mediático al que se ve bombardeado el sujeto contemporáneo. De ser parte de los hábitos[3] de las clases medias y burguesas, el deporte se convirtió en un espectáculo de masas en el siglo XX, el siglo de las masas. Norbert Elias, el sociólogo judío-alemán identificó el auge de los deportes como el resultado de las transformaciones de la agresividad ligadas al proceso civilizatorio en Europa y, gracias al colonialismo, el mundo entero. El sujeto moderno es un sujeto progresivamente civilizado; los sujetos hemos aprendido a controlar la agresividad gracias al poder coactivo del Estado y al control de nuestros impulsos más salvajes. Las modernas democracias han construido, gracias al poder de las disciplinas, un sujeto dócil que ha aprendido a dominar sus impulsos, su violencia. Para Elias ‘la agresividad se ha transformado, refinado, civilizado, como todas las demás formas de placer y únicamente se manifiesta algo de su fuerza inmediata e irreprimible bien sea en los sueños bien en explosiones aisladas que solemos tratar como manifestaciones patológicas’.[4] Elias detecta un paso del placer sangriento de la guerra medieval (cuerpo a cuerpo) junto con los espectáculos públicos, a los deportes y los espectáculos deportivos modernos, una transformación de la estructura misma de la sensibilidad social en Occidente. Ya no nos deleita el espectáculo sangriento de las ejecuciones públicas, de la caza, el saqueo, la rapiña, el retumbar inhumano de la guerra. La agresividad que se manifestaba en esos espacios desaparece o mejor se desplaza. Mientras que las costumbres violentas o desagradables desaparecen y las pasiones dejan de saciarse con brutalidad, surgen los deportes y la industria del espectáculo para llenar el vacío resultante.
Así, el hombre del mundo civilizado que no puede dar rienda suelta a su sentimiento de placer en la guerra, la combatividad y la agresividad ahora encuentra una manifestación socialmente aceptada en la competencia deportiva, en la contemplación de los combates de boxeo, de los encuentros futbolísticos, de los abiertos de golf, de las válidas de la F1; en la identificación ilusoria, en suma, con unos pocos elegidos a quienes se les permite un ámbito moderado y estrictamente regulado para descargar tales emociones. El sujeto moderno y posmoderno encuentra en los deportes el espacio propicio en el cual descargar su agresividad.[5] A través del espectáculo deportivo nos comportamos como el hombre de guerra de la antigüedad nos convertimos en seres víctimas de un gregarismo inútil, alrededor de comunidades ilusorias, imaginarias, de hinchas de equipos que poco a poco, remplazan las viejas lealtades políticas, de los movimientos sociales a los partidos políticos y los sindicatos. El deporte se ha convertido en una gigantesca industria, afín a la ideología dominante, y ‘lo deportivo’ se opaca ante la realidad del doping químico y según se ve en el horizonte, genético.

Y es que detrás de toda la retórica vacía del ‘espíritu deportivo’, de la ‘unión de los pueblos’ a través del fuego deportivo, anidan sentimientos e impulsos no tan puros. Miremos los juegos olímpicos. El mundo entero se paraliza durante dos semanas. El calendario deportivo es tan apretado que los amantes del deporte pueden, a través de los múltiples canales deportivos en oferta, vivir todo el año cebados con torneos, válidas, abiertos, copas, rallies, master series, champions leagues, y un largísimo etcétera; todo ello sin salir de casa. Cada cuatro años sin embargo, el calendario se ve iluminado por las olimpiadas que, junto con la copa mundial de fútbol, es el máximo certamen en términos de afluencia, ingresos y telespectadores. Según cifras de Brad Humphreys de la revista Foreign Policy, el Comité Olímpico Internacional (COI), -una gigantesca herramienta comercial para grandes multinacionales y multimillonarios promotores como Coca Cola, ADIDAS y McDonald’s, acusada de autoritarismo interno y corrupción- ganó alrededor de 4.200 millones de dólares en los Juegos de 2002 y de 2004. La mayoría de esos ingresos procedía de los acuerdos de transmisión y de los patrocinios empresariales, lo que convierte al COI en la organización deportiva más rica del planeta.[6]
Hay un mito de hermandad universal asociado a los juegos olímpicos. No obstante, a pesar que nacieron para promover la hermandad, han sido utilizados para encubrir violaciones, apenas impulsan cambios políticos y, como lo demostraron los recientemente finalizados olímpicos de Pekín, confieren legitimidad a regímenes non sanctos.
En un reciente artículo John Hoberman lo expresó en mejores términos: Convertido en rehén de su grandioso objetivo de abrazar a toda la “familia humana”, el COI ha claudicado en repetidas ocasiones y ha adjudicado su organización a Estados policiales decididos a montar festivales espectaculares para reforzar su autoridad. El ejemplo más conocido son los Juegos de Berlín de 1936, promovidos por una red de agentes nazis que operó dentro y fuera del COI.[7] Vale también la pena recordar lo acontecido en los olímpicos de 1968 realizados en México, entonces un régimen ‘iliberal’ de partido único, cuyo principal objetivo no era la democracia sino la estabilidad,[8] y que cerraba violentamente los espacios políticos a otras fuerzas. Semanas antes de la inauguración el corrupto régimen de Gustavo Díaz Ordaz enfrentaba fuertes manifestaciones por parte de grupos sociales, predominantemente estudiantiles. El gobierno del PRI, una revolución institucionalizada que desconfiaba de las revoluciones, estaba preocupado por la efervescencia estudiantil porque no se quería ningún incidente en unas olimpiadas que serían instrumentalizadas, manipuladas para mostrar una cara moderna, próspera y desarrollada de México. Por su parte, los estudiantes pretendían utilizar las olimpiadas para mostrar al mundo la realidad política de México, sus presos políticos y sus represiones cotidianas. Se concentraron en la plaza de las Tres Culturas, identificado por los estudiantes por su nombre azteca, Tlatelolco. Allí, ingresaron las fuerzas policiales el 2 de octubre con tal brutalidad que los saldos más optimistas hablan de 300 muertos. Los juegos se llevaron a cabo. El Comité Olímpico Internacional no dijo nada, ninguna sanción recayó sobre Díaz Ordaz por su accionar en Tlatelolco.
Ello muestra dos cosas. Por un lado, que a pesar de los reclamos en contra, las olimpiadas sí son políticas. La política es la esencia de los certámenes olímpicos. Como recuerda el mismo Hoberman, los soviéticos boicotearon los de 1984 (Los Ángeles) como represalia contra la Administración de Jimmy Carter, que había hecho lo mismo en los de Moscú, en 1980. Las tensiones y confrontaciones propias de la arena política se desplazan a las arenas deportivas. Por otro lado, demuestra el verdadero rostro del COI, la mayor y más poderosa transnacional deportiva. El COI no ha tenido problema, a pesar de su retórica prodemocrática y pro derechos humanos, en llevar a cabo sus certámenes en cruentas dictaduras como Alemania en 1936 y Moscú en 1980. Lo mismo puede decirse de Beijing 2008. Nada hizo el COI por obligar al régimen comunista a mejorar sus cifras en materia de derechos humanos; cierto es que el COI no es un organismo judicial ni policial, pero es un organismo legitimo a ojos del mundo que algo pudo hacer por los presos políticos y las minorías nacionales chinas. Ello porque, continuando con Hoberman, lo que promueven el COI y los olímpicos es un universalismo amoral, en el que todos los países tienen derecho a participar sin importar la brutalidad de sus gobernantes; sólo ofrecen un espectáculo deportivo altamente comercial de proporciones mundiales. Para este autor ‘la diplomacia olímpica siempre ha tenido una doble moral que explota el apego sentimental al espíritu de los Juegos. A falta de valores de referencia, la pompa y el esplendor reemplazan la verdadera preocupación por los derechos humanos’. Desde hace tiempo, esta mezcla de grandiosidad e ignorancia de la realidad ha caracterizado la actitud de perruna complacencia del COI hacia los países organizadores. Los únicos cambios que estos megacertámenes logran son puramente urbanísticos, arquitectónicos, estéticos. Solo hay que preguntarle a los pekineses a quienes se les ha pedido abandonar la milenaria tradición de escupir en las calles, se ha expulsado a los mendigos, se ha encarcelado de forma preventiva a más de 50 disidentes y se pretende mostrar la cara impoluta del desarrollo chino ocultando sus aspectos vergonzantes. No podemos olvidar la sangrienta política china hacia sus minorías nacionales de las cuales los casos de los tibetanos y los uigures son los más dramáticos ejemplos; a la brutalidad china en Tíbet y la región autónoma Uigur de Xinjiang, hay que sumarle los acuerdos energéticos que ha firmado el gobierno chino con el régimen genocida de Omar Hasan Ahmad al-Bashir en Sudán y la cruenta junta militar de Myanmar (antigua Birmania), además de otras formas de represión interna a sus disidentes políticos. El COI prefirió mirar para otro lado dado el gran peso e influencia internacional del gigante asiático, algo que hicieron de paso los medios que en su gran mayoría cubrieron las olimpiadas con el foco puesto en el esplendor del desarrollo chino o en los aspectos pintorescos, exóticos y hasta grotescos de la cultura china. El COI y los medios decidieron jugársela toda por China, poco o nada dijeron de sus abusos, y se desaprovecho esta oportunidad histórica en que los reflectores estaban todos sobre China para tratar de transformar la situación.

