miércoles, 14 de julio de 2010

Colombia (declaración de amor a la distancia).

Inspirado en La Patria, de Jorge Lanata.

Densa, tensa, incluso aceitosa, con pocas estrellas y la tenue luz del 'otro' lado de la luna, alumbrando la hoja de papel. En esta fresca noche porteña, a la distancia, te evoco Colombia. Te quiero paisito a medias, apenas podría llamarte sociedad. Pedazo de tierra arrojada a su suerte, abandonada por Dios. Agregado de almas en pena, atravesando una ordalía de 2 siglos, de 5 siglos. Esquina pobre de un continente pobre, bañada por dos océanos y por un mar de sangre. País humillado, la caca del mundo, país arrastrado; quemándote a fuego lento, hundiéndote el aguijón in secula seculorum; país de doctores, titerillos y arreglos bajo la mesa al calor de un tintico. Patria de culebreros y contratistas; de mafiosos glorificados en la tele; de sicarios y putitas; de reinas y futbolistas; vicecampeón del mundo en cualquier cosa, en lo que salga: miss universos, desplazados, himnos nacionales, biodiversidad, viveza, tragedia y certámenes deportivos. Te quiero pañuelo sucio, con tu bandera que nadie distingue de la venezolana o la ecuatoriana; tu himno incomprensible para todos tus hijos; país parido por dos padres: uno con delirios napoleónicos y el otro leguleyo, del cual heredaste esa horrible costumbre de violar la ley; de hacerte bella en la ley, pero irrespetarla al mismo tiempo, después de las once de la noche.

Te quiero, cascarón de huevo sin contenido; relato frágil, retazo de mentiras y mitos, de verdades comprobadas en ninguna parte. Crisol de razas sancochadas en la exclusión, en la negación; paisito que te miras al obligo y te crees el centro del mundo. País de gigantes tratados como enanos; país querido, sentimiento íntimo, nación ilusa, que te jactas de ser 'el país pobre más rico del mundo'.

Te quiero, cobija en la que cabemos pocos y donde muchos caen de la cama. Ser colombiano es postergar la vida, la felicidad siempre está por llegar, pero no llega. Ser colombiano no es un acto de fe. No. Ser colombiano es desear; ser colombiano es mirar al horizonte esperando que nuestros hijos sí puedan vivir en un país de oportunidades. Ser colombiano es esperar la tierra prometida, la edad de oro, el porvenir siempre por venir. Ser colombiano es vivir en el mañana, como un perro persiguiéndose la cola, condenada a vivir tu eterno retorno.

Te quiero país de fiestas y conmemoraciones; de estatuas, mausoleos y fuego eterno ; país que te regodeas en un pasado glorioso pero vacuo, el cual discrepa de un presente siempre incierto y un futuro sin forma. Siempre agachando la cabeza; siempre a la espera del próximo puente festivo; para pegarte la rodadita al valle del magdalena, a 120 por hora, ebrio y aspirando el aroma de la tierra caliente. Parménides tenía razón, en ti nada cambia. Nada te conmueve, nada te despierta. País inengendrado, inestremecible, inmóvil, increíble. País tirado a la vereda, con tu suelo lleno de pólvora; y con tu cielo, que también se llena de pólvora cada fiesta patria ¿Qué celebras Colombia? ¿Crees que eres libre? ¿Crees que los esclavos obtuvieron la libertad en 1819, que las mujeres fueron ciudadanas y obtuvieron su igualdad en esa fecha? Malas noticias, eres un proyecto inconcluso, una idea mal concebida, un capricho de nuestros gobernantes. La horrible noche no ha cesado y los dolorosos surcos siguen abiertos; el bien tarda tanto en germinar que la inmarcesible gloria parece una promesa más de tus políticos.

