sábado, 21 de junio de 2008

MI ENCUENTRO EN LA HABANA CON RAUL REYES: VIAJE AL INTERIOR DE UNA DESILUSIÓN CON LA REVOLUCION LATINOAMERICANA.

I. Llevaba ya dos meses en la Habana a donde había llegado a principios de junio, procedente de Costa Rica. En ese tiempo había alcanzado en tren, y por unos pocos pesos cubanos, la costa oriental de la isla; en Santiago de Cuba había bailado tres noches seguidas hasta el amanecer, naufragando en una cálida niebla purpúrea; había recorrido el lomo isleño de regreso al oeste en un Lada destartalado; había liado porros con tabaco en el malecón de Cienfuegos; y había alucinado en el Valle de Viñales en Pinar del Río, victima de la visión de cien ‘mogotes’ gigantescos que con inmensas porras, venían a aplastarme. Aunque había recorrido la isla de cabo a rabo, de alguna manera mi espíritu gravitaba en torno a la Habana, donde permanecí todo el último mes.
La Habana ejercía sobre mí un embrujo explicable. Había llegado a la isla con el firme propósito de, no solo conocer los restos de la revolución, sino para terminar un puñado de cuentos ‘mochos’, escritos dispersos que nunca había podido terminar, por diversos bloqueos creativos. En el ambiente de los cafés de la vieja Habana había encontrado, bajo el impulso de torrentes de ron, la inspiración y la transpiración para terminar mis engendros creativos.
Mis días en la habana solían parecerse entre sí. Me levantaba con resaca, me daba un baño, comía algo y me despedía de Jorge, el casero. Afectado por el sol canicular del caribe, salía al malecón para perderme en los callejones y vericuetos urbanos de la ciudad. Había caminado la ciudad, desde Miramar a Jacobino, de Altahabana a la Habana Vieja. Había encontrado verdadera joyas literarias en los pulgueros de la ciudad; esquivado jineteras y cazadores en busca de mis pocos dólares; entablado interminables discusiones sobre los vicios y virtudes de la revolución; fotografiado la arquitectura burocrática del Vedado y los palacetes de Miramar; contemplado el huracanado atardecer de los balseros en las Playas del Este; e intoxicado con la sospechosa materia prima de los restaurantes del maloliente ‘barrio chino’. La cercanía de la isla a Jamaica, sumada al gran mercado negro que se mueve en la penumbra habanera, me había asegurado una variopinta embriaguez que me llevaba dando tumbos de las viejas librerías a los bares y cafés de la vetusta ciudad.
Jorge, el casero, alimentaba mi consumo conspicuo de alcohol. Tenía una garrafa de ron con el cual empujaba el desayuno, el almuerzo y la cena. Era un excelente anfitrión. Muy de mañana solía despertarme con un vasito verde medio vacío, medio lleno con ron; se sentaba en la cama, extendiendo su mano con una pepita roja de acetaminofén o una verde de ibuprofeno. Tenía una bella casa de hospedaje donde por unos pocos ‘convertibles’ podía contemplar aquellos atardeceres habaneros que chiflaron a Hemingway. El licenciado Jorge Enrique Castellanos Núñez, historiador de arte, promotor y consultor de turismo cultural, me había ofrecido una plataforma inestimable para acercarme a la ciudad. Su conocimiento erudito de todas las facetas de la vida cultural cubana me dejaba asombrado. Sabía qué casas albergaban qué obras; qué arquitecto había diseñado o remodelado esa sobria casa francesa en la Calzada de Infanta. Sabía de santería, de rezos a Yemayá, Shangó y Agayú; sabía qué viejos músicos cubanos seguían vivos y donde vivían; donde conseguir esa vieja edición de Nacional Geographic de 1919 y cómo evitar las largas filas en la heladería Copelia.