No asisto al gimnasio en la mañana. Mi pequeña barriga no encontrará en mí obstáculo alguno para crecer a su antojo. No tengo televisor para contemplar las olimpiadas ni ningún espectáculo deportivo. No practico el fútbol, la tabla hawaiana, la esgrima, el wii fit, o los mal llamados ‘deportes extremos’. Desconfío de todos los regímenes, políticos y dieteticos. No le hago barra ni a millos, ni al barça ni a Boca, ni al Ajax. No comulgo con el aforismo ‘mente sana en cuerpo sano’. Considero el creciente culto por el cuerpo sano como una enfermiza obsesión que no evidencia precisamente una ‘mente sana’. Además, ¿Quién ha dicho que una mente completamente sana sea un ideal deseable? Considero a los deportes sexistas y poco favorables al desenvolvimiento del espíritu, la sensibilidad y la imaginación. Considero a los ídolos del deporte, tigres de papel, héroes de simulacro que han venido a remplazar a los dioses, los padres fundadores y los libertadores de naciones. Se que la sensibilidad contemporánea está tan ligada al ‘espíritu deportivo’ que estas líneas pueden causar escozor. Pero tenía que decirlo. Las olimpiadas de Pekín evidenciaron lo irreflexivo a lo que el frenesí deportivo puede llevar a los sujetos. Desafortunadamente son legiones las que se oponen a mi humilde opinión. No espero cambiar el mundo. Pero, una vez más, tenía que decirlo.
Notas
[1] Citado en DEBORD, Guy. La sociedad del espectáculo. Gallimard/Pre-Textos. Valencia, 2005. P., 9.
[2] Ibid. P., 12.
[3] Acá utilizo la noción de habitus de Pierre Bourdieu para referirse a las reglas de comportamiento que estructuran un determinado campo en el que se divide la vida social. Ver: BOURDIEU, Pierre. La distinción
[4] ELIAS, Norbert. El proceso de la civilización. Fondo de Cultura Económica. México, 1989. P., 231.
[5] Ibid. P., 241.
[6] En: http://www.fp-es.org/en-cifras-anillos-de-oro. Página visitada el 25 de agosto de 2008.
[7] En: http://www.fp-es.org/depende-juegos-olimpicos. Página visitada el 23 de agosto de 2008.
[8] KURLANSKY, Mark. 1968. Ediciones Destino. Barcelona, 2004. P., 419.

domingo, 17 de agosto de 2008

URIBE Y LA CORTE PENAL INTERNACIONAL.

Desde su creación en Julio de 1998, la Corte Penal Internacional (CPI) ha mostrado tener dientes afilados en el juzgamiento de responsables de genocidios, crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad. La reciente captura de Radovan Karadžić, político serbo-bosnio durante el genocidio orquestado por el grupo serbio contra sus vecinos croatas y bosníacos, y su pronta puesta en un proceso judicial, demuestra la operatividad que este instrumento del derecho internacional tiene para que los culpables de derramar sangre al interior de sus países no se salgan con la suya, amparados por sus legislaciones nacionales.
Colombia como firmante del tratado de Roma, que da origen a la CPI, suscribió al acuerdo que le otorga competencia a la corte para juzgar los crímenes cometidos después de julio de 2002, fecha de su firma por parte de la mayoría de naciones democráticas con excepción de los Estados Unidos. A pesar de que, con argumentos basados en la necesidad de abrir un paréntesis hasta el 2009 para negociar posibles acuerdos de paz, Colombia pidió una salvaguarda de siete años, los crímenes cometidos por la guerrilla, paramilitares y miembros de la fuerza pública, serán juzgados con retroactividad tan pronto venza la prórroga el próximo año.
Ello no es de poca trascendencia. Para Colombia ello implica que ahora un nuevo agente penal entrará a complementar el orden jurídico interno para que la impunidad no sea la moneda corriente a la que estamos acostumbrados los colombianos.
Frente a los paramilitares y el proceso de paz adelantado por el gobierno Uribe, la corte tiene pleno poder para juzgar no sólo a los jefes paras, sino también a los políticos que construyeron junto a ellos, una horrenda estructura de votos, sangre y balas, que apalancó ese proyecto político que los colombianos padecemos hace ya más de seis años: el uribismo.
Eso es lo que se entiende del reciente comunicado que la CPI ha mandado al gobierno colombiano y que ha causado una conmoción en el mismo, empeñado en que la ‘parapolítica’ sea enterrada, lo cual se evidencia en la virulencia con que la confabulación del ejecutivo y algunos miembros del legislativo atacan a la Corte Suprema de Justicia.
Ello implica que la impunidad que ya se tiene asegurada aquí, no podrá ser sostenida allá, una vez prescriba la salvaguarda. Es una verdad maciza como una catedral que el proceso de paz con los grupos paramilitares estuvo viciado desde un principio; se trató de un proceso anómalo donde la desmovilización precedió a una negociación bajo la mesa, cuyos contenidos siguen siendo un misterio para los colombianos. Un proceso cuyo marco legal, la ley 975 de 2005 resultó un fiasco a la hora de asegurar a las víctimas verdad, justicia y reparación. Un proceso donde las víctimas, han estado ausentes, sus organizaciones han sido estigmatizadas desde el gobierno, y en que la normatividad que lo reglamenta ha sido elaborada por un congreso infectado por su alianza con los victimarios.
En un momento tan delicado como el que atraviesa Colombia, donde el ejecutivo ataca a la corte que tiene por función juzgar a los políticos aliados con los criminales, la nota de la CPI es una buena noticia. La CPI quiere saber que grado de culpabilidad les cabe a los políticos investigados por la corte Suprema de Justicia. Lo anterior evidencia la forma como la CPI se enfoca en los grandes responsables de los crímenes más que en los combatientes, quienes seguirán amparados por la Ley 975. Se trata de un tratamiento similar al que la corte ha aplicado en los casos de Sudan y la ex-Yugoslavia. La solicitud fue hecha por el fiscal Luís Moreno Ocampo quien visitará la próxima semana el país, una visita no grata para el gobierno que sin embargo, tendrá que ‘tragarse el sapo’. Uribe y su gobierno que se mostraron tan respetuosos de la legalidad internacional con el peritaje técnico que Interpol realizó a los computadores de Raúl Reyes tiene que hacer lo propio con la CPI. No obstante, colaborar con el tribunal penal internacional es una apuesta que dudo esté dispuesto a hacer de forma sincera este gobierno. Hacerlo, sería incurrir en una contradicción con su actuar interno, algo que me temo, no ofrece mucho consuelo a las víctimas. No obstante, el anuncio de que la CPI está pendiente de lo que sucede en Colombia es un aviso esperanzador.

domingo, 20 de julio de 2008

NACIONALISMO

Faltan dos años para el bicentenario de la independencia, ese proceso que nos constituyó en Repúbliqueta bananera de poco brillo. Veinticuatro meses en los que los colombianos tendremos que acostumbrarnos al carnavalesco y embriagador espíritu nacionalista que se nos viene.
No hay nada incorrecto o injusto en celebrar las grandes fechas. No obstante, en honor a la esquiva verdad, hay que decir que las historias patrias, escritas como baladas épicas suelen sobredimensionar el papel de dichas fechas, los héroes y ‘grandes hombres’, en detrimento de los procesos de larga duración y sus verdaderos protagonistas: los sujetos subalternos, la gente común, no aquilatada, quien en efecto hace la historia.
A ello hay que agregarle que el nacionalismo como expresión política de las comunidades imaginadas nacionales, suele ser un instrumento ideológico que puede ser hábilmente instrumentado por el poder para reforzar mandatos u obtener legitimidades que de otro modo serían elusivas. Por ello, con los nacionalismos es mejor andarse con cuidado, y ser crítico con ellos ya que irresponsablemente manejados acentúan los efectos perversos del poder y la ilusión de pertenecer a una comunidad cerrada en la cual los ‘otros’ son fulminantemente rechazados.
No intento rechazar la existencia de algo particular, diferenciado y específico; ese algo que llamamos Colombia. Ello es objeto de debate en las ciencias sociales. Quiero llamar la atención sobre la necesidad de no llevar el actual sentimiento nacionalista más allá de lo tolerable. Contemplo con horror la explosión abigarrada del tricolor ubicuo en rostros, prendas, paredes, en la pantalla de la tele, la prensa, la radio; hasta la nausea. Lo acepto, la nación, como decía Renan es un plebiscito diario que se renueva en la cotidianidad, en el día a día. No obstante siento que hay que abrir los ojos, más aún cuando vivimos tiempos de dictadura blanda (si se me permite la expresión) en los que para muchos, a un nivel simbólico, el gobernante es la nación, representa su unidad. En momentos en que nuestros gobernantes vecinos también atizan los fuegos de artificio del nacionalismo ramplón, es necesario mantener el ojo pelao para que la ilusión no nos haga perder de perspectiva los problemas del colectivo colombiano, esos problemas que son deudas históricas y que no dan espera, entre ellos por cierto, la derrota de los grupos armados ilegales.
Saldré a marchar el 20 de Julio; comparto el sentido general de la convocatoria, cual es, mandar un mensaje a la selva para presionar la liberación de todos los secuestrados. Pero ya me imagino la embriaguez colectiva de la cual tratará de obtener algún lucro el gobierno. Este es apenas un abrebocas del pandemonium nacionalista que se asoma con las celebraciones del bicentenario. El gobierno, no faltaba más, va a manipular políticamente los eventos celebratorios de los 200 años, los homenajes; la memoria heroica que se nos impone, una vez mas servirá para recubrir la verdadera memoria, la traumática, la de los vencidos; aquella que no aparece en los textos de historia o si lo hace, ocupa un pequeña nota al margen. Este 20 de julio prácticamente inicia el bicentenario; ya el gobierno nombró una comisión de ‘notables’, liderada por expresidentes y académicos, encargada de organizar los festejos. El gran concierto a celebrarse en centenares de municipios de nuestra irregular geografía es apenas el comienzo. Un intenso cronograma nos espera hacia el bicentanario. La memoria heroica se impondrá sobre el trauma colectivo que pacecemos hoy hace 198 años.
El nacionalismo es un fenómeno puramente social; las naciones no existen en la naturaleza, son ficciones, artificios que, no obstante, pueden desarrollar afectos y emociones que pocos fenómenos pueden generar. Por ello es mejor ser crítico ante ellos; y estar atento a sus efectos negativos. Mal manejado el nacionalismo no crea sino desgracias. No quiero ser alarmista y decir que acá vamos a terminar como en el Tercer Reich, no obstante el nacionalismo romanticoide, ramplón y heroico que se nos viene es algo que, mal manejado, puede resultar muy nocivo.

sábado, 21 de junio de 2008

MI ENCUENTRO EN LA HABANA CON RAUL REYES: VIAJE AL INTERIOR DE UNA DESILUSIÓN CON LA REVOLUCION LATINOAMERICANA.

