domingo, 15 de mayo de 2011

Bolivia

Que difícil es hablar de los grupos humanos sin caer en el esencialismo, ese pecado capital según el cual existen esencias inviables e inmutables, estructuras definitorias de los conglomerados sociales. No obstante, quisiera escribir sobre Bolivia, asumiendo un esencialismo estratégico, y esbozar lo que, tras tres viajes a este país, son mis impresiones personales sobre este estado nacional que no en vano ha sido denominado el “Tíbet de América”.

Bolivia es un país que desde siempre ha luchado por mantener su unidad y su autonomía. Lo que durante la colonia se conoció como el “alto Perú”, constituye en realidad un variado mosaico de climas, regiones y culturas que, como cualquier país, impide hablar de una única Bolivia. Existen múltiples bolivias. Esta fragmentación es tal vez la principal riqueza del país (por encima de sus inmensas fuentes de metales y de gas natural) pero también su mayor reto. La nación, ese artificio de las clases dominantes es aún más ficticia en Bolivia; existen pocos mínimos comunes denominadores que permitan pensar a Bolivia como una “comunidad imaginada”. Es decir, por motivos étnicos, políticos y económicos, con mucha dificultad los bolivianos se sienten en comunión con la misma identidad nacional.

La fragmentación regional no es particular de Bolivia. Excepto Chile y Argentina (que viven sus propias fracturas), todos los países andinos se distinguen por tener sus territorios fragmentados por zonas bióticas y geográficas entre las que se destacan las costas, las cierras y las selvas y llanos en los casos de Venezuela y Colombia. Bolivia no tiene costa, pero sí una muy fuerte fragmetación entre la sierra occidental, y las selvas y planicies del nororiente del país. Esta fragmentación ha devenido en un fuerte clivaje político en el cual ha cristalizado una fuerte oposición entre estas dos regiones naturales; grieta que se ha ahondado con la presidencia de Evo Morales Ayma y su discurso radicalizado hacia un reforzamiento de la hegemonía de La Paz y la sierra.

Desde siempre ha existido una rivalidad política entre la Paz y Sucre. Aunque Sucre es la sede del poder judicial, La Paz ha usurpado la mayoría del poder político y financiero, y es hoy por hoy, la capital de facto del país (no obstante, todos los sucreños con los que he conversado, sostienen que la gobernabilidad del país reside allí, en Sucre). Esto ha causado un enorme problema político, manifiesto en las intenciones y voluntades autonomistas de los prefectos y la clase política en general de cuatro de los nueve departamentos del país: Tarija (departamento que alberga la segunda reserva de gas natural de América), Santa Cruz, Beni y Pando. Aunque, a la fecha, el conflicto parece estar en una tensa calma, al mismo tiempo una solución definitiva parece por ahora inalcanzable: Evo sigue con su constitución (que establece un fuerte control centralizado en La Paz) y los departamentos rebeldes con sus planes autonomistas. A pesar de esta calma aparente de los últimos meses, el caos político subyace en el país. El caos es la esencia del país político, su acto fundacional como república.

Como parte del Perú, Bolivia gana su independencia de España en 1824. No obstante, fuerzas leales a la corona se rebelaron contra la fuerzas “patriotas” sumiendo al país en una pequeña guerra civil. Tuvo Bolívar que mandar a su fiel perro el mariscal Antonio José de Sucre para poner fin a la rebelión. Sucre y una fuerza expedicionaria logran una cierta estabilidad que es aprovechada por las élites del “Alto Perú” para proclamar la independencia del país que en honor al padrecito de los pueblos americanos pasó en adelante a denominarse Bolivia. Tres anos más tarde, Andrés de Santa Cruz, tomó el poder formando una confederación con el Perú, lo cual detonó la furia de Chile, cuya armada derrotó a Santa Cruz en 1839, rompiendo la confederación y llevado al país a un marasmo que llegó al clímax en 1841 cuando tres diferentes gobiernos reclamaban simultáneamente el poder. La inestabilidad política ha sido desde entonces constante. Hasta hoy, tras 184 años de vida republicana, el país ha soportado 194 cambios de gobierno, terribles dictaduras que han apagado la protesta social y enormes pérdidas territoriales.

