Como cada cuatro años, el mundial de fútbol atrae a millones de seguidores del masivo deporte-espectáculo, quienes sienten el certamen como una pausa en el ciclo de la rutina de la vida diaria. Unos más, unos menos, el mundial de futbol deja indiferentes a pocos quienes, aunque lo quieran, les resulta prácticamente imposible pasar el mes sin tener algún tipo de contacto con el calendario de partidos organizados por la FIFA. Este organismo supranacional, criticado junto con el Comité Olímpico Internacional a lo largo y a lo ancho del globo, por su pobre conciencia a la hora de seleccionar sedes para megaeventos deportivos, a pesar del entorno político o de la voluntad represiva de los gobiernos huéspedes, ha elegido en esta ocasión a Suráfrica, un país marcado por la segregación y la exclusión de la mayoría de su población, constituyéndose en el primer certamen de este tipo a celebrarse en suelo africano.
Un partido que llamó especial atención en la primera ronda y como parte del grupo D, fue el celebrado el día 18 de junio, entre las selecciones de Alemania y Serbia. Algunos recordaron las difíciles relaciones que han mantenido históricamente estas dos naciones. No hay que olvidar que la Primera Guerra Mundial se originó en la declaración de guerra que Alemania hizo contra Serbia y Rusia, apoyando al imperio austrohúngaro, tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando y su esposa Sofía Chotek en Sarajevo en 28 de junio de 1914, a manos del joven estudiante nacionalista serbio Gavrilo Princip. Posteriormente, en la segunda guerra, soldados del Tercer Reich invadieron Serbia, como parte del Reino de Yugoslavia, desmantelado tras la incursión alemana. El país es despedazado y Serbia, bajo ocupación alemana, quedó reducida más o menos a sus fronteras anteriores a 1912.
¿Que había cambiado desde esas dos guerras hasta ese certamen deportivo caracterizado por el juego rudo y un alto número de tarjetas amarillas? En realidad mucho. Para mostrarlo vamos a recurrir en este texto a los argumentos del sociólogo judío alemán Norbert Elías quien ofrece elementos de análisis que resultan totalmente pertinentes para analizar las transformaciones de las pulsiones orientadas a la guerra y la violencia, sublimadas en forma de certámenes deportivos.
En efecto en toda su producción académica pero de forma especial en su ‘gran libro’, El Proceso de la civilización (den Prozeß der Zivilisation), Elías evidencia cómo el estado actual de la cultura europea es el resultado de un largo proceso de autocontención de las emociones violentas que acompaña al proceso de consolidación de un monopolio de la fuerza y la violencia por parte de los estados europeos. Este proceso de centralización de la violencia en manos de los ejércitos estatales da la espalda a la fragmentación de la violencia de la Edad Media, época en la cual, las armas se encontraban disgregadas en toda la sociedad y ningún actor podía reclamar para sí, con éxito, el monopolio legítimo de la fuerza. Tal estado de guerra de todos contra todos, que hacía del hombre un lobo para el hombre, a decir del filósofo político inglés Thomas Hobbes, dio paso al Estado moderno, ese leviatán al cual cada ciudadano cede su derecho de matar, de asesinar, de eliminar físicamente al otro. El estado requiere de un ciudadano contenido, que haya interiorizado ciertas reglas de conducta y de moderación de las pulsiones más elementales, o en palabras de Elías, “la agresividad se ve hoy restringida y sujeta, gracias a una serie considerable de reglas y de convicciones que han acabado por convertirse en autocoacciones”. A lo largo de un proceso estructurado aunque inconsciente, hoy tenemos un sentido mayor de la contención, de la moderación y el cálculo de las emociones violentas. La agresividad, en el transcurso de unos pocos siglos, se ha transformado, ‘refinado’, ‘civilizado’, “y únicamente se manifiesta algo de su fuerza inmediata e irreprimible bien sea en sueño, bien en explosiones aisladas que solemos tratar como manifestaciones patológicas”. La descarga violenta del caballero en la guerra, se sublima y no desaparece sino que se transforma. El Estado requiere un control social más intenso que antaño, donde el ciudadano domine las manifestaciones de crueldad, la alegría producida por la destrucción, la muerte y el sufrimiento ajeno, así como la afirmación en la guerra de la superioridad física. En la Edad Media no existe ninguna fuerza de carácter penalizador que sanciones la violencia; en esta sociedad no hay ningún poder central que sea suficientemente fuerte para obligar a los seres humanos a contenerse; en tal tipo de sociedad el comportamiento violento forma parte de la estructura social convirtiéndose en necesario e incluso razonable.
Hoy esa conducta es inaceptable y constituye un proceso tanto a nivel macrosociológico como microsociológico, presentándose una correspondencia entre la estructura social y la estructura emotiva. Según Elías, “cuando en una y otra zona crece la fuerza de un poder central; cuando se obliga a los seres humanos a convivir en paz en un territorio más o menos amplio, entonces va cambiando de modo paulatino la configuración de las emociones y las pautas de los afectos”. Para este autor, una vez que se ha consolidado el monopolio estatal de la fuerza, “no todo el mundo puede procurarse el placer de la agresión corporal, sino solamente algunas instancias legitimadas por los poderes centrales”. Las instancias más evidentes son las fuerzas armadas en los conflictos intra e internacionales. No obstante, hoy estos conflictos, gracias a la tecnología “se han convertido en algo impersonal y ya no producen las descargas emotivas con la inmediatez y la intensidad de la fase medieval”, el guerrero del mundo contemporáneo no puede dar rienda suelta a su sentimiento de placer ni siquiera en la guerra.