I. Llevaba ya dos meses en la Habana a donde había llegado a principios de junio, procedente de Costa Rica. En ese tiempo había alcanzado en tren, y por unos pocos pesos cubanos, la costa oriental de la isla; en Santiago de Cuba había bailado tres noches seguidas hasta el amanecer, naufragando en una cálida niebla purpúrea; había recorrido el lomo isleño de regreso al oeste en un Lada destartalado; había liado porros con tabaco en el malecón de Cienfuegos; y había alucinado en el Valle de Viñales en Pinar del Río, victima de la visión de cien ‘mogotes’ gigantescos que con inmensas porras, venían a aplastarme. Aunque había recorrido la isla de cabo a rabo, de alguna manera mi espíritu gravitaba en torno a la Habana, donde permanecí todo el último mes.
La Habana ejercía sobre mí un embrujo explicable. Había llegado a la isla con el firme propósito de, no solo conocer los restos de la revolución, sino para terminar un puñado de cuentos ‘mochos’, escritos dispersos que nunca había podido terminar, por diversos bloqueos creativos. En el ambiente de los cafés de la vieja Habana había encontrado, bajo el impulso de torrentes de ron, la inspiración y la transpiración para terminar mis engendros creativos.
Mis días en la habana solían parecerse entre sí. Me levantaba con resaca, me daba un baño, comía algo y me despedía de Jorge, el casero. Afectado por el sol canicular del caribe, salía al malecón para perderme en los callejones y vericuetos urbanos de la ciudad. Había caminado la ciudad, desde Miramar a Jacobino, de Altahabana a la Habana Vieja. Había encontrado verdadera joyas literarias en los pulgueros de la ciudad; esquivado jineteras y cazadores en busca de mis pocos dólares; entablado interminables discusiones sobre los vicios y virtudes de la revolución; fotografiado la arquitectura burocrática del Vedado y los palacetes de Miramar; contemplado el huracanado atardecer de los balseros en las Playas del Este; e intoxicado con la sospechosa materia prima de los restaurantes del maloliente ‘barrio chino’. La cercanía de la isla a Jamaica, sumada al gran mercado negro que se mueve en la penumbra habanera, me había asegurado una variopinta embriaguez que me llevaba dando tumbos de las viejas librerías a los bares y cafés de la vetusta ciudad.
Jorge, el casero, alimentaba mi consumo conspicuo de alcohol. Tenía una garrafa de ron con el cual empujaba el desayuno, el almuerzo y la cena. Era un excelente anfitrión. Muy de mañana solía despertarme con un vasito verde medio vacío, medio lleno con ron; se sentaba en la cama, extendiendo su mano con una pepita roja de acetaminofén o una verde de ibuprofeno. Tenía una bella casa de hospedaje donde por unos pocos ‘convertibles’ podía contemplar aquellos atardeceres habaneros que chiflaron a Hemingway. El licenciado Jorge Enrique Castellanos Núñez, historiador de arte, promotor y consultor de turismo cultural, me había ofrecido una plataforma inestimable para acercarme a la ciudad. Su conocimiento erudito de todas las facetas de la vida cultural cubana me dejaba asombrado. Sabía qué casas albergaban qué obras; qué arquitecto había diseñado o remodelado esa sobria casa francesa en la Calzada de Infanta. Sabía de santería, de rezos a Yemayá, Shangó y Agayú; sabía qué viejos músicos cubanos seguían vivos y donde vivían; donde conseguir esa vieja edición de Nacional Geographic de 1919 y cómo evitar las largas filas en la heladería Copelia.
En Cuba había pasado por una experiencia catártica, similar a la experimentada por André Gide, cuando en 1936 tras ser invitado por Stalin para visitar la Unión Soviética y exaltar las bondades de la revolución, había, por el contrario, publicado un texto en el que, si bien reconocía los innegables progresos realizados por los bolcheviques en varios campos (alfabetización, industrialización), acentuaba los aspectos negativos de esa experiencia, revelando el carácter totalizante del estalinismo. Eso mismo me había pasado en Cuba. Mi entusiasmo inicial con los avances hacia una mayor justicia distributiva, se ensombrecía por sus costos, en términos de derechos políticos básicos. Me chocaba el culto a la personalidad casi estalinista, manifiesto en la ubicua figura de Fidel, el Che y Camilo Cienfuegos en cada esquina, cada, muro, cada valla. En los campos y ciudades se exaltaba la revolución de forma acrítica. Todos los cubanos con quienes hablé, bajo la mirada sospechosa de la policía vigilante criticaban esa misma ausencia de libertades democráticas mínimas. Todos hablaban en voz baja, así fuera de la cosa más cotidiana. El tono bajo y la mirada al piso eran el común denominador de las conversaciones. Para algunos sus sentimientos eran encontrados: amaban a Fidel pero sabían que era necesario que algo cambiara, manteniendo la actitud de digna soberanía frente al hegemón del norte.
Yo también tenía sentimientos encontrados. Aunque crítico del embargo, las leyes de exilio y Torricelli, y en general, la política de los Estados Unidos hacia Cuba, me asombraba la manipulación informativa a la cual se sometía al pueblo cubano. Me parecía increíble que los únicos 6 computadores con acceso público a Internet en toda la isla se ubicaran de forma centralizada en el Capitolio Nacional. Me aterraba el jineteo cruel al que se sometían los cubanos ante los turistas gringos, que en nada cambiaban la situación reinante durante el régimen de Batista.
En Cuba me enteraba de los acontecimientos de Colombia acudiendo al capitolio dos veces por semana. El proceso de paz que adelantaba la administración Pastrana con las FARC ocupaba los mayores titulares en las páginas de todos los medios. Desde su posesión en agosto de 1998 y respaldado por un “Mandato ciudadano por la Paz”, el presidente Pastrana había, en un exceso de confianza y buena fe en la contraparte, iniciado diálogos de paz con el grupo subversivo entregando una generosa proporción del territorio nacional, la mal llamada ‘zona de distensión`.
Lo que mal empieza, mal continúa y mal termina. Desde su instalación oficial, la negociación mostró que la voluntad de las FARC de llegar a un acuerdo que llevara a su desmovilización era nula, y que utilizaban su presencia en la mesa para consolidar su avance estratégico en una guerra en dramática escalada. El proceso de paz representó para la sociedad colombiana un terrible precedente de cómo no se debe negociar en medio de las balas. En el momento de mi viaje a Cuba, este se encontraba suspendido por la sospecha del gobierno, posteriormente desmentida por los hechos, de que las FARC estaban involucradas en el atroz asesinato de la señora Elvia Cortés, víctima de un collar bomba el 15 de mayo, colocado en su cuello por negarse a pagar una extorsión. En la Habana me enteré de la reanudación de los diálogos, un par de semanas después del hecho, aprovechando un encuentro internacional sobre medio ambiente y cultivos ilícitos a realizarse el 29 y 30 de junio. La zona de distensión fue una jugada errónea del Estado colombiano que solo sirvió para que las FARC apalancaran su avance estratégico como lugar de retaguardia y refugio de secuestrados y bienes robados. Allí, las FARC habían montado una soberanía alternativa, un cogobierno en el que la ley del Estado de derecho se ponía entre comillas e imponía la casi totalitaria ley fariana. Así lo había comprobado en enero de 1999, cuando bajo la influencia de un primo que quería hacer trabajo de campo en el Caguán, lo acompañé, tan solo un par de días después del desplante de Tirofijo a Pastrana para comprobar lo descomunal de la zona y lo insólito de una verdadera republiqueta bananera bajo el control del secretariado. En el Caguán fui testigo de la estupidez cometida por el gobierno; todos los guerrilleros con los que pude hablar mostraban la poca circulación que tenía el discurso de la paz en el cuerpo armado. Había observado los laboratorios controlados por las FARC en los márgenes norte del río Lozada en el límite entre meta y Caquetá y convencido del carácter narcotraficante que lo alejaba de sus legítimos orígenes como autodefensa campesina.
Para mediados del 2000, ya era evidente que las FARC no tenían voluntad de negociación seria. Las FARC lograron que los colombianos desconfiaran peligrosamente de toda solución negociada, así fuera a costa de apostar muchas libertades democráticas reforzando el aparato coercitivo del Estado. Las audiencias públicas comenzaron en medio de la guerra. Para las FARC era como si no existiera negociación alguna. Las tomas de pueblos continuaban. El ejército estaba cercado por un verdadero ejército irregular que podía reunir 1.200 hombres para atacar y destruir bases fortificadas y hasta capitales departamentales. El secuestro estaba desbordado. Y el ejército apenas comenzaba a retomar el control estratégico de la guerra con el reforzamiento de la estrategia de guerra aérea (con el temido avión fantasma y los helicópteros arpía) y la acción conjunta y coordinada de todas las fuerzas armadas. Este era el panorama del conflicto armado que yo observaba en mis esporádicas visitas al capitolio y su acceso controlado a la red.