Te quiero país desnudo que sueña con ser algo; te quiero en las cimas de tus montañas, pero también allá abajo, en el fango de los golpeados, de los desplazados, de los millones de indigentes, de quienes no tienen que darle al Estado mas que hijos para alimentar la guerra; te quiero en tus pueblos y ciudades; en tu fría capital donde nadie ayuda a nadie; en la plaza de Bolívar donde ronda la muerte vestida de cuello blanco. Te quiero país saqueado, asaltado, robado y escupido. País de delfines, sapos y lagartos; país de presidentes que han sido hijos y nietos de presidentes. País sin rostro, país anónimo, no te conocen ni tus vecinos; país temido, país requisado; país cuya tarjeta de identidad ante el mundo es tu barbarie, tu rosario de tragedias; tu mágica realidad salpicada de bombas y masacres.

Pero te quiero país de barro, y otros también te quieren, y algo saldrá de este sentir. Algún día te sacudirás tus plagas; y te reconocerás en la voluntad de ser tú misma, tan gaseosa, tan indefinible, tan maravillosamente esquiva. Tu, que siempre te resbalas entre mis dedos. Colombia, eres más que tus símbolos, hay que soñar para conocerte; escapas a la lógica; emanación inconsciente de millones, sueño transformado en pesadilla. Te quiero país de cartón mojado; te quiero sin esperanza y sin perdón, y sin esperar nada a cambio; sin vuelta y sin derecho; nada más que de lejos y amargado…y de noche.

lunes, 5 de julio de 2010

Fútbol, civilización de la violencia y control de la agresividad: Alemania contra Serbia en el mundial de Suráfrica 2010

Como cada cuatro años, el mundial de fútbol atrae a millones de seguidores del masivo deporte-espectáculo, quienes sienten el certamen como una pausa en el ciclo de la rutina de la vida diaria. Unos más, unos menos, el mundial de futbol deja indiferentes a pocos quienes, aunque lo quieran, les resulta prácticamente imposible pasar el mes sin tener algún tipo de contacto con el calendario de partidos organizados por la FIFA. Este organismo supranacional, criticado junto con el Comité Olímpico Internacional a lo largo y a lo ancho del globo, por su pobre conciencia a la hora de seleccionar sedes para megaeventos deportivos, a pesar del entorno político o de la voluntad represiva de los gobiernos huéspedes, ha elegido en esta ocasión a Suráfrica, un país marcado por la segregación y la exclusión de la mayoría de su población, constituyéndose en el primer certamen de este tipo a celebrarse en suelo africano.

Un partido que llamó especial atención en la primera ronda y como parte del grupo D, fue el celebrado el día 18 de junio, entre las selecciones de Alemania y Serbia. Algunos recordaron las difíciles relaciones que han mantenido históricamente estas dos naciones. No hay que olvidar que la Primera Guerra Mundial se originó en la declaración de guerra que Alemania hizo contra Serbia y Rusia, apoyando al imperio austrohúngaro, tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando y su esposa Sofía Chotek en Sarajevo en 28 de junio de 1914, a manos del joven estudiante nacionalista serbio Gavrilo Princip. Posteriormente, en la segunda guerra, soldados del Tercer Reich invadieron Serbia, como parte del Reino de Yugoslavia, desmantelado tras la incursión alemana. El país es despedazado y Serbia, bajo ocupación alemana, quedó reducida más o menos a sus fronteras anteriores a 1912.

¿Que había cambiado desde esas dos guerras hasta ese certamen deportivo caracterizado por el juego rudo y un alto número de tarjetas amarillas? En realidad mucho. Para mostrarlo vamos a recurrir en este texto a los argumentos del sociólogo judío alemán Norbert Elías quien ofrece elementos de análisis que resultan totalmente pertinentes para analizar las transformaciones de las pulsiones orientadas a la guerra y la violencia, sublimadas en forma de certámenes deportivos.

