I. Le Escribo estas líneas desde la estación de tren de Antwerp, en tránsito a Amsterdam. La mañana está gris pues la fría primavera del norte europeo ha hundido sus colmillos en este mes de julio ya tardío, relegando los cielos azules a las pinturas de las pinacotecas.
Berlín ya está en la memoria, pero hace tan sólo 24 horas era una experiencia vital. Pocas ciudades han dejado en mí una impronta tan relevante. Mi temporada en Berlín, planeada para una semana, se ha alargado al doble. Mi tiempo en París y Amsterdam se ha achicado notablemente. El clima de este peculiar verano, gris y luctuoso, hace que el recuerdo del cálido Berlín se me muestre como algo tan lejano y al mismo tiempo, tan entrañable y tan cercano.
II. Llegué a Berlín el once de julio de este 2003. París pasó por mi conciencia como un fugaz viaje de Orly a Gare du Nord, la mayor estación de Europa, donde tomé el tren de las nueve de la tarde con rumbo a Berlín. En el tren el ambiente era de fiesta. Adentro, casi todos los viajeros teníamos en mente el Love Parade, la fiesta techno más deslumbrante, orgiástica y dionisiaca de Europa y del mundo. Un batiburrillo de dialectos, razas y culturas nos desplazábamos a 240 kilómetros por hora rumbo a aquella ciudad, que hasta ese momento no era mas que una estereotipada referencia. Antes de la media noche me levanté de mi litera, en un camarote que compartía con tres japoneses. En el vagón restaurante, despaché un Rote Grütze con salsa de vainilla, que evacué garganta abajo con un jugo de manzana enlatado.
Llegaron los japoneses, tenían camuflada una botella de sake que calentaban con un infiernillo portátil y bebían a sorbos furtivos. Me invitaron a compartirla con una seña tan universal que consideré, no había lugar a equívocos. Invitar a alguien a un trago requiere de la complicidad de un gesto que, aunque compartido culturalmente, yo creo interpretar en Miami, New Orleans, Londres, Belfast y Berlín. Tras el sake llegó el whisky, luego vodka finlandés, acompañado de Jagermeister y pasantes. Hacia las cinco de la mañana me levanté y me desplacé tambaleante a mi litera. Caí como una pesada columna. A las 10 de la mañana me despertó un funcionario de ferrocarriles, vociferando en un alemán de cuartel. La cabeza me dolía como si una trampa de osos se cerrara en torno a ella. No había nadie en el camarote; los japoneses se habían marchado. Eramos tan solo yo en mi litera y mi dudoso interlocutor, que agitaba las manos haciéndome entender que ya habíamos llegado a nuestro destino. Estábamos en Berlín.
Abandoné la estación de Berlín Ostbahnhof en el lado Este de la ciudad y tomé la primera línea de metro. Intuitivamente me dirigí al río Spree. Merodee como un vagabundo alrededor del río. Dormí en su orilla durante un par de horas antes de emprender la búsqueda de un refugio para la fiesta en ciernes. Nada. Todo estaba ocupado en el centro de Berlín. La fiesta por venir había agotado las camas disponibles.
¿Recuerda a Margarita, la chica con la que solíamos mirar a las estrellas tumbados en el techo del viejo Fiat verde Sahara? Ella, buena chica, me reservó de emergencia, con su tarjeta de crédito, un hostal frente a la Rosa-Luxemburg-Platz en Berlin-Mitte, lugar de la memoria que le rinde homenaje a la revolucionaria socialista alemana. El Circus Hostel era un apacible edificio rodeado de discotecas techno y sex shops S&M. Salí a caminar por Unter der Linden, epicentro de la vida cultural berlinesa. Antes de llegar noté como las calles de esa parte de la ciudad evocaban figuras políticas de la RDA, la Alemania comunista. Estaba en Berlín oriental. Las huellas y traumas de medio siglo de férreo control comunista se hacían evidentes. En el Marx-Engels-Forum, fotografié a los viejos maestros del ‘Manifiesto’, que tanta influencia, para bien o para mal, habían ejercido en el destino de Alemania.
La Unter der Linden, con su kilómetro y medio de recorrido en medio de tiendas y museos, comienza justamente ahí, en la plaza Marx-Engels, donde con la 'isla de los museos' como intermedio, muere la Karl-Liebknecht-Straße, para convertirse en la ampulosa avenida que tantas veces recorrí.