II. Ese día había salido a recorrer la habana. La mañana la pasé en Guanabacoa tomando algunas fotos de su vieja arquitectura colonial; sus cuatro cementerios curtidos por el salado aire caribe; sus antiguas mansiones y ermitas; su sincrética mezcla de cultos africanos yorubas y bantúes; sus santeros, babalaos de blanco inmaculado danzando con los ojos en blanco sintiendo en la carne la tensión del legado colonial. Muy a las cinco, me fui a por un trago a la Habana Vieja, concretamente al café París, donde Aurelio, el barman de turno se había convertido en un cercano amigo y confidente en mis tardes habaneras.
Al pasar por la ‘Plaza Vieja’, el antiguo centro de la ciudad caminé, como un personaje del spleen baudeleriano, por entre una jungla de escombros producto de la fiebre restauradora de la ‘vieja Habana’. Frente a la Lonja del Comercio, se hallaba una orquesta de las innumerables que por unos pocos dólares, entretienen a los turistas con sones, danzones, y guarachas. De repente me fijé en un grupo de personas que observaba la orquesta, aplaudiendo al compás de la música. Me sorprendió descubrir que eran Raúl Reyes, conocido jefe de las FARC, junto con su esposa Gloria Marín, hija de ‘Tirofijo’ y Marcos Calarcá, entonces vocero de las FARC en México y miembro del llamado ‘comité temático’ durante la negociación con Pastrana. Me les acerqué. Tan pronto notaron mi presencia se dirigieron hacia mi; Reyes me recibió con una mirada fría que me congeló todo. Le saludé dirigiéndome a él como ‘comandante’, seguro de que ese era el título que él creía merecer.
-¿Usted quien es? –Preguntó con recelo.
-Comandante Reyes –respondí- permítame presentarme: soy un estudiante colombiano de viaje por Cuba, he estado en el Caguán y me interesa el proceso de paz que adelantan ustedes con la sociedad colombiana en cabeza de su gobierno.
Me temblaba todo. Estaba aterrado con la presencia de este ser petizo e insignificante. Ante mi se encontraba este pequeñajo genocida, criminal de guerra y narcotraficante. Su pequeña presencia discrepaba con el terror que me producía. Parecía un personaje salido de, ‘Cristo en la cruz’ del Bosco, aunque sus ojos, inyectados de plasma, eran mas rojos que la paleta de ‘Carpaccio’. Largas y puntiagudas orejas asomaban entre sus pelos, tiesos como las púas de un erizo y le cubrían unas barbas tan enmarañadas como las matas de espino. Parecía un enano de ‘Risas y Salsa’, con esas piernas tan cortas y esos brazos tan largos como las aspas de un viejo molino, los cuales comenzó a agitar mientras respondía:
-Amigo. Es mucho lo que la sociedad colombiana tiene que soltar para que las FARC-EP dejen las armas. Colombia y todo el continente, la ‘patria grande’ de Bolívar, Juárez, Martí, y el ‘Che’, viven una situación de revolución inminente. En pocos años las FARC-EP tomarán el poder y las burguesías colombianas caerán ante el acoso de las masas. -Todo un discurso trasnochado que me hizo desconfiar de la estatura intelectual de mi interlocutor.
-Comandante Reyes –Respondí-. La sociedad colombiana está esperando un gesto de buena voluntad de su parte, ya entregamos -me arrogue la potestad de hablar por el pueblo colombiano- una buena porción de nuestro territorio para iniciar diálogos, la agenda avanza muy lentamente y una tregua es lo menos que podrían declarar para dar fin al conflicto. De ustedes depende que el péndulo no gire de la paz hacia la guerra, lo cual supondría el advenimiento de gobiernos fuertes y el fin de la democracia. ¡Ojo! que la opinión pública no siempre se va a inclinar hacia la negociación, lo que están perdiendo es un momento histórico.
Calarcá intervino –Eso que usted llama ‘nuestro territorio’ en realidad es nuestro territorio. Así ha sido desde el inicio de las FARC, y eso nadie lo puede negar. Por otro lado, autoritarismo ha habido siempre en Colombia, solo que disfrazado de una democracia de fachada. Una tregua significaría reconocer la derrota, no solo militar sino política de un grupo armado que lleva cuarenta años luchando por la toma del poder. -Era un sujeto enorme, lo cual contrastaba con la menudo Reyes y su esposa, un poco más alta que él y quien solo observaba, abanicándose los calores habaneros con un ejemplar de ‘Granma’.
-¿Que hace usted en la Habana? –preguntó Reyes.
-Estudiando –mentí, convencido de que esta respuesta me aseguraría menos agravios que mi condición nomádica de destierro voluntario.
-Y como le ha parecido la experiencia de la revolución.
-Interesante -respondí, tratando que mis palabras sonaran lo más neutras posibles, y que no delataran mi frustración con la Revolución Cubana. Al fin y al cabo, el tipo era un asesino secuestrador, y este era su territorio.
La conversación duró poco, una lujosa limusina negra arribó a la ‘plaza Vieja’ de la cual se bajaron dos sujetos, uno de los cuales, exhibiendo un descomunal bigote, les hizo una seña.
-Señor Bonilla-Dijo Reyes en un castellano de cuartel-, disfrute su estadía en Cuba. Un país donde la revolución logró su cometido en pos de una sociedad justa y con iguales oportunidades para todos.
Calarcá se subió primero, luego Marín. Reyes, antes de desaparecer entre el destello polarizado de la limusina agregó. -Siempre es bueno que los colombianos vengan a Cuba a contemplar el futuro latinoamericano. –El aire impregnaba la tarde con su aliento de sal marina. -Que vean que extraordinarios progresos se pueden lograr cuando la revolución llega a buen término. Es el futuro que le espera a Colombia en unos pocos años. 200 años de autoritarismo habrán llegado a su fin.
Se despidió con un ademán de político tradicional colombiano, exhibiendo una sonrisa caníbal, que me descuajó el ánimo y me recordó mi cita incumplida con Aurelio. Tenía unos cuentos que terminar. Ya era de noche, mientras la limusina se perdía entre los laberintos de caracola de la Vieja Habana, yo continué mi camino, en medio del azulado resplandor de miles de televisores encendidos a esa hora, todos sincronizados viendo la misma producción soviética. Terminé la noche ligando con una linda e inteligente italiana que me hizo olvidar la experiencia de esa tarde, de esas semanas: mi encuentro con Reyes y mi desencuentro con la revolución latinoamericana.

jueves, 8 de mayo de 2008

MAYO DE 1968. LA REVOLUCION QUE JAMAS TUVO LUGAR.

“Cuanto más lejana está la revolución mas seductora es”. Anónimo.
“Un hombre no es nada si no cuestiona”. Sartre.
“Toda visión de las cosas que no es extraña es falsa”. Valery. Galería de Letras. Sorbona.