En efecto en toda su producción académica pero de forma especial en su ‘gran libro’, El Proceso de la civilización (den Prozeß der Zivilisation), Elías evidencia cómo el estado actual de la cultura europea es el resultado de un largo proceso de autocontención de las emociones violentas que acompaña al proceso de consolidación de un monopolio de la fuerza y la violencia por parte de los estados europeos. Este proceso de centralización de la violencia en manos de los ejércitos estatales da la espalda a la fragmentación de la violencia de la Edad Media, época en la cual, las armas se encontraban disgregadas en toda la sociedad y ningún actor podía reclamar para sí, con éxito, el monopolio legítimo de la fuerza.[1] Tal estado de guerra de todos contra todos, que hacía del hombre un lobo para el hombre, a decir del filósofo político inglés Thomas Hobbes, dio paso al Estado moderno, ese leviatán al cual cada ciudadano cede su derecho de matar, de asesinar, de eliminar físicamente al otro. El estado requiere de un ciudadano contenido, que haya interiorizado ciertas reglas de conducta y de moderación de las pulsiones más elementales, o en palabras de Elías, “la agresividad se ve hoy restringida y sujeta, gracias a una serie considerable de reglas y de convicciones que han acabado por convertirse en autocoacciones”.[2] A lo largo de un proceso estructurado aunque inconsciente, hoy tenemos un sentido mayor de la contención, de la moderación y el cálculo de las emociones violentas. La agresividad, en el transcurso de unos pocos siglos, se ha transformado, ‘refinado’, ‘civilizado’, “y únicamente se manifiesta algo de su fuerza inmediata e irreprimible bien sea en sueño, bien en explosiones aisladas que solemos tratar como manifestaciones patológicas”.[3] La descarga violenta del caballero en la guerra, se sublima y no desaparece sino que se transforma. El Estado requiere un control social más intenso que antaño, donde el ciudadano domine las manifestaciones de crueldad, la alegría producida por la destrucción, la muerte y el sufrimiento ajeno, así como la afirmación en la guerra de la superioridad física. En la Edad Media no existe ninguna fuerza de carácter penalizador que sanciones la violencia; en esta sociedad no hay ningún poder central que sea suficientemente fuerte para obligar a los seres humanos a contenerse; en tal tipo de sociedad el comportamiento violento forma parte de la estructura social convirtiéndose en necesario e incluso razonable.

Hoy esa conducta es inaceptable y constituye un proceso tanto a nivel macrosociológico como microsociológico, presentándose una correspondencia entre la estructura social y la estructura emotiva. Según Elías, “cuando en una y otra zona crece la fuerza de un poder central; cuando se obliga a los seres humanos a convivir en paz en un territorio más o menos amplio, entonces va cambiando de modo paulatino la configuración de las emociones y las pautas de los afectos”.[4] Para este autor, una vez que se ha consolidado el monopolio estatal de la fuerza, “no todo el mundo puede procurarse el placer de la agresión corporal, sino solamente algunas instancias legitimadas por los poderes centrales”.[5] Las instancias más evidentes son las fuerzas armadas en los conflictos intra e internacionales. No obstante, hoy estos conflictos, gracias a la tecnología “se han convertido en algo impersonal y ya no producen las descargas emotivas con la inmediatez y la intensidad de la fase medieval”, [6] el guerrero del mundo contemporáneo no puede dar rienda suelta a su sentimiento de placer ni siquiera en la guerra.