Desde el puente de Schlossbrücke pude contemplar el río Spree y a sus orillas el Palast der Republik, sede del parlamento de la RDA, y desde donde en 1989 miles de berlineses exigieron a Erich Honecker reformas democráticas, una imagen que vista por televisión, me marcó de por vida. Mis pasos me llevaron de la 'Isla de los Museos' hasta la Plaza de París en el lado oeste de la Puerta de Brandenburgo, antigua vía de acceso a Berlín. Observé la selva artificial del Tiergarten, pero en vez de adentrarme en ella, me detuve en un detalle que cautivó mi atención.
III. Una larga línea de adoquín y concreto, empotrada en el piso, surcaba la ciudad de norte a sur. Parecía una cicatriz de guerra, y no estaba equivocado. Era la huella del muro que separó Berlín de 1961 a 1989. Me impactó. De inmediato visualicé lo que pudo haber sido esa barrera, física y política, que había servido de muro de contención al capitalismo. Derribado ese muro, el capitalismo se desbordó hacia el Este, colonizando esos espacios que aún le eran esquivos. La imagen de una Alemania dividida me llegó a la mente. Parado allí, bajo la cuadriga de la puerta de Brandenburgo, en pleno centro de Berlín, la capital de la gran Alemania, imaginé ese país como la víctima más representativa de ese inmenso matadero que fue el siglo XX. Esa herida que cruzaba Berlín como una dolorosa sutura en el rostro, era una huella de la memoria de un país que más que ningún otro sufrió por las divisiones y los conflictos ideológicos que marcaron el siglo. Las luchas económicas, políticas, sociales y culturales que marcaron el siglo que ya terminó, todas ellas separaron a este país cuya reunificación fue, en ese sentido, muy simbólica. La unión de Alemania, representó el fin de ese conflicto ideológico, económico y político que fue la Guerra Fría. La caída de ese muro representó el fin de una época de certidumbres que muchos ciudadanos de la antigua Alemania Oriental con los que conversé, aún añoran, y el comienzo de una era de incertidumbres, espectáculo y fin de todo metarrelato. Seguí la huella de adoquín, la huella de ese muro que me llevó hasta el Reichstag, desde cuya terraza contemplé el atardecer de ese largo 11 de julio.
Pocos tramos del muro se pueden ver hoy. Este desapareció casi en su totalidad, aunque algunos pedazos se encuentran hoy regados por todo el mundo, como dudosas reliquias de tiempos pretéritos. El muro, esa metáfora de separación, de segregación entre hombres y hombres, que por cierto no inventaron los alemanes ni dejan de surgir por doquier es, por lo menos en Berlín, parte del pasado. Aunque aún persiste una huella mental que insiste considerar dos Alemanias, especialmente entre los nacidos bajo el régimen de la RDA; aunque una de esas Alemanias vive de subsidios y otra los soporta con gesto adusto; aunque el ingreso de la antigua Alemania del Este es mucho menos que el ingreso promedio en el Oeste; aunque las antaño prósperas ciudades industriales del Este se han quedado como cascarones vacíos, como resultado de la hegemonía del sector servicios y el postfordismo; a pesar de todo ello, Alemania me pareció un país, al menos política y económicamente, integrado.

Del Reichstag la huella del muro, o lo que quedaba de él, me llevó al 'Checkpoint Charlie', el más conocido punto de paso entre las dos ciudades, y simbólicamente entre dos mundos, dos hegemonías, dos modelos ideológicos que lucharon agónicamente durante la guerra fría, ahora convertido en una atracción turística. Terminé mi recorrido de ese día en la galería al aire libre más grande del mundo la East Side Gallery, un trozo del muro de casi kilómetro y medio, donde artistas de todo el mundo pintaron 120 obras, las cuales fotografié en una película cálida y de baja fotosensibilidad. Estaba un poco deteriorada, armé un cigarrillo de tabaco, destapé una Warsteiner que tenía en el bolsillo interior de mi mochila y tomé la línea del Berliner U-Bahn, el metro de Berlín, que me dejó muy cerca de Alexanderplatz, desde donde caminé a mi hostal, no sin antes hacerme con algo de comida en un restaurante turco, donde mediante mi precario alemán y señas, pude comprar una pizza doblada como un porro. Dormí como bella durmiente. El otro día iba a estar agitado. Aquella noche, mi primera noche en Berlín, soñé que estaba encerrado en el Fernsehturm, con la ciudad abajo en llamas y la gente bailando mientras el fuego los consumía, y sus cuerpos achicharrados seguían agitándose ante un gabber sinestésico, un martillo hidráulico que deshacía a los bailantes en un torbellino de cenizas y polvo.