Un viejo dicho popular francés afirma que cuando París tiene fiebre, tiembla Francia entera. La ciudad se ubica en el centro simbólico y político de la nación. Al igual que sucede en Colombia, todo lo que sucede en la capital francesa repercute en sus provincias metropolitanas y de ultramar. Durante el mes de mayo, y la primera quincena de junio del año 1968, Francia entera tembló, conmocionada por los vertiginosos acontecimientos que, desatados por una rebelión estudiantil, se extendieron como reguero de pólvora.
Una revuelta que comenzó en Nanterre, terminaría paralizando toda Francia. El régimen político más orgulloso y seguro de sí mismo de Europa se vio empujado hasta el borde del derrumbe.[1] Comenzó los primeros días de mayo; a mediados del mes ya se habían unido los obreros, sujetos revolucionarios por antonomasia, según el marxismo ortodoxo. Hacia finales de mes los franceses creían que vivían una nueva revolución; sin embargo, a finales del mes de junio se habían disuelto los últimos conatos revolucionarios tan rápido como habían surgido. ¿Que sucedió? ¿Por qué una revuelta estudiantil se transformó en una revolución fallida? ¿Porqué fracasó? ¿Realmente fracasó?
Francia vivía en 1968 los últimos años del largo régimen de Charles de Gaulle, bajo cuyo férreo dominio los franceses habían perdido violentamente sus colonias de ultramar (la descolonización francesa fue, de lejos, la más sangrienta; solo hay que recordar lo sucedido en Indochina y Argelia); pero vivían el periodo de mayor expansión y prosperidad económica, lo que en Francia se conoció como los trente glorieuses años (1945-1975). Desde 1958 cuando una profunda crisis política, un quasi-coupetat militar, motivó su regreso al poder tras una ausencia de más de 10 años, de Gaulle fue acumulando progresivo poder, haciendo de su ‘Quinta República’ un régimen que aun hoy hace de Francia una democracia cuyo jefe goza de unos poderes no vistos en otro régimen que se autodenomine con esa etiqueta. Según Kurlansky ‘pocos monarcas modernos y ningún jefe de Estado democrático han disfrutado del grado de poder absoluto que de Gaulle garantizó por Constitución al presidente de la Quinta República, que en 1968 era él mismo’.[2]
La revuelta violenta forma parte de la cultura francesa. Revoluciones burguesas y proletarias han ocurrido históricamente en las calles de París. Tres hitos importantes, previos a mayo de 1968, merecen mención. Por un lado la revolución de 1789 revolución burguesa arquetípica, modelo para la descolonización de las colonias hispanoamericanas, que comenzó con la toma de la Bastilla, fortaleza que protegía el costado oriental de la ciudad de París, posteriormente convertida en prisión estatal. Luego, la reacción en la forma de un bonapartismo exacerbado, cuyos tentáculos llegaron hasta Louis-Napoleón Bonaparte, Napoleón III, primer presidente de la República y último monarca de Francia, quien remplaza al rey Luís Felipe tras la crisis de la Revolución de Febrero de 1848, inaugurando el periodo conocido como la Segunda República. Ya en 1830, tras el intento de Carlos X de limitar la libertad de prensa, recortar el tamaño del censo electoral y disolver la cámara baja, los parisinos se habían rebelado contra la monarquía durante los ‘Tres días gloriosos” en julio de ese año. Como resultado, la ‘Monarquía de Julio” de Luís Felipe de Francia implanta un régimen más liberal que no impide que un germen de movilización proletaria y gran descontento de la pequeña burguesía, lleve al levantamiento entre el 23 y el 25 de julio de 1848, saldado con la muerte de miles de parisienses, dando así fin a los experimentos de democracia directa, autogestión y justicia distributiva iniciados ese febrero. Se aplastó el momento revolucionario y poco después se disolvió la Asamblea Nacional para crear, ya no la Segunda República, sino el Segundo Imperio. El abandono de las masas trabajadoras por parte de la pequeña burguesía sirvió a Marx para explicar en el Dieciocho Brumario de Luís Bonaparte su teoría de la lucha de clases como motor de la historia. Asimismo, la Revolución de 1848 motivó la renovación urbanística de París realizada por el barón Haussmann y el surgimiento de los grandes bulevares, donde difícilmente se podían hacer barricadas, modelo urbano que no llegó al barrio latino con su casco antiguo, y donde el adoquín no había sido remplazado por el asfalto. Se trataba de reformar París creando inmensos bulevares, ‘corredores anchos y largos por los que las tropas y la artillería podían desplazarse efectivamente contra las futuras barricadas e insurrecciones populares’.[3]
Finalmente, una tercera revolución previa a 1968, la ‘Comuna de París’, el breve gobierno popular que controló París del 18 de Marzo al 28 de Mayo de 1871, cuyo sangriento desenlace (las estimaciones de muertos varían entre 30 mil y 50 mil, como resultado de la sangrienta retoma de París desde Versalles) no evita que se asemeje más a los acontecimientos de mayo y junio de 1968 (comparado con las revoluciones de 1789 y de 1848) dado su marcado carácter anarquista. En efecto, tal como en su momento lo señaló Bakunin, la comuna de 1871 no dependió de una vanguardia, no intentó tomar el poder al Estado y tuvo una notable cooperación horizontal, no-jerárquica, entre los diferentes bandos revolucionarios. En ello, sentó un precedente más cercano, no solo en el tiempo, sino ideológicamente con ‘mayo del 68’.
Si, los franceses tienen una larga tradición de revoluciones, pero también de gobiernos Fuertes. Al rey Sol, Luís XIV, quien afirmaba, ‘El Estado soy yo’, y encarnaba el despotismo absolutista, primera forma del Estado moderno en Europa, hay que agregarle una larga lista de ‘hombres fuertes’, de la cual forman parte Napoleón, Daladier, de Gaulle, y, más recientemente Mitterrand, Chirac y Sarkozy. Con su ‘Quinta República’ de Gaulle había reclamado para si, con éxito, el monopolio de los medios de poder. En 1968, no existía en el mundo una democracia con un régimen presidencialista tan fuerte, en el cual de Gaulle era de facto, no solo jefe de Estado sino también de gobierno, además de atribuirse algunas facultades judiciales y legislativas cuando el fin así lo demandaba. Este centralismo del poder, montado en un fuerte presidencialismo explica porqué la huelga se extendió tan rápidamente, al punto de paralizar al país y crear tal vacío de poder que durante varios días los franceses vivieron una verdadera situación revolucionaria y una sensación tan generalizada de ausencia de autoridad, que por poco causa otro cambio de gobierno, régimen y sistema económico en el país galo.
La tradición centralista y centralizadora de la política francesa, acentuada durante el gaullismo con su desconfianza ante las instituciones intermedias de negociación política, llevó al casi colapso al sistema político francés, evocando en la memoria de sus citoyens el recuerdo de su larga tradición de luchas callejeras. La centralización caracteriza además al sistema universitario francés, que en 1968 (y aún hoy) gravitaba por un lado, alrededor de las monolíticas políticas del Ministre de l'Éducation nationale, el mayor empleador del país, y por otro lado alrededor de la vida cultural e intelectual de la Sorbona. Ello explica porqué la revuelta se propagó tan rapidamente a practicamente todas las instituciones académicas del país, tanto universidades como liceos.
De Gaulle había logrado poner fin a la sangrienta guerra de Argelia que había dejado en entredicho el liderazgo moral de Francia en todo el mundo, ya suficientemente afectado por el gobierno de Vichy, colaboracionista del III Reich y responsable de masivas deportaciones de judíos franceses y otros ‘indeseables’. Lo que fue la Guerra de Vietnam para el movimiento estudiantil norteamericano lo fue la Guerra de Argelia para el germen del movimiento estudiantil francés. Al igual que Vietnam sirvió para que la juventud norteamericana observara el verdadero rostro del destino manifiesto y la contradicción e hipocresía inherentes a los discursos liberadores y mesiánicos de los Estados Unidos -expresados con toda crudeza en la masacre de May Lai, el 16 de marzo de 1968, en la que fuerzas norteamericanas asesinaron entre 347 y 504 habitantes de los poblados de My Lai y My Khe, la mayoría de ellos mujeres y niños-, la guerra de Argelia había despertado las conciencias de los jóvenes franceses, menos embriagados por el triunfalismo de posguerra y el nivel de vida de la población que sus padres. Ellos eran concientes de lo mucho que el colonialismo francés en Argelia se parecía al fascismo, hecho por lo cual, además, la guerra de Argelia forjó en gran medida las luchas y teorías antiimperialistas, descolonizadoras y los movimientos de liberación nacional que proliferaron a lo largo de las décadas del cincuenta y sesenta por todo Francia y todo el Mundo.
La guerra de Argelia contribuyó a radicalizar a la juventud francesa.[4] Para el final de la guerra en 1962, los estudiantes de izquierda de distintas tendencias (anarquistas, anarcosindicalistas, leninistas, trotskistas y, crecientemente, castristas y maoístas) habían asumido el control de las agrupaciones estudiantiles universitarias. El fin de la guerra en el norte de Africa coincidió con un periodo de paz y estabilidad aparente; bajo la calma se gestaba un movimiento impulsado por el ejemplo de sus pares estudiantes en otras partes del mundo, desde Berkeley, hasta Tokio, Berlín y ciudad de México. Lo impulsaba además la descolonización junto con la lectura apocalíptica que Herbert Marcuse y otros pensadores de la escuela de Frankfurt hacían de la moderna sociedad de consumo.
Hay que decir que 1968 fue un año particularmente turbulento en todo el sistema-mundo. Al igual que 1914, 1917, 1929, 1945, 1972, 1989 y 2001, el 68 es un año que marca profundos cambios en el orden económico y político mundial. Enero comenzó con malas noticias venidas desde Vietnam, que tuvo en 1968 su peor año en víctimas, vietnamitas y norteamericanas. La opinión pública de los Estados Unidos pudo hacerse una idea de lo que realmente estaba aconteciendo en el sureste asiático cuando Walter Cronkite les transmitió en tono editorial sus impresiones de lo que había sido su experiencia reciente presenciando la sangrienta Ofensiva del Tet. La oposición a guerra de Vietnam fue el gran aglutinador de las marchas, tanto en los Estados Unidos como en el resto del mundo; tal como sucedió con la guerra de Irak y las marchas masivas que motivó alrededor del globo en febrero de 2003. La guerra fue el acicate, el detonante de las revueltas universitarias que desembocaron en la caótica convención demócrata de Chicago en agosto de ese año. El movimiento por los derechos civiles seguía consiguiendo victorias, pero los asesinatos de Martin Luther King el 4 de abril y de Robert Kennedy el 6 de junio, enrarecieron aún más el ambiente político del país en un año electoral agitado. Con su muerte, la no violencia predicada por King dio paso al discurso radicalizado de las Panteras Negras que sin embargo compartían con los partidarios de King, su rechazo a la guerra. En Nigeria la guerra de Biafra adquiría visos dantescos y atroces. Esta confrontación, que enfrentaba a los miembros de la etnia Igbo, contra otros grupos étnicos nacionales por el control político de la región de Biafra, rica en recursos petroleros y que convierte a Nigeria en potencia exportadora del hidrocarburo, comenzó cuando los Igbo proclamaron su independencia. Las masacres de los miembros de esta etnia, por parte de la etnia Hausa-Fulani, se sucedieron a lo largo de todo 1968. En Praga, las reformas que marcaron la ‘primavera de Praga’, se sucedían ante la mirada sospechosa de Moscú. Brezhnev y los gobiernos satélite de la Unión Soviética no permitirían que Dubček, el advenedizo y contradictorio líder de Checoslovaquia, se saliera con la suya en el propósito de sacar adelante su ‘socialismo con rostro humano’, que en plata blanca significaba el desmonte del férreo control del partido comunista sobre la vida social de los Checos y eslovacos. La primavera de Praga fue brutalmente aplastada con la entrada de los tanques del Pacto de Varsovia a través de cinco fronteras el 20 de agosto. Con ello, se iniciaba el fin del bloque soviético y de la guerra fría, que tomaría otros 20 años en suceder de forma definitiva. El germen estuvo en Praga. En México, las olimpiadas de Octubre estuvieron antecedidas por la masacre de Tlatelolco, en el que el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz ordenó disparar contra los estudiantes que se concentraban en la plaza de Tlatelolco o de las ‘tres Culturas’ el 2 de octubre. Los estimados más optimistas hablan de entre 200 y 300 muertos.
Lo que se etiqueta como ‘mayo del 68’ en París, ni se limita a mayo, ni al año 68 ni a París, sino que forma parte de complejos procesos sociales y geopolíticos que hicieron de los últimos años de la década del sesenta, años decisivos para la configuración del mundo del capitalismo tardío por el que atravesamos. Fue en 1968, cuando los estudiantes se rebelaron desde los Estados Unidos y México en Occidente, hasta Polonia, Checoslovaquia y Yugoslavia en el bloque socialista, estimulados en gran medida por la extraordinaria erupción de mayo en París.[5] Lo que cruzaba esta manifestación global de descontento fue una enorme insatisfacción por el poder en todas sus manifestaciones. Donde había comunismo la gente se rebeló contra el comunismo, donde había capitalismo se rebeló contra este. En Estados Unidos, los estudiantes criticaban la guerra y el involucramiento de las universidades en la investigación y desarrollo de armas y tecnologías de guerra como el Napalm. En México se protestó contra el cierre de los espacios democráticos por parte del monopartido nacional, el PRI que había sellado todas las puertas para el surgimiento de segundas y terceras fuerzas que cuestionaran su hegemonía. En Berlín, se protestaba por la resistencia del nazismo a desaparecer de la vida política alemana y su persistencia en medios de comunicación, empresariales y académicos. La guerra también fue el gran aglutinante en la capital alemana, donde las protestas señalaron el camino que tomarían las manifestaciones en la capital francesa. En este contexto planetario de luchas sociales surgidas y recreadas en las universidades, lo que caracteriza al 68 francés fue el grado de generalidad que tomó la huelga, ‘mientras en Alemania, los Estados Unidos u Holanda, el activismo estudiantil siempre involucró una minoría de estudiantes, era casi imposible en mayo y junio del 68 encontrar un estudiante francés que estuviera contra le mouvement[6]