Sin embargo la más aceptada y legitimada de estas instancias es la confrontación deportiva, principalmente en el marco de grandes acontecimientos internacionales como los mundiales de futbol y en partidos como los de Alemania-Serbia, en los que se pone en juego gran parte de lo que describe Elías como proceso de civilización de la violencia. En el deporte se pone en práctica una forma socialmente aceptada de combatividad y agresividad; en él, “la violencia adquiere un carácter simbólico que permite eludir la agresión material que atenta contra la integridad de los individuos y de los pueblos”.[7] Pensemos por un momento en el boxeo, un deporte donde se enfrentan dos contrincantes, a quienes se les permite descargar emociones violentas, mientras una pasiva audiencia contempla el espectáculo. Según Elías, esta capacidad para experimentar emociones con la simple contemplación, o incluso con la pura audición, como en el caso de la transmisión radial, es un rasgo especialmente característico de la sociedad civilizada. Al hombre civilizado se le prohíbe agarrar de modo espontáneo lo que ama u odia, por ello sentidos como el tacto y el olfato se van atrofiando a favor de un nuevo sentido, el sentido de la sociedad del espectáculo, la vista. Ese es el cariz que tienen los grandes espectáculos deportivos como el mundial de futbol, convertirse en escenarios legitimados de confrontación donde los seleccionados, ejércitos portadores de la identidad nacional, reemplazan a los ejércitos en una lógica sin sangre producto de una mayor sensibilidad hacia la muerte. A pesar de que el proceso de civilización de la violencia puede avanzar y retroceder, no obstante, si se advierte una dirección y un sentido hacia una mayor contención de las emociones sangrientas; y el fútbol, como cualquier certamen deportivo pero de forma muy intensa dado su carácter masivo, se manifiesta como una arena privilegiada de violencia sublimada. Por ello, es que torneos como la copa mundial de fútbol se “constituyen el vehículo social para transferir un estado amenazante de guerra a un campo donde la violencia se minimiza partir de reglas de juego compartidas”.[8] El futbol y los certámenes deportivos se convierten en arenas de una violencia simbólica que reemplazan a la violencia física presencial y sus descargas emotivas de placer por medio de la agresión. Al consolidarse un monopolio de la violencia legítima, esta es ejercida por un grupo de especialistas y desaparece de la vida de los demás, surgiendo espacios que operan como válvula de escape a la agresión, donde se producen ‘luchas miméticas’.[9] Como tal, el mundial de futbol entonces representa un cambio social, una nueva estructura de la sensibilidad contemporánea, la cual manifiesta un elevado nivel de rechazo ante la violencia y de disgusto frente a la crueldad.

Fue eso lo que se observó en el partido Alemania-Serbia. Una violencia simbólica que evidenciaba lo mucho que han cambiado las cosas desde 1914. Ahora Alemania no invadía el territorio serbio sino el campo de juego rival. Un andamiaje de normas, las ‘leyes de la guerra’, impiden que ahora Alemania o cualquier país declare la guerra a otro Estado, sin desatar de inmediato enormes consecuencias en un mundo crecientemente marcado por la interdependencia y el ‘efecto mariposa’. Ahora Alemania se enfrentaba a una Serbia que defendía su campo como si del propio territorio ante una invasión turca se tratara. Los alemanes por su parte, empujaron con fuerza sus líneas ofensivas como cruzando los sudetes con la Wehrmacht, encontrando en territorio serbio una respuesta ofensiva que les llevó a obtener una apretada victoria por 1 a 0. Tras una expulsión de Miroslav Klose, los alemanes se turbaron lo cual permitió el tanto serbio. Alemania llegó con mucho peligro al arco del equipo del este de Europa, pero la defensa fue tan cerrada que no permitió a Alemania concretar ningún tanto.

El partido fue particularmente intenso. El árbitro español Undiano Mallenco mostró 9 tarjetas amarillas y una roja, más que en ningún otro encuentro de este Mundial; los jugadores descargaron en el campo una emoción que se vio en pocos partidos de este certamen deportivo. Todo un despliegue de nervios y estado físico. De no haber sido futbolistas, los jugadores de ambos equipos pudieron haber sido soldados luchando por defender esas ficciones por las cuales uno da la muerte, las naciones; que demostraron en este mundial seguir vivas como motor generador de identidades y de emociones sublimadas, ya no en el fragor de la batalla, sino tras una forma esférica compuesta de hexágonos y pentágonos cosidos, pegados o también vulcanizados, de 70 centímetros de circunferencia y 450 gramos de peso: el balón de fútbol. Mucho de lo que dijo Elías frente al deporte se puso en juego en ese encuentro.