IV. Temprano en la mañana del doce, desayuné con un par de huevos y café en un local de la Plaza Rosa Luxemburgo, y luego me dirigí al Tiergarten; crucé el umbral que separaba dos mundos, justo al frente, o detrás (depende de cómo se le vea) de la Puerta de Brandenburgo y me encontré de frente con el Tiergarten, el equivalente berlinés del Parque Nacional, ese lugar de Bogotá donde solíamos pasar las tardes de sábado hablando de Hermann Buhl, Herman Goering y Germán Arciniegas, si es que me permite tal comparación, mi querido amigo.
Ya a esa hora la Straße des 17 Juni (calle del 17 de Junio) se encontraba llena de tiendas de artesanos que vendían camisetas, bongs, éxtasis herbal y, por debajo de cuerda, vitaminas de clorofila; había vendedores de todo tipo de frituras y embutidos tradicionales alemanes para ser arrastrados, tragadero abajo, por torrentes de red bull y cerveza; había viejos buhoneros con reliquias de la segunda guerra mundial y parafernalia y propaganda de la guerra fría. Uno de ellos, un veterano del ejército de Alemania del Este me ofreció un viejo casco de la guardia personal de Nicolae Ceauşescu; una granada sin pólvora marcada con la estrella del ejército rojo ruso; una cartilla escolar de los peores tiempos de la paranoia nuclear que mostraba la visión checoslovaca del ‘duck and cover’; una pipa que supuestamente había pertenecido a Lavrenti Beria; y un póster educativo escrito en armenio que mostraba a Stalin, el ‘padrecito de los pueblos’, envuelto en una toga de nubes, atravesado por rayos de luz, con la mano en el corazón y mirando a lontananza. Ilse, su hija, una estudiante de letras y literatura alemana de la universidad de Friburgo se me acercó. Intimamos. En un descuido de su padre nos perdimos entre un bosque encantado, para salir al otro lado del Tiergarten, a una estatua de Goethe, bajo cuya mirada nos dimos un beso.
A lo largo de la avenida y hasta la ‘columna de la victoria’ (Siegessäule), habían enormes camiones armados con sendos tornamesas Technics MkII, marca patrocinadora del evento, y chicas vestidas de menades de carnaval, trepadas en los capós, retorciéndose bajo el efecto de una locura mística, aún antes de emprender la marcha. La gente se agolpaba conforme pasaba el tiempo; en pocos minutos pasamos de unos cientos a decenas de miles; luego, fundidos en una amalgama humana que nunca antes mis ojos habían visto (der Spiegel hablaba de más de 750.000 personas) comenzamos a danzar, al ritmo de cientos de miles de beats que entraban a mis oídos como flechas provenientes de todas las direcciones posibles. DJs venidos de todas partes del mundo, desde Filipinas hasta la Patagonia chilena, ofrecían un ritual extático posmoderno, una salmodia de loops que nos llevó al delirio colectivo. Bailamos hasta llegar a la extenuación y al trance. Nos abandonamos al espíritu de la danza, un espíritu arquetípico, atávico, componente básico del inconsciente colectivo de las sociedades; nos entregamos a ese espíritu hedonista berlinés que ni el Tercer Reich ni el totalitarismo comunista pudieron aplastar.
Por más de 10 horas bailamos sin parar. Un techno fuerte, robusto, con un beat contundente, hacía temblar la cúpula del Reichstag. Mi camiseta con una leyenda que decía ‘Love Rules’ estaba empapada del sudor de 750.000personas, y yo, amigo del alma, parecía adorar estar allí, no quería estar en ningún otro lugar, más que en esa enorme arboleda en el centro de Berlín. Ilse, seguía allí, liando porros y besándome con su aliento a taurina y cigarrillo.