La revuelta se explica si tenemos en cuenta el aumento considerable en el acceso a la educación superior en Francia. En 1968 la universidad francesa ofrecía oportunidades de acceso sin par en el continente, aunque los criterios para mantenerse allí eran muy exigentes. De 175.000 estudiantes matriculados en 1958, se pasó a 500.000 en 1968.[7] La universidad francesa se caracteriza por su universalidad, su altísima calidad técnica y humanística, pero además por su carácter centralista y monolítico, por su autoritarismo y verticalismo. Esta situación era aún más acentuada en 1968 donde los estudiantes casi no tenían voz en los espacios de poder, negociación y decisión estudiantiles, y optaban por la salida, la evasión del sistema. Desde luego, el aumento del numero de estudiantes y el cierre de los espacios de participación y representación estudiantiles (monopolizados por los miembros del organizaciones cercanas al partido comunista y que no daba cuenta de la cornucopia de identidades e ideologías políticas que se movían en las aulas), son explicaciones que no dan cuenta de la totalidad del fenómeno. No explican el carácter totalizante que tomarían los événements ni el carácter de las demandas, que no se limitaron a lo estrictamente académico, ni a requerimientos de tipo material.
De hecho, fue una cuestión ‘personal’ y que en el momento no parecía política, pero lo era, lo que detonó la protesta. En la universidad de Nanterre, l@s estudiantes protestaron reclamando residencias mixtas donde pudieran dormir con sus compañer@s. A los chicos se les negaba el acceso a las residencias de sus novias y viceversa. Las chicas podían acceder a los dormitorios de los chicos con un permiso de los padres o si eran mayores de edad. A los chicos no se les permitía entrar en los dormitorios de las chicas en ningún caso.[8] La liberación personal y la liberación social iban de la mano, y las formas más evidentes de romper las ataduras del poder, las leyes y las normas del Estado, de los padres y de los vecinos eran el sexo, la revolución y las drogas.[9] La frontera entre pegarse un porro, echarse un polvo y levantar barricadas parecía tenue.
Gobernada por comunistas del PCF desde 1945, Paris ha consolidado un "cinturón rojo" de communes y arrondissements. Nanterre, un gris suburbio en el occidente de París forma parte de él. Desde 1967 la protesta estudiantil se había radicalizado con la formación de un grupo autodenominado los enragés. En Nanterre estudiaba Daniel Cohn-Bendit, Dany le Rouge, Dany el Rojo. Junto con Jacques Sauvageot, líder de la Unión Nacional de Estudiantes, Alain Krivine, y Alain Geismar se convirtió en el ‘líder’ de la revuelta. El entrecomillado se debe al hecho de que la noción tradicional de liderazgo, inevitablemente asociada, al menos en la teoría política, a la noción de poder, no aplica al liderazgo que se ejerce en los movimientos estudiantiles. En el movimiento del mayo parisiense ello fue evidente. Notorio fue además un rechazo general a la toma del poder, lo cual explica el devenir que tomaron los acontecimientos con el transcurrir de las semanas. Ejercieron un liderazgo informal y transitorio, impulsado por las circunstancias y sin que mediara entre ellos un plan concreto o una ideología que cimentara su relación. Cohn-Bendit era libertario mientras que Sauvageot, Krivine y Geismar poseían una tradición más socialista.
Cohn-Bendit, era el líder del movimiento más notorio y mediático de todos cuantos participaron en las revueltas, el Mouvement du 22 Mars. Esta era tan solo una de múltiples organizaciones estudiantiles de distinto cuño político que tenían en común un rechazo a la autoridad en abstracto; al poder provenga de donde provenga. Siguiendo un código antiautoritario que rechazaba el liderazgo y bajo la sombra ejemplarizante de los movimientos estudiantiles radicales de Berlín, Roma y Berkeley, los estudiantes de Nanterre protestaron tanto contra el imperialismo norteamericano como contra la brutalidad del estalinismo. El marxismo leninista, trotskista y maoísta gozaba de aceptación entre los estudiantes pero no constituían la mayoría de la población radical estudiantil. Estos trataban de crear un espacio intermedio entre los bloques macizos de la guerra fría. Tal vez por ello, el comunismo ortodoxo del PCF se opuso desde el principio a los movimientos estudiantiles.
Los 20 ò 25 enràges originales de 1967 en Nanterre se convirtieron en un millar para marzo de 1968 y en cuestión de semanas se transformaron en cincuenta mil; a finales de mayo eran diez millones que paralizaban una de las mayores economías del ‘mundo libre’.[10] Entre enero y abril, los enràges tuvieron una serie de encuentros con la policía y con las autoridades universitarias, ocupando varios edificios y haciendo de la protesta callejera su estrategia privilegiada. Los reclamos eran de tipo académico pero en ellos ya se veían, tanto reivindicaciones colectivas del tipo ‘vieja izquierda europea’, como posmateriales o de tipo personal y ecologista. El papel improvisado de líder de la confrontación contra las autoridades -en un ambiente de reforma académica similar a la que atraviesa la universidad publica colombiana en el mes de mayo de 2008- fue Cohn-Bendit. Con su megáfono, su anticomunismo visceral, su cabello rojo, su sonrisa carnívora, su espontaneidad y aguda ironía contra el poder, logró crear un tipo de liderazgo simplemente ‘por decir las cosas en el momento oportuno y en el sitio adecuado’. Era el mismo tipo de liderazgo que se ejercía en Berkeley, Columbia, La UNAM de México o la Universidad Nacional de Bogotá. El cuestionamiento de Cohn-Bendit ante un comité disciplinario el 2 de mayo enfureció a los estudiantes de Nanterre que, ante las negativas del campus de permitir difundir sus mensajes, emprendieron una serie de ‘acciones directas’. Estas preocuparon a un de Gaulle que, a pocos días de inaugurar una conferencia de paz para la guerra de Vietnam ante la cual estaba puesta la atención mundial, quería proyectar la imagen de una Francia fuerte, unida y ordenada. Gracias la conferencia de paz para Vietnam, París se había convertido en la capital mundial de los mass media. Nanterre fue cerrada ese 2 de mayo, y la protesta se trasladó de la periferia de la Ville-lumière a la Sorbona que cuatro días después sería cerrada por vez primera en sus setecientos años de historia. Los líderes de la protesta, Cohn-Bendit y Sauvageot incluidos, mas seiscientos de sus compañeros fueron detenidos. El 10, el combate definitivo, la ‘noche de las barricadas,’que radicalizó las posiciones de las partes. Con el levantamiento de barricadas, París volvió a los viejos tiempos. Había dos territorios, dos ciudades: la de los manifestantes y la del poder. Un gran área del Barrio Latino estaba liberada, la calle Gay-Lussac era el limite imaginario; ‘el barrio latino se convirtió simbólicamente en lugar de un orden nuevo…durante tres semanas, el Barrio Latino fue una zona liberada, un lugar donde poder refugiarse, donde poder estar seguro’.[11] Había una atmósfera de fiesta detrás de las barricadas. Cierto era: la revolución y el carnaval no eran muy diferentes. Detrás de la revolución y del carnaval está el fuerte imaginario arquetípico del ‘mundo al revés’. Todo se veía simple, fácil, la toma de poder era inminente. Las barricadas no eran sólo medios de autodefensa; se convertían en símbolos de una cierta libertad.[12]
Pronto, el movimiento se ganó el aprecio de la sociedad francesa y el desprecio de los marxistas de viejo cuño que consideraron la revuelta como "falsa revolución proveniente de una falsa conciencia". Los maestros y la intelectualidad francesa, existencialistas, estructuralistas y postestructuralistas incluidos (Touraine, Michaud, Lefebvre, Ricoeur, Balibar, Althusser, Morin, Sartre) también apoyaron la revuelta estudiantil desde el principio. Ante las noticias de revueltas estudiantiles sucediéndole alrededor del mundo, el gobierno optó por señalar una teoría conspirativa que encontró sus adeptos. No obstante, la revuelta global fue la típica estrategia sin estrategas, un movimiento liberador y guiado por la razón utópica sin coordinación alguna. Conforme pasó el mes de mayo los acontecimientos tomaron la forma de una verdadera situación revolucionaria madura. Las protestas crecían y reunían a cada vez más personas; el trece de mayo, el día decisivo, los principales sindicatos convocan a la huelga general. Los radicales más ortodoxos como Geismar ‘estaban convencidos de que ese era el comienzo de una revolución que iba a cambiar la sociedad francesa o la europea arrancando las viejas costumbres de raíz’.[13] Pero otros, como Cohn-Bendit no estaban tan seguros. Para ellos, no se trataba de una típica situación revolucionaria cuyo objetivo ultimo es la toma del poder y su sustitución por un gobierno popular, una dictadura del proletariado.
Las batallas campales en el barrio latino; los chicos con pañuelos en torno al cuello y el rostro (elemental protección contra el gas); el adoquín utilizado como arma contra el poder; las nubes de gas lacrimógeno; los policías con gafas oscuras y mascaras antigás; y los cuerpos retorcidos sobre al adoquín de obreros, estudiantes y policías, salieron en los noticieros de todo el mundo. En un mundo donde la televisión ya reinaba como el medio de difusión privilegiado, tanto por los gobernantes como por los manifestantes, las imágenes de esa primavera en París dieron la vuelta al mundo y despertaron la solidaridad de los estudiantes de los cinco continentes. En un mundo donde el remoquete de “terrorista” no resultaba tan amenazador como ahora, la combinación de propaganda, panfletos mimeografiados, adoquines y cócteles molotov como respuesta a la agresión policial, se veían como acciones cuya legitimidad estaba fuera de toda duda. Milagrosamente no hubo muertos tras tardes y noches de duros enfrentamientos. Aun cuesta entender cómo tras las sangrientas revoluciones de 1789, 1848 y 1871, la de 1968 fue relativamente pacífica a pesar de los disturbios, solo tres personas resultaron muertas, uno de ellos un comisario de policía de Lyon.
A finales de mayo Francia estaba paralizada, no habían servicios públicos, ni una sola institución funcionaba, las basuras se acumulaban, la gasolina escaseaba, al igual que productos de primera necesidad; el poder se desmoronaba. Poco a poco el ánimo de la ciudadanía hacia los estudiantes cambió de carácter; surgieron las primeras protestas contra la protesta. Paradójicamente, los sindicatos no querían la revolución, sino pequeñas reformas negociadas con el Estado. La alianza entre estudiantes y obreros era frágil. Se trata de dos grupos sociales con intereses, liderazgos y estrategias muy diferentes. No podían amalgamarse en un grupo coherente cuando entre los mismos estudiantes, una multitud de singularidades, eliminaba cualquier posibilidad de formular denominadores comunes mínimos. Los estudiantes querían la revolución, apelaban a las utopías universalistas e igualitaristas en abstracto; los obreros querían reformas laborales inmediatas, concretas: mejoras en las condiciones salariales, vacaciones pagadas, reducción de la jornada laboral. El igualitarismo es una moneda de baja circulación en el rígidamente jerárquico mundo de la clase obrera. La dictadura del proletariado suele significar en realidad dictadura sobre el proletariado. Las demandas de los estudiantes eran concretas, pero también inmateriales, reivindicaban una denuncia con el modo de vida al que se habían visto abocados como pasivos miembros de sociedades de consumo, atacando la unidimensionalidad de la vida moderna con su inmenso potencial alienador.
En medio de la crisis, De Gaulle opta por una inesperada salida: emprende un viaje a Rumania dejando como reemplazo al primer ministro Georges Pompidou, quien adoptando una posición mas negociadora liberó a los detenidos y reabrió la Sorbona. Ello solo sirvió para que los estudiantes reocuparan las posiciones estratégicas detrás de las barricadas. El viaje de De Gaulle sirvió para fomentar en la población una sensación de vacío de poder. Al regresar a Francia el presidente optó por guardar silencio desapareciendo de las cámaras y reflectores. Rompió su silencio el 24 cuando apareció ante las cámaras convocando a un referendo sobre la continuidad de su mandato. Ello solo sirvió para radicalizar las posiciones de los estudiantes, que desconfiaban de este intento de legitimar el autoritarismo por vía plebiscitaria.
Pero el vacío de poder no fue acompañado de la toma del poder. Los estudiantes no sabían como hacerlo, estaban desarmados; y los sindicatos no querían hacerlo. El Frente Popular no estaba preparado para ocupar el vacío dejado por la desintegración del gaullismo. El Partido Comunista quería seguir jugando el juego electoral. No habían movilizado a esas masas cuya acción ahora les empujada a un poder que no deseaban. Como afirma el historiador marxista Eric Hobsbawm, ‘de Gaulle, político de notoria brillantez, reconoció el momento en que sus adversarios perdieron ímpetu, así como la oportunidad de recuperar su propia iniciativa. Ante la aparente inminencia de un frente popular encabezado por los comunistas, un régimen conservador por fin podía jugar su baza: el miedo a la revolución’.[14]