[1] WEBER, Max. Economía y sociedad. Fondo de Cultura Económica. Bogotá, 1977.

[2] ELIAS, Norbert. El proceso de la civilización. Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas. Fondo de Cultura Económica. México, 2001. Pág. 230.

[3] Ibíd. Pág. 231.

[4] Ibíd. Pág. 239.

[5] Ibíd. Pág. 240.

[6] Ibíd.

[7] MONTESINOS, Rafael. La construcción sociológica en Norbert Elías. En: LEYVA, Gustavo; VERA, Héctor; ZABLUDOVSKY, Gina. Norbert Elías: Legado y perspectivas. Universidad Iberoamericana. Puebla, 2002. Pág. 115.

[8] Ibíd.

[9] GIROLA, Lidia. Una visión sociológica de la hipótesis represiva: las aportaciones de Norbert Elías. En: LEYVA, Gustavo; VERA, Héctor; ZABLUDOVSKY, Gina. Norbert Elías: Legado y perspectivas. Universidad Iberoamericana. Puebla, 2002. . 165

sábado, 19 de junio de 2010

ADIOS A SARAMAGO.


“La vida es como una vela que va ardiendo, cuando llega al final lanza una llama más fuerte antes de extinguirse. Creo que estoy en el periodo de la última llamarada, antes de la extinción. Lo digo sin dramatismo. Tengo muy claro que no voy a vivir mucho más. Ahora estoy en una fase en la que sí creo que puedo hacer un trabajo y lo puedo hacer bien, quiero hacerlo. Después acabará todo y quedarán mis libros, que pienso seguirán siendo leídos.” José Saramago.


A Saramago lo he leído todo o casi todo. Es imposible, casi pretencioso, afirmar sin temor a equívocos que se ha leído todo lo que una persona ha escrito a lo largo de su vida. Sin embargo a José Saramago le he seguido su pista literaria a lo largo de 12 años de mi vida. Me interesé realmente por él a raíz de su premio nobel, y desde ese pequeño ‘Cuento de la isla desconocida’ que leí en un parpadeo, me he convertido en un devorador de su letra y de su sensibilidad tan humana, demasiado humana.

En ese proceso conocí a ese escritor que parecía un padre, un abuelo, en todo caso alguien con la autoridad para hablar de nosotros, de lo que somos, del aprecio por lo humano como causa de sentido en nuestra absurda existencia. Saramago me hablaba íntimamente en esos laaargos párrafos que muchos criticaban como falta de técnica de escritura, pero que se convertían en bloques de sentido, en textos por derecho propio en los que el autor portugués sacudía su conciencia y la plasmaba en el papel. Recientemente lo seguí a través de su blog, en el que Saramago dejó constancia de su profundo compromiso con un humanismo remozado, siempre alerta ante la deshumanización del mundo, producto de la conjunción nefasta entre capitalismo tardío y sociedad del espectáculo. La suya fue una apuesta por un mundo donde el individualismo no se convirtiera en tiranía contra el hombre como especie; donde el Estado seguía regulando los mercados deshumanizantes; donde la democracia operaba en torno al bien común y no a un sistema en beneficio de unos pocos.

Hijo de campesinos sin tierra; nacido en 1922 en Azinhaga, Ribatejo, a 100 kilómetros al norte de Lisboa, ha sido el único premio Nobel de la lengua portuguesa hasta hoy. Fue, en palabras de Javier Rodríguez Marcos, poeta antes que novelista de éxito y antes que poeta, pobre. La pobreza de esos primeros años, flagelante y sentida en la carne y el espíritu, fue determinante en el derrotero de su estilo literario y de su punzante y provocadora visión política y humanista. Fue esta sumatoria de posiciones y vivencias personales