Sea por guerra o por diplomacia, Bolivia ha perdido una enorme cantidad de territorio que le ha llevado a ser esa república enclaustrada que es hoy día. De triste recuerdo para la memoria colectiva del país, sus cruentas guerras contra Chile (que le llevó a perder su añorada salida al mar) y ante Paraguay, la denominada guerra del Chaco, que, con un saldo del 80 mil muertos representó la perdida del llamado Chaco boreal. Hoy, Bolivia es la mitad, territorialmente hablado, de lo que debió haber sido. Los chilenos siguen explotando la puna de Atacama y los paraguayos la zona del Gran Chaco.

La melancólica, pero a la vez extrañamente festiva, psique nacional aún resiente estas perdidas y sigue adelante a pesar del desorden político. Los años mostrarán qué le espera a esta triste Bolivia indiana, blanca y a la vez mestiza, siempre esperando tiempos mejores para alcanzar el anhelado desarrollo social, económico y político.

La Paz, Junio 10 de 2009.

miércoles, 11 de mayo de 2011

De política ‘ligera’: internet, redes sociales y democracia.

Uno de los aspectos que más llama la atención frente al crecimiento acelerado de las llamadas ‘redes sociales’ es el impacto que estas tienen sobre la política. Ante la crisis generalizada de la democracia representativa, y la desconfianza creciente de los ciudadanos de todo el mundo frente a la política y sus promesas, el fenómeno del internet y las redes sociales, puede tener un impacto evidente en la fenomenología política, pero ¿Cuál es realmente ese impacto? ¿Se trata de una influencia determinante, capaz de alterar las nociones sobre lo político, que heredamos de los griegos de hace dos mil quinientos años? ¿O se trata más bien de una relación espúrea?

Una interesante respuesta a estas preguntas se plantea el investigador de origen bielorruso Evgeny Morozov, quien se muestra escéptico ante el potencial de Internet y las redes sociales para alterar de forma significativa la política. Ante los reclamos de los cyber-utopistas que defienden las potencialidades de facebook y twitter para generar un nuevo tipo de ciudadano y una forma espontánea, nunca antes vista, de movilización, que puede transformar positivamente la democracia, Morozov considera que estos argumentos son, al menos, ingenuos. Esta es la principal tesis extraída de The Net Delusion: The Dark Side of Internet Freedom, texto en el que Morozov engrosa las filas de los cyber-escépticos, aquellos que desconfían de los argumentos utopistas y tecnofílicos, referidos a las supuestas virtudes democráticas inherentes a las nuevas tecnologías.

Para Morozov, la revolución no será twitteada, ni aparecerá en los mensajes de estado ni en las fotos que inundan facebook. Para este autor, las redes sociales no sirven para luchar contra el poder. Por el contrario, como toda nueva tecnología en una sociedad del riesgo como la que vivimos, internet es un arma de doble filo, usada tanto por los defensores de la democracia, como por sus enemigos.

Los analistas políticos quienes hemos contemplado las recientes revueltas en el mundo árabe -que tienen su antecedente más inmediato en las protestas en Irán tras las elecciones que en junio de 2009 llevaron a la reelección de Mahmud Ahmadineyad-, hemos notado la existencia y la persistencia de un discurso que atribuye a las redes sociales la razón de ser de las revueltas. Así, en estos discursos twitter y facebook son explicaciones, necesarias y suficientes, de las movilizaciones, en tanto vehículos de coordinación, y difusión de información. Ante lo que está sucediendo en Túnez, Egipto, Libia, Yemen, Siria y otros países del mundo islámico, los optimistas del internet alegan que las redes sociales son la causa primera, el Primum Mobile de las revueltas y que estas no hubieran tenido lugar sin los trinos, las imágenes y las convocatorias difundidas a través de la red. Sin embargo, para Morozov esta visión puramente optimista de las redes sociales es falaz. Y esto es así, porque no permite ver todas las dimensiones de la fenomenología política después del advenimiento de las redes sociales.