El gobierno entendió que había que negociar por separado con los obreros dado que los estudiantes se radicalizaban cada día más. Se optó por la política de zanahoria con los obreros y garrote con los estudiantes. Por su origen judío alemán, Cohn-Bendit fue deportado el 20 de mayo, despertando el vergonzoso recuerdo de antisemitismo en la memoria nacional francesa. Regresaría diez años después. A los sindicatos obreros se les hizo una oferta que satisfacía todas sus demandas, incluida un aumento salarial de un 35 por ciento, que los obreros aceptaron encantados. Su lucha había terminado. Según Hobsbawm, ‘tal como estaban las cosas, durante aquellos días cruciales del 27 al 29 de mayo el partido comunista se condenó a si mismo a esperar y hacer llamamientos. Pero en momentos así esperar es fatal. Los que pierden la iniciativa pierden la partida’.[15] Con la deserción de los sindicatos, quedaba claro que aquello no era una guerra de clases, sino una guerra de resistencia. Fue el fin de una longeva concepción que va hasta el socialismo utópico francés, pasa por el marxismo y llega hasta el 68, según la cual, el sujeto privilegiado de la revolución, el agente histórico par excellence, era el proletariado salido de las grises industrias, guiado por una vanguardia iluminada y mesiánica. Para el sociólogo e historiador norteamericano, Immanuel Wallerstein, ‘1968 fue la tumba ideológica del concepto de ‘rol de líder’ del proletariado industrial’.[16] Hoy, cuando ese proletariado ha sido remplazado por una suerte de ‘precariado’, cuando la flexibilidad ha remplazado la estabilidad contractual, que la sindicalización es cosa del pasado y que el trabajo se hace cada vez más inmaterial, entendemos la dura lección que el 68 representó para la ‘vieja izquierda’, francesa, europea y mundial.
La opinión publica, que había terminando dando la espada al movimiento giró definitivamente a la derecha el 23 de junio cuando los gaullistas obtuvieron el 43 por ciento de los votos, haciéndose con el control de la Asamblea Nacional. La izquierda perdió la mitad de sus escaños y los estudiantes, divorciados de la ‘vieja izquierda’ del PCF se quedaron sin representación[17]. El 17 de junio, los últimos estudiantes, quienes llevaban más de un mes ocupando la Sorbona, abandonaron los edificios. Les ofrecían contratos editoriales. Se firmaron un mínimo de treinta y cinco contratos editoriales sobre las revueltas estudiantiles el mismo día que abandonaron los últimos rebeldes.[18]
Todo había acabado. Mayo de 68 terminó en junio. En agosto, de Gaulle ordenó que asfaltaran las calles adoquinadas del Barrio Latino. Era el tiempo de la restauración gaullista y la represión de los radicales. Paradójicamente, menos de un año después, el 28 de abril de 1969, de Gaulle renunciaba tras la derrota de su referendo para transformar la cámara alta del parlamento francés en un cuerpo puramente consultivo, mientras se extendían las facultades de los concejos regionales. Los eventos de 1968 habían terminado quitándole el apoyo popular necesario para mantener las inmensas prerrogativas presidenciales.
Como afirma Kurlansky, ‘la revolución quizá fuera posible, pero no tuvo lugar en la Francia de 1968. Los marxistas clásicos insisten en que los revolucionarios tienen que forjar sus bases despacio e ir desarrollando su ideología. Nada de eso ocurrió ese año. Simplemente hubo un estallido contra una sociedad estancada y sofocante. El resultado fue la reforma, no la revolución’.[19] Para Hobsbawm, ‘la crisis de mayo no fue una situación revolucionaria clásica, aunque las condiciones para tal situación hubiera podido crearse con gran rapidez a consecuencia de la ruptura súbita e inesperada en un régimen que resultó ser mucho más frágil de lo que nadie había previsto’.[20]
Para Cohn-Bendit, ‘en 1968 el mundo se inflamó. Parecía que surgía una consigna universal. Tanto en París como en Berlín, en Roma o en Turín, la calle y los adoquines se convirtieron en símbolos de una generación rebelde’.[21] Para el actual eurodiputado, portavoz de los verdes europeos, gracias al desarrollo de los medios de comunicación, la del sesenta y ocho fue la primera generación global, ‘que vivió, a través de una oleada de imágenes y sonido, la presencia física y cotidiana de la totalidad del mundo’.[22] Desde la música y otros objetos de la contracultura de los sesenta, hasta las imágenes transmitidas en directo, vía satélite desde cualquier región del mundo, esa totalidad es parte de la experiencia cotidiana en la actualidad. ¿Qué queda de la rebeldía de esa generación? En realidad mucho. 1968 dio el ejemplo del carácter que tomarían las relaciones políticas a posteriori. Como afirma Lipovetsky, ‘los días de mayo, más allá de la violencia de las noches calientes, reproducen no tanto el esquema de las revoluciones modernas fuertemente articuladas en torno a posturas ideológicas, como prefiguran la revolución posmoderna de las comunicaciones’.[23] Para el sociólogo francés, mayo del 68 tiene un rostro doble, moderno por su imaginario de la revolución (un invento típicamente moderno), posmoderna por su imaginario del deseo y de la comunicación, pero también por su carácter imprevisible o salvaje.[24] En gran parte mayo del 68 sobrevive como experiencia mediática, como cliché desarmado de sus implicaciones revolucionarias. Sin embargo, su sentido político persiste. La lucha contra toda forma de desborde del poder estatal y el reclamo por formas radicales de democracia se halla en la agenda política global. El gesto liberador del sesenta y ocho es fundamental para entender las luchas biopolíticas del capitalismo tardío en las cuales, las dimensiones personales de la vida privada ingresan en el espacio publico y en el debate político. Con el 68, nuestro lenguaje político se transformó; de revolución pasamos a hablar de resistencias. Las preocupaciones ambientales, feministas y culturales entraron en las jergas y agendas políticas. No es posible entender el surgimiento de los feminismos, moderados o radicales, de la igualdad o la diferencia, sin el movimiento que se gestó en las universidades y en los movimientos por los derechos civiles. El haber militado en estos movimientos les permitió a un gran número de mujeres ser concientes y tener mayor reflexividad de las exclusiones y machismos que imperaban, tanto al interior de los primeros movimientos pro-derechos civiles y en los movimientos marxistas, como en los movimientos de liberación nacional. El cambiar el enemigo en la lucha, del poder del Estado para pasar a la critica a toda una forma de vida (la de la moderna sociedad del consumo), se constituyó en el germen político del ecologismo que ya para los setenta era una fuerza política a considerar en el juego político europeo.
Keith Reader, acierta al afirmar que el legado de mayo del 68 es generalmente percibido como cultural más que político.[25] Sin embargo, vale la pena preguntarse ¿Tienen sentido las luchas en el actual contexto político? Aunque el carácter radical e incluso violento de las luchas del sesenta y ocho ya no tienen legitimidad en el mundo post 11-S, es parte de las luchas actuales el combatir las formas de control y disciplina que se configuran alrededor de la guerra contra el terrorismo. La manifestación publica espectacular y la contestación irónica y burlesca se han integrado al repertorio de los movimientos antiglobalización, ecologistas y antinucleares. La ‘imaginación al poder’ más allá de la frase de cajón en que se ha convertido refleja una doble realidad, la de un poder que sofistica sus métodos de control y disciplina y un contrapoder global que crea formas cada vez más imaginativa de resistir. Lo acontecido en Seattle el 30 de noviembre de 1999 así lo atestigua.
La despolitización de la universidad francesa fue tema de análisis durante la década del setenta. Las huelgas obreras continuaron, principalmente en las cadenas de montaje de la industria fordista francesa; pero el movimiento estudiantil se disolvió. Como afirma el sociólogo francés Raymond Boudon, durante los setenta ‘con la excepción de episodios relativamente menores, ninguna demostración colectiva ocurrió que pudiera compararse ni remotamente en intensidad, creatividad, movilización y duración con los acontecimientos de 1968’.[26] Nadie entendía como un movimiento que había puesto en crisis a uno de los gobiernos más fuertes de occidente se hubiera esfumado en cuestión de días. Muchos de los que participaron en las revueltas cambiaron de parecer, la revolución les pareció anacrónica, cosa del pasado. Se convirtieron de yippies a yuppies. El libertarismo de corte anarquista dio paso al libertarismo neoliberal hoy en boga. Muchos entraron en crisis individual, los suicidios aumentaron. Para otros, la deserción del movimiento estudiantil supuso una transición hacia nuevas formas de lucha. Cohn-Bendit adoptó las banderas radicales de los verdes. Jane Alpert se volvió feminista; algunos optaron por ahondar la radicalización del discurso y engrosaron los grupos terroristas que, principalmente en Italia y Alemania, pero también en Francia y Estados Unidos, representaron el estertor heroico, la muerte política del terrorista, antes que se convirtiera en el nuevo ‘enemigo publico global numero uno’. Otros se vinieron para América Latina, donde continuaba una segunda etapa de lucha armada, inspirada en la revolución cubana. Cuarenta años después, pocos de quienes participaron de las luchas se declaran revolucionarios; la revolución se ha convertido en un vestigio romántico del pasado, un traje que ya nadie se quiere poner, guardado bajo llave en el cofre de la historia. Las nuevas generaciones ya no conjugan la palabra revolución en tiempo presente. La generación del sesenta y ocho agotó la revolución llevándola hasta su desenlace.[27] La revolución es cosa del pasado. Persisten eso si, los nuevos movimientos sociales que mantienen viva la llama del cambio social, la lucha por un orden y un sistema económico global más justo. Ellos conservan y adoptan los métodos y estrategias, discursos y teorías surgidas del impulso del sesenta y ocho. La toma del poder ha dejado de ser un lema explícito de estos movimientos. Antonio Negri designa esta nueva voluntad de no-poder como ‘multitud’, un agregado de singularidades que, a diferencia del ‘pueblo’, sujeto privilegiado del marxismo clásico, no esta cargado de una simbología trascendente. La ‘unidad popular’ soñada por los partidos comunistas resultó ser no más que una romántica ficción poco operativa en la multitud de identidades personales y políticas en las calles de París o Praga. La unidad de los movimientos antisistémicos en un solo movimiento demostró ser una forma de unidad cuyo deseo dejo de ser incuestionable.[28]
Para Negri, ‘con el 68 las luchas han puesto patas arriba el orden económico y político que la modernidad nos había transmitido’.[29] Las luchas mismas, se dijo arriba, han cambiado su carácter. Después de 1968 ya no es la clase obrera la llamada a cambiar la historia; en 1968 fueron los jóvenes, pero más que ellos fue la identidad cultural y las cuestiones políticas relacionadas con la identidad cultural las que entraron en escena y constituyen el legado más perdurable de las luchas de ese mes y medio. Se ha abandonado la chocante idea de que una clase tiene la clave mágica para abrir el futuro en desmedro de otras identidades sociales. En ese sentido la herencia del 68 es la de las luchas sociales transclasistas y transgénero, las cuales no se limitan a una clase, sexualidad o sector social en particular; sino que apelan al universalismo, abriendo una esperanza de reformular la democracia saliéndonos de los estrechos y excluyentes marcos que la democracia neoliberal ha impuesto en todo el mundo. Mayo de 1968 sirvió para comprobar que la vieja izquierda estaba equivocada, que no basta con la toma armada del poder. Ello crearía nuevas coerciones y nuevas perversiones del poder. La idea ahora es luchar contra todos los micropoderes que operan en la vida social; impulsar las pequeñas revoluciones cotidianas que llevan a una forma radical y absoluta de democracia que se extienda a todos los espacios sociales: en la vida conyugal, familiar, en las relaciones laborales, en la escuela, el taller, la fábrica y el hospital psiquiátrico. La revuelta reveló las nuevas formas en que opera el poder, ‘la difusión generalizada de la sumisión, a través de una red capilar que atraviesa cuerpos y conciencias, de manera lo suficientemente tenue y universal como para no poder ser siquiera desligable como un dato separado’.[30] Para Albiac, ‘el drama final del 68 es, con seguridad, ese: haber sido la constatación practica de una operación de recomposición de poder que se anunciaba ya como insoluble’.[31]
Aceptémoslo, la mística revolucionaria ha dado paso al reformismo democrático. Ahora se trata de mejorar la democracia, pero mejorarla de forma radical, contestataria. La contestación política ya no está en la lucha armada: hay que encontrarla en la democracia. Cohn-Bendit lo ha expresado en términos melancólicos: ‘hoy en día la idea misma de revolución ha desertado de la imaginación de nuestros contemporáneos. Hemos tenido que someternos al formalismo democrático’. ¿Pero de qué idea de democracia hablamos? Para mi, se trata de la que tiene la ambición de mejorar las relaciones entre los hombres, entre las mujeres, entre los hombres y las mujeres, entre los hombres y los niños, entre las mujeres y los niños, la que quiere iluminar nuestra vida cotidiana. A pesar de que terminó convertida en una imagen más que un programa, la revuelta del sesenta y ocho tuvo éxito en apelar a nuevos derechos dentro de la democracia, incluido el derecho a cuestionar abiertamente la autoridad, provenga de donde provenga. Como afirma Boudon, hoy nadie se atrevería a representar el movimiento de 1968 en una forma puramente crítica: todos los partidos políticos han tenido que adoptar, con diversos grados en sus programas, algunos aspectos de la agenda del 68.[32] La fuerte idea de llevar la imaginación al poder, de develar la falta de imaginación de toda forma de poder; de expandir del campo de lo posible en la política como parte de una posición realista, es un legado que va mas allá de los clichés, tan de moda a la hora de analizar el 68. Pedirle a la sociedad más de lo que esta está dispuesta a dar, pedirle que se justifique en bases mas concretas que una referencia a una justicia o una sustancia abstracta, universal, trascendente e inmutables es para mi, el legado que en la Colombia y el mundo actuales cobra mayor relevancia. Con un régimen fuerte que pretender gobernar ad infinitum; con una población estudiantil cuyo malestar es cada vez mas evidente; con una guerra internacional, infame e injusta (Irak) que aglutina las solidaridades en todo el mundo, los ecos de mayo del 68 se escuchan como una valiosa lección para los tiempos que vienen.