Sin embargo la más aceptada y legitimada de estas instancias es la confrontación deportiva, principalmente en el marco de grandes acontecimientos internacionales como los mundiales de futbol y en partidos como los de Alemania-Serbia, en los que se pone en juego gran parte de lo que describe Elías como proceso de civilización de la violencia. En el deporte se pone en práctica una forma socialmente aceptada de combatividad y agresividad; en él, “la violencia adquiere un carácter simbólico que permite eludir la agresión material que atenta contra la integridad de los individuos y de los pueblos”. Pensemos por un momento en el boxeo, un deporte donde se enfrentan dos contrincantes, a quienes se les permite descargar emociones violentas, mientras una pasiva audiencia contempla el espectáculo. Según Elías, esta capacidad para experimentar emociones con la simple contemplación, o incluso con la pura audición, como en el caso de la transmisión radial, es un rasgo especialmente característico de la sociedad civilizada. Al hombre civilizado se le prohíbe agarrar de modo espontáneo lo que ama u odia, por ello sentidos como el tacto y el olfato se van atrofiando a favor de un nuevo sentido, el sentido de la sociedad del espectáculo, la vista. Ese es el cariz que tienen los grandes espectáculos deportivos como el mundial de futbol, convertirse en escenarios legitimados de confrontación donde los seleccionados, ejércitos portadores de la identidad nacional, reemplazan a los ejércitos en una lógica sin sangre producto de una mayor sensibilidad hacia la muerte. A pesar de que el proceso de civilización de la violencia puede avanzar y retroceder, no obstante, si se advierte una dirección y un sentido hacia una mayor contención de las emociones sangrientas; y el fútbol, como cualquier certamen deportivo pero de forma muy intensa dado su carácter masivo, se manifiesta como una arena privilegiada de violencia sublimada. Por ello, es que torneos como la copa mundial de fútbol se “constituyen el vehículo social para transferir un estado amenazante de guerra a un campo donde la violencia se minimiza partir de reglas de juego compartidas”. El futbol y los certámenes deportivos se convierten en arenas de una violencia simbólica que reemplazan a la violencia física presencial y sus descargas emotivas de placer por medio de la agresión. Al consolidarse un monopolio de la violencia legítima, esta es ejercida por un grupo de especialistas y desaparece de la vida de los demás, surgiendo espacios que operan como válvula de escape a la agresión, donde se producen ‘luchas miméticas’. Como tal, el mundial de futbol entonces representa un cambio social, una nueva estructura de la sensibilidad contemporánea, la cual manifiesta un elevado nivel de rechazo ante la violencia y de disgusto frente a la crueldad.
Fue eso lo que se observó en el partido Alemania-Serbia. Una violencia simbólica que evidenciaba lo mucho que han cambiado las cosas desde 1914. Ahora Alemania no invadía el territorio serbio sino el campo de juego rival. Un andamiaje de normas, las ‘leyes de la guerra’, impiden que ahora Alemania o cualquier país declare la guerra a otro Estado, sin desatar de inmediato enormes consecuencias en un mundo crecientemente marcado por la interdependencia y el ‘efecto mariposa’. Ahora Alemania se enfrentaba a una Serbia que defendía su campo como si del propio territorio ante una invasión turca se tratara. Los alemanes por su parte, empujaron con fuerza sus líneas ofensivas como cruzando los sudetes con la Wehrmacht, encontrando en territorio serbio una respuesta ofensiva que les llevó a obtener una apretada victoria por 1 a 0. Tras una expulsión de Miroslav Klose, los alemanes se turbaron lo cual permitió el tanto serbio. Alemania llegó con mucho peligro al arco del equipo del este de Europa, pero la defensa fue tan cerrada que no permitió a Alemania concretar ningún tanto.
El partido fue particularmente intenso. El árbitro español Undiano Mallenco mostró 9 tarjetas amarillas y una roja, más que en ningún otro encuentro de este Mundial; los jugadores descargaron en el campo una emoción que se vio en pocos partidos de este certamen deportivo. Todo un despliegue de nervios y estado físico. De no haber sido futbolistas, los jugadores de ambos equipos pudieron haber sido soldados luchando por defender esas ficciones por las cuales uno da la muerte, las naciones; que demostraron en este mundial seguir vivas como motor generador de identidades y de emociones sublimadas, ya no en el fragor de la batalla, sino tras una forma esférica compuesta de hexágonos y pentágonos cosidos, pegados o también vulcanizados, de 70 centímetros de circunferencia y 450 gramos de peso: el balón de fútbol. Mucho de lo que dijo Elías frente al deporte se puso en juego en ese encuentro.