Como afirmó recientemente Andrés Hax, en un artículo para el suplemento cultural del diario Clarín, el libro de Morozov es un ataque sistemático contra el cyber-utopismo. El autor comienza su relato con las revueltas de junio del 2009 en Irán. Morozov identifica ese evento como el momento decisivo de los discursos utopistas de las redes sociales, concretamente, el momento en que un periodista llamado Andrew Sullivan posteó un artículo en un blog de la revista The Atlantic, titulada “La revolución será twitteada.” Se trata del surgimiento de esta –según su óptica-, mentira según la cual facebook y Twitter son el nuevo adoquín, las nuevas armas de los potenciales revolucionarios democráticos en regímenes autocráticos.

Desde lo acontecido en Irán, este nuevo discurso cyber-utopista se ha ubicado con suma comodidad en los medios y en los espacios de los opinion makers. Se trata de un discurso maniqueo y con poca fuerza analítica, el cual no permite ver que los mismos líderes que son los blancos de estas revueltas -los tiranos de viejo y nuevo cuño-, también hacen un uso sumamente sofisticado de Internet con fines políticos como el control, la represión, la propaganda y la censura. Las nuevas tecnologías, no son buenas ni malas en esencia o por naturaleza. Son lo que son, neutras y amorales. Sus vicios o virtudes no radican en sí mismos, sino que dependen de quien las usa.

El discurso cyber-utopista puede resultar muy nocivo para la política si no se le usa de forma reflexiva. Las ciencias sociales también han caído bajo el efecto de la seducción del mito. Un mito con mucha fuerza mediática pero poca fortaleza conceptual, comprensiva y explicativa. Internet no es simplemente la tierra sin dueño que los defensores de la política vía redes sociales quieren hacer ver. Internet también puede ser controlado por tiranos de baja calaña. La tecnología, ambigua y amoral en su estructura, puede ser tan aliada de la libertad como del control, la vigilancia y la disciplina, una verdad que escapa a la visión de los cyber-optimistas.

Asignarle a las redes sociales un papel esencialmente liberador es pedir naranjas al olivo. Desde luego, la protesta popular ya existía en la era pre-2.0. Ni los sans-culottes, ni los pequeño burgueses y proletarios de las comunas parisinas del siglo XIX, ni los estudiantes en el latin quarter del 68, tenían perfil en Facebook ni exponían su pensamiento encorsetado en textos de 140 caracteres. Los movimientos sociales y sus demandas trascienden los soportes tecnológicos con los que difunden sus mensajes y acceden a nuevos miembros. No se trata de rechazar las nuevas tecnologías ni proponer un regreso a una política aséptica en términos de tecnología; tampoco de anunciar una amenaza ineludible de ficción orwelliana; ni mucho menos desconocer el papel sin duda importante que tienen en la vida contemporánea y en la dinámica política. No. De lo que se trata es de abandonar toda pretensión de rígido determinismo tecnológico que poco aporta en la necesaria comprensión de la complejidad de la fenomenología política en la modernidad tardía o líquida.

Evidentemente, estar completamente off-line no es una opción. Los llamados ‘nuevos movimientos sociales’, independiente de su carácter o la naturaleza de su demanda reivindicatoria, no pueden simplemente desentenderse de las posibilidades de Internet y la socialización en red. Los movimientos sociales, más allá de cuestionar la utilidad o inutilidad de internet, las redes sociales y las nuevas tecnologías, deben estar atentos a su función, interrogando cuidadosamente el papel de estas en nuestra sociedad, nuestra política y nuestra vida privada.

El problema, por tanto, no radica en las tecnologías mismas. El problema radica, a nuestro modo de ver, en los sujetos. Ante los reclamos del advenimiento de un nuevo tipo de sujeto, resultado del modelo nodal de la red, son muchos los que se muestran escépticos. Es fácil darse cuenta que la política ha caído en la lógica de la sociedad del espectáculo. Las nuevas tecnologías han fomentado que la política, antes espesa y pesada si haya convertido en algo ligero a través de las pantallas. El surgimiento de la política espectáculo signada por la falta de profundidad, el desdibujamiento ideológico y el desvanecimiento de la razón utópica, ha estado acompañado, paradójicamente, del nacimiento del cyber-utopismo. Las redes sociales hacen lo suyo en este proceso.

Por un lado, la política vía facebook no pasa de ser una mera sucesión de posts, en la que se obedece a la lógica del escándalo mediático del día o a la golpiza filmada por un camarógrafo furtivo, cuya intensa movilización en contra deja pocas huellas pocos días después. El resultado a largo plazo no es otra cosa que la indiferencia y la apatía. Hay mucha distancia entre la fuerza vinculante de la movilización del pasado y lo efímero de la movilización de las redes sociales. A pesar de sus potencialidades, la realidad es que la movilización vía Facebook es tan ligera que se diluye rápidamente y pocos aportes ha alcanzado en el problema del ‘déficit democrático’, y en propósito de lograr un retorno de lo político que apunte a una democracia radical. Facebook entonces, es el medio de activismo adecuado para una generación apoltronada frente a una pantalla, se trata de un nanoactivismo que poco hace para transformar la realidad social, local, nacional y global. Mientras la democracia representativa se apaga, Facebook da una falsa sensación de estar entrando en la tan mentada era de la democracia directa, un retorno a la antigüedad con las herramientas de la posmodernidad.

El caso de twitter no es muy distinto. Mucha distancia media entre la cultura impresa panfletaria, que acompañó las revoluciones burguesas y proletarias de la primera modernidad y el efímero mensaje encorsetado en textos de 140 caracteres. Aunque twitter se ha convertido en una herramienta indispensable para el discurso político, la naturaleza de este discurso y del debate político en las democracias contemporáneas sigue empobrecido. Hoy por hoy, es casi una obligación para todo político tener una cuenta en twitter, pero esto no ha reforzado el vínculo, ya bastante gaseoso, entre gobernantes y gobernados. La fuerza de este vínculo va más allá de la información que puedan tener los últimos frente a los primeros. Más información no significa mayor responsabilidad de los elegidos frente a sus electores. La democracia exige más que nuestros gobernantes nos mantengan informados de cada paso que dan en su vida diaria, en pequeños mensajes de 140 caracteres. Twitter demuestra que la gente puede tener mucha información acerca de sus gobernantes y de lo que pasa en el mundo, y al mismo tiempo, pocas herramientas prácticas para mejorar los vínculos políticos y actuar en la transformación creativa del mundo. Al igual que sucede con Facebook, la promesa de una ‘ciudadanía digital’ vía twitter parece, de momento, nada mas que una ingenua promesa.

Por todo lo anterior, podemos afirmar que no hay nada intrínsecamente liberador en la tecnología. Asimismo, no hay una relación necesaria entre la libertad y las redes sociales. Siguiendo con el texto de Morozov, podemos afirmar que participar en las redes sociales no es resistir, no es organizar, no es liberarse […] La Red es un panóptico digital. Y nosotros no somos los vigilantes, somos los vigilados’.

Las nuevas tecnologías, Internet y las redes sociales, por tanto deben ser analizadas de forma proporcionada para evaluar la medida de su verdadero impacto en la política y en la democracia. Aunque se encuentran muy cerca del modelo de democracia directa que se propone como respuesta a la crisis de la democracia representativa, los rezagos de esta última se hacen sentir con fuerza; por ello, ha sido difícil ingresar las nuevas tecnologías en la vida pública excepto en la creación ubicua de bases de datos y perfiles de los ciudadanos, y el voto electrónico probado con irregular éxito en algunas democracias.

En 1989, Ronald Reagan proclamó: ‘el Goliat del totalitarismo será derribado por el David del Microchip’ . Se trata de una visión maniquea que no permitía ver que ni el fuego, la rueda, la máquina a vapor, el motor de combustión interna, el microchip, el Internet ni los aceleradores de partículas, tienen una moral intrínseca. Son ética y políticamente neutrales. La evaluación que podamos hacer de su uso es otra cosa. Por ello, Reagan no podía ver que las tecnologías pueden tener aristas, tanto liberadoras como coercitivas. Tiranos y movimientos emancipatorios pueden utilizar la tecnología en su propio beneficio. Y lo están haciendo. Como se desprende el informe del Carnegie Endowment for International Peace, mas que doblar las campanas del autoritarismo, la difusión global de internet presenta tanto oportunidades como retos para los regímenes autoritarios.