[1] HOBSBAWM, Eric. Gente poco corriente. Crítica. Barcelona. Pág., 1998. 182
[2] KURLANSKY, Mark. 1968. Ediciones Destino. Barcelona. 2004. Pág., 281.
[3] BERMAN, Marshall. Todo lo sólido se desvanece en el aire. Siglo XXI Editores. Bogotá 1991. Pág., 150
[4] KURLANSKY (2004). Pág., 282.
[5] HOBSBAWM, Eric. Historia del Siglo XX. Barcelona. 1995. Pág.,301
[6] BOUDON, Raymond. Sources of Student Sources in France. En: Annals of Political and Social Science, Vol. 395, Students Protest, (May. 1971). Pág., 140.
[7] Ibid. 140.
[8] KURLANSKY (2004). Pág., 289.
[9] HOBSBAWM (1995). Pág., 334.
[10] KURLANSKY (2004). Pág., 290
[11] ALBIAC, Gabriel. Mayo del 68. Una educación sentimental. Ediciones Temas de Hoy. Madrid. 1993. Pág., 123
[12] Ibid. 127
[13] KURLANSKY (2004). Pág., 294
[14] HOBSBAWM (1998). Pág., 186.
[15] Ibid. 189.
[16] WALLERSTEIN, Immanuel. 1968, Revolution in the World-System: Theses and Queries. En: Theory and Society, Vol 18, No. 4 (Jul. 1989). Pág., 437
[17] KURLANSKY (2004). Pág., 305
[18] Ibid. 307
[19] Ibid. 308
[20] HOBSBAWM (1998). Pág., 189.
[21] COHN-Bendit, Dany. La revolución y nosotros que la quisimos tanto. Anagrama. Barcelona. 1998. Pág., 12.
[22] Ibid. 13.
[23] LIPOVETSKY, Gilles. La era del vacío. Anagrama. Barcelona. 2002. Pág., 217.
[24] Ibid. 219.
[25] READER, Keith. Three Post-1968 Itineraries: Regis Debray, Daniel Cohn-Bendit, Marin Karmitz. En: South Central Review, Vol. 16, No. 4. Rethinking 1968: The United States and Western Europe (Winter, 1999 - Spring 2000). The Johns Hopkins University Press. Pág., 97.
[26] BOUDON, Raymond. The 1970s in France: A Period of Student Retreat. En: Higher Education, Vol. 8, No 6, Student Activism, (Nov. 1979). Pág., 669.
[27] COHN (1998). 206.
[28] WALLERSTEIN (1989). Pág., 440.
[29] NEGRI, Antonio. Movimientos en el Imperio. Paidós. Barcelona. 2006. Pág., 28
[30] ALBIAC (1993). Pág., 178.
[31] Ibid. 179.
[32] BOUDON (1979). Pág., 670.