En Cuba había pasado por una experiencia catártica, similar a la experimentada por André Gide, cuando en 1936 tras ser invitado por Stalin para visitar la Unión Soviética y exaltar las bondades de la revolución, había, por el contrario, publicado un texto en el que, si bien reconocía los innegables progresos realizados por los bolcheviques en varios campos (alfabetización, industrialización), acentuaba los aspectos negativos de esa experiencia, revelando el carácter totalizante del estalinismo. Eso mismo me había pasado en Cuba. Mi entusiasmo inicial con los avances hacia una mayor justicia distributiva, se ensombrecía por sus costos, en términos de derechos políticos básicos. Me chocaba el culto a la personalidad casi estalinista, manifiesto en la ubicua figura de Fidel, el Che y Camilo Cienfuegos en cada esquina, cada, muro, cada valla. En los campos y ciudades se exaltaba la revolución de forma acrítica. Todos los cubanos con quienes hablé, bajo la mirada sospechosa de la policía vigilante criticaban esa misma ausencia de libertades democráticas mínimas. Todos hablaban en voz baja, así fuera de la cosa más cotidiana. El tono bajo y la mirada al piso eran el común denominador de las conversaciones. Para algunos sus sentimientos eran encontrados: amaban a Fidel pero sabían que era necesario que algo cambiara, manteniendo la actitud de digna soberanía frente al hegemón del norte.
Yo también tenía sentimientos encontrados. Aunque crítico del embargo, las leyes de exilio y Torricelli, y en general, la política de los Estados Unidos hacia Cuba, me asombraba la manipulación informativa a la cual se sometía al pueblo cubano. Me parecía increíble que los únicos 6 computadores con acceso público a Internet en toda la isla se ubicaran de forma centralizada en el Capitolio Nacional. Me aterraba el jineteo cruel al que se sometían los cubanos ante los turistas gringos, que en nada cambiaban la situación reinante durante el régimen de Batista.
En Cuba me enteraba de los acontecimientos de Colombia acudiendo al capitolio dos veces por semana. El proceso de paz que adelantaba la administración Pastrana con las FARC ocupaba los mayores titulares en las páginas de todos los medios. Desde su posesión en agosto de 1998 y respaldado por un “Mandato ciudadano por la Paz”, el presidente Pastrana había, en un exceso de confianza y buena fe en la contraparte, iniciado diálogos de paz con el grupo subversivo entregando una generosa proporción del territorio nacional, la mal llamada ‘zona de distensión`.
Lo que mal empieza, mal continúa y mal termina. Desde su instalación oficial, la negociación mostró que la voluntad de las FARC de llegar a un acuerdo que llevara a su desmovilización era nula, y que utilizaban su presencia en la mesa para consolidar su avance estratégico en una guerra en dramática escalada. El proceso de paz representó para la sociedad colombiana un terrible precedente de cómo no se debe negociar en medio de las balas. En el momento de mi viaje a Cuba, este se encontraba suspendido por la sospecha del gobierno, posteriormente desmentida por los hechos, de que las FARC estaban involucradas en el atroz asesinato de la señora Elvia Cortés, víctima de un collar bomba el 15 de mayo, colocado en su cuello por negarse a pagar una extorsión. En la Habana me enteré de la reanudación de los diálogos, un par de semanas después del hecho, aprovechando un encuentro internacional sobre medio ambiente y cultivos ilícitos a realizarse el 29 y 30 de junio. La zona de distensión fue una jugada errónea del Estado colombiano que solo sirvió para que las FARC apalancaran su avance estratégico como lugar de retaguardia y refugio de secuestrados y bienes robados. Allí, las FARC habían montado una soberanía alternativa, un cogobierno en el que la ley del Estado de derecho se ponía entre comillas e imponía la casi totalitaria ley fariana. Así lo había comprobado en enero de 1999, cuando bajo la influencia de un primo que quería hacer trabajo de campo en el Caguán, lo acompañé, tan solo un par de días después del desplante de Tirofijo a Pastrana para comprobar lo descomunal de la zona y lo insólito de una verdadera republiqueta bananera bajo el control del secretariado. En el Caguán fui testigo de la estupidez cometida por el gobierno; todos los guerrilleros con los que pude hablar mostraban la poca circulación que tenía el discurso de la paz en el cuerpo armado. Había observado los laboratorios controlados por las FARC en los márgenes norte del río Lozada en el límite entre meta y Caquetá y convencido del carácter narcotraficante que lo alejaba de sus legítimos orígenes como autodefensa campesina.
Para mediados del 2000, ya era evidente que las FARC no tenían voluntad de negociación seria. Las FARC lograron que los colombianos desconfiaran peligrosamente de toda solución negociada, así fuera a costa de apostar muchas libertades democráticas reforzando el aparato coercitivo del Estado. Las audiencias públicas comenzaron en medio de la guerra. Para las FARC era como si no existiera negociación alguna. Las tomas de pueblos continuaban. El ejército estaba cercado por un verdadero ejército irregular que podía reunir 1.200 hombres para atacar y destruir bases fortificadas y hasta capitales departamentales. El secuestro estaba desbordado. Y el ejército apenas comenzaba a retomar el control estratégico de la guerra con el reforzamiento de la estrategia de guerra aérea (con el temido avión fantasma y los helicópteros arpía) y la acción conjunta y coordinada de todas las fuerzas armadas. Este era el panorama del conflicto armado que yo observaba en mis esporádicas visitas al capitolio y su acceso controlado a la red.

II. Ese día había salido a recorrer la habana. La mañana la pasé en Guanabacoa tomando algunas fotos de su vieja arquitectura colonial; sus cuatro cementerios curtidos por el salado aire caribe; sus antiguas mansiones y ermitas; su sincrética mezcla de cultos africanos yorubas y bantúes; sus santeros, babalaos de blanco inmaculado danzando con los ojos en blanco sintiendo en la carne la tensión del legado colonial. Muy a las cinco, me fui a por un trago a la Habana Vieja, concretamente al café París, donde Aurelio, el barman de turno se había convertido en un cercano amigo y confidente en mis tardes habaneras.
Al pasar por la ‘Plaza Vieja’, el antiguo centro de la ciudad caminé, como un personaje del spleen baudeleriano, por entre una jungla de escombros producto de la fiebre restauradora de la ‘vieja Habana’. Frente a la Lonja del Comercio, se hallaba una orquesta de las innumerables que por unos pocos dólares, entretienen a los turistas con sones, danzones, y guarachas. De repente me fijé en un grupo de personas que observaba la orquesta, aplaudiendo al compás de la música. Me sorprendió descubrir que eran Raúl Reyes, conocido jefe de las FARC, junto con su esposa Gloria Marín, hija de ‘Tirofijo’ y Marcos Calarcá, entonces vocero de las FARC en México y miembro del llamado ‘comité temático’ durante la negociación con Pastrana. Me les acerqué. Tan pronto notaron mi presencia se dirigieron hacia mi; Reyes me recibió con una mirada fría que me congeló todo. Le saludé dirigiéndome a él como ‘comandante’, seguro de que ese era el título que él creía merecer.
-¿Usted quien es? –Preguntó con recelo.
-Comandante Reyes –respondí- permítame presentarme: soy un estudiante colombiano de viaje por Cuba, he estado en el Caguán y me interesa el proceso de paz que adelantan ustedes con la sociedad colombiana en cabeza de su gobierno.
Me temblaba todo. Estaba aterrado con la presencia de este ser petizo e insignificante. Ante mi se encontraba este pequeñajo genocida, criminal de guerra y narcotraficante. Su pequeña presencia discrepaba con el terror que me producía. Parecía un personaje salido de, ‘Cristo en la cruz’ del Bosco, aunque sus ojos, inyectados de plasma, eran mas rojos que la paleta de ‘Carpaccio’. Largas y puntiagudas orejas asomaban entre sus pelos, tiesos como las púas de un erizo y le cubrían unas barbas tan enmarañadas como las matas de espino. Parecía un enano de ‘Risas y Salsa’, con esas piernas tan cortas y esos brazos tan largos como las aspas de un viejo molino, los cuales comenzó a agitar mientras respondía:
-Amigo. Es mucho lo que la sociedad colombiana tiene que soltar para que las FARC-EP dejen las armas. Colombia y todo el continente, la ‘patria grande’ de Bolívar, Juárez, Martí, y el ‘Che’, viven una situación de revolución inminente. En pocos años las FARC-EP tomarán el poder y las burguesías colombianas caerán ante el acoso de las masas. -Todo un discurso trasnochado que me hizo desconfiar de la estatura intelectual de mi interlocutor.
-Comandante Reyes –Respondí-. La sociedad colombiana está esperando un gesto de buena voluntad de su parte, ya entregamos -me arrogue la potestad de hablar por el pueblo colombiano- una buena porción de nuestro territorio para iniciar diálogos, la agenda avanza muy lentamente y una tregua es lo menos que podrían declarar para dar fin al conflicto. De ustedes depende que el péndulo no gire de la paz hacia la guerra, lo cual supondría el advenimiento de gobiernos fuertes y el fin de la democracia. ¡Ojo! que la opinión pública no siempre se va a inclinar hacia la negociación, lo que están perdiendo es un momento histórico.
Calarcá intervino –Eso que usted llama ‘nuestro territorio’ en realidad es nuestro territorio. Así ha sido desde el inicio de las FARC, y eso nadie lo puede negar. Por otro lado, autoritarismo ha habido siempre en Colombia, solo que disfrazado de una democracia de fachada. Una tregua significaría reconocer la derrota, no solo militar sino política de un grupo armado que lleva cuarenta años luchando por la toma del poder. -Era un sujeto enorme, lo cual contrastaba con la menudo Reyes y su esposa, un poco más alta que él y quien solo observaba, abanicándose los calores habaneros con un ejemplar de ‘Granma’.
-¿Que hace usted en la Habana? –preguntó Reyes.
-Estudiando –mentí, convencido de que esta respuesta me aseguraría menos agravios que mi condición nomádica de destierro voluntario.
-Y como le ha parecido la experiencia de la revolución.
-Interesante -respondí, tratando que mis palabras sonaran lo más neutras posibles, y que no delataran mi frustración con la Revolución Cubana. Al fin y al cabo, el tipo era un asesino secuestrador, y este era su territorio.
La conversación duró poco, una lujosa limusina negra arribó a la ‘plaza Vieja’ de la cual se bajaron dos sujetos, uno de los cuales, exhibiendo un descomunal bigote, les hizo una seña.
-Señor Bonilla-Dijo Reyes en un castellano de cuartel-, disfrute su estadía en Cuba. Un país donde la revolución logró su cometido en pos de una sociedad justa y con iguales oportunidades para todos.
Calarcá se subió primero, luego Marín. Reyes, antes de desaparecer entre el destello polarizado de la limusina agregó. -Siempre es bueno que los colombianos vengan a Cuba a contemplar el futuro latinoamericano. –El aire impregnaba la tarde con su aliento de sal marina. -Que vean que extraordinarios progresos se pueden lograr cuando la revolución llega a buen término. Es el futuro que le espera a Colombia en unos pocos años. 200 años de autoritarismo habrán llegado a su fin.
Se despidió con un ademán de político tradicional colombiano, exhibiendo una sonrisa caníbal, que me descuajó el ánimo y me recordó mi cita incumplida con Aurelio. Tenía unos cuentos que terminar. Ya era de noche, mientras la limusina se perdía entre los laberintos de caracola de la Vieja Habana, yo continué mi camino, en medio del azulado resplandor de miles de televisores encendidos a esa hora, todos sincronizados viendo la misma producción soviética. Terminé la noche ligando con una linda e inteligente italiana que me hizo olvidar la experiencia de esa tarde, de esas semanas: mi encuentro con Reyes y mi desencuentro con la revolución latinoamericana.