Todo ello resulta del hecho que, no hay una relación de causa entre las redes sociales y los movimientos liberatorios como los que asistimos en el mundo árabe desde enero de este año. Los discursos cyber-ingenuos, que señalan la verdad ontológica de esta relación causal, desaciertan al no reconocer la ambigüedad inherente a la tecnología. No se trata de caer en el otro extremo de la dicotomía. La tecnofobia resulta anacrónica e impensable en el momento actual. La política ya no puede desentenderse de lo que ocurre en el tejido nodal de Internet. Falta ver el verdadero potencial de las redes sociales en el propósito de construir una sociedad no solo segura, sino sobre todo, justa. Es aún temprano para hacer un juicio determinante, pero sí se puede asegurar que la democracia poco se ha enriquecido de su existencia. La movilización política light, donde el voto y la participación en la asamblea popular han sido remplazados por el trino y la publicación de una ‘causa’ en el perfil (la causa como mecanismo efímero de constitución de identidad), debe dar paso a formas de relación social y política que conlleven a un enriquecimiento de la democracia. El discurso de los cyber-utopistas no fortalece el debate democrático y no permite ver el fenómeno del internet y las redes sociales en su justa dimensión. No debemos esperar de ellos que solucionen las hambrunas en Africa; ni que desmantelen el aparato burocrático en países como China y Corea del Norte; pero tampoco debemos permitir que conviertan el drama social y político en un simple espectáculo. La militancia vía facebook o twitter debe ir más allá del Click, desafortunadamente el soporte tecnológico de estas plataforma, cerrados al control externo por parte de los usuarios, no ha permitido otra cosa, excepto algunas excepciones.

Aunque Internet ha tenido un importante papel en la transmisión de información que antes no estaba disponible para los sujetos de regímenes autoritarios, al igual que en la difusión de causas globales; aunque ha servido para exponer abusos a los derechos humanos y servir de caja de resonancia de la sociedad transparente; a pesar de que el fenómeno wikileaks ha sido fundamental en el surgimiento de una sociedad ‘transparente’; y aunque han sido instrumentos de movilización política, desde Ucrania hasta Birmania, no es sensato ingresar a las filas de los cyber-utopistas. Como lo afirma el mismo Morozov, ‘el cambio de regímenes autoritarios mediante el text messaging puede parecer realista en el ciberespacio, pero ningún dictador ha caído vía second life’. Para el autor que nos sirvió de pre-texto para iniciar este escrito, el mayor problema a la hora de entender la relación entre democracia e Internet, radica en distinguir causas y efectos, una empresa especialmente difícil por la grandilocuencia de la prosa de los deterministas tecnológicos, que frecuentemente anula las posibilidades de un análisis sobrio. Si los gobernante caen no es porque los ciudadanos tengan perfil en facebook, es porque son tiranos y, como la fruta madura, las tiranías caen por su propio peso. Si el gobierno de Hosni Mubarak cayó, no fue por la disponibilidad de teléfonos celulares dotados de cámaras fotográficas y de video; ni por los mensajes de texto en Blackberry; fue porque su gobierno, y el de muchos tiranos en todos los rincones del mundo que ahora tiemblan ante la fuerza de las movilizaciones, era lo más divergente de una república, una democracia o un estado garantista de derechos. La razón por la que caen los tiranos debe buscarse en la naturaleza misma de la tiranía.

La respuesta a la pregunta por si Internet nos lleva a la acción política o nos hunde más en el sillón frente al computador, sigue sin resolverse. Lo mismo la respuesta por los incentivos de Internet en nuestra motivación a actuar políticamente. Sólo un debate, alejado de los condicionamientos nocivos de las posiciones optimistas y pesimistas de Internet y las redes sociales, puede llevar a un diálogo equilibrado que dé respuesta a estas importantes preguntas.