Nos perdimos, uno del otro, hacia el final de la fiesta, no se porqué. Sólo se que al girar la cabeza, ella ya no estaba allí. Sabía que nunca más la volvería a ver. Cuando terminó la música me fui a mear a un pequeño templete diseñado por Albert Speer, último y tímido vestigio de su arquitectura megalomaniaca; se apagaron las luces del Tiergarten y yo me desplacé hacia Potsdamer Platz, donde quería comer algo. Estaba muy cansado, pensaba en Ilse. Entré a un McDonald’s cerca al Sony Center; allí estaba Ilse, haciendo fila detrás de una pandilla de BDSM con extrañas máscaras de cuero, látigos y cadenas. Me vio, nos besamos, salimos del lugar tomamos un taxi para amanecer aniquilados, bebiendo vino australiano junto a un muro de ladrillo que cercaba un cementerio en Kreuzberg.
V. Fue por Ilse por quien prolongué mi estancia en Berlín. Por ella la ciudad quedará por siempre grabada en mi mente. Es la tercera vez que visito Alemania. Las dos primeras me enfoqué en Frankfurt y Munich, fueron visitas relámpago, de no más de 4 días. Esta vez, sabía que tenía que venir a Berlín. De alguna forma, tenía que conocer a Ilse.
Con Ilse recorrimos la región de Brandenburgo, visitamos a su abuela en Spandau y a su mejor amiga en Leipzig. Su abuela era una alemana polaca que todavía hablaba maravillas de la Deutsche Demokratische Republik, y de la política pública de los tiempos de Honecker. Preparaba un extraordinario estofado de pato con polenta, y relataba sus memorias con una dulce entonación, que animó aquel par de tardes que compartimos juntos. Bajo el encino de su patio trasero, Ilse me enseñó a Friedrich Hölderlin. Debo admitir que no lo conocía, pero la inmediatez de su poesía, el contacto íntimo con esa dimensión que Nietzsche llamara ‘dionisiaca’ y la delicada expresividad de una alienación buscada, me sedujeron desde la primera línea. Ilse amaba a Hölderlin, y lo conocía muy bien pese a que su tesis de licenciatura había versado sobre Max Stirner y la concepción postmoderna de sujeto. Su mejor amiga, Alice Hirschfeld, era historiadora del arte, enseñaba en un colegio de Leipzig a chiquillos de entre cinco y ocho años. Amaba a Durero y en los veranos, servía de guía en el ala de pintura germana de la Gemäldegalerie de Berlín. Se habían conocido en una marcha frente a la Universidad Humboldt. Se veían un par de veces al año, pero pude observar un profundo afecto entre las dos.
Ilse me llevó a las mejores librerías de Berlín. Recorrimos rastros, galerías y asistimos al teatro Gorky a una obra húngara que reflexionaba sobre el papel de la memoria en una sociedad post-holocausto y negacionista, a partir de la saga de tres generaciones de una familia húngara judía. Conocí el techno alemán a un nivel tan profundo, que pienso renovar completamente mi colección de vinilos. Su exnovio Gustav, era DJ en Tresor, una enorme discoteca. Pasamos tres intensas noches allí. La amé, usted sabe cómo soy, cómo somos. Pero no podía durar, no más de lo que podía durar mi estancia en Berlín. Ambos lo sabíamos.
Le conté algo de mi país. Se mostró interesada y desde luego sabía muy poco, lo cual aceptó con mucha vergüenza, no sin prometerme subsanar el vacío. Le hablé de nuestro pobre país, de sus heridas abiertas, de sus deudas históricas, de sus pasivos habitantes; pero también de su paisaje embriagador, del olor a tierra caliente en el valle del Magdalena, de la geografía fantástica de nuestro inconsciente colectivo, de nuestros mitos, leyendas y relatos inestables.
Nos despedimos anoche, en la estación del tren. Mi tiempo en Europa se acaba y debo pasar por Amsterdam antes de dirigirme a París. Quedamos de vernos allí, un par de días antes de regresar a nuestro país. La mañana está fría acá en Antwerp, un aire de tango inunda mi alma. Extraño Berlín, extraño a Ilse. A usted también lo extraño, por supuesto. Otra epístola lo esperará pronto en su buzón. Esta vez desde París. Que la ciudad le sea propicia.
Con cariño,
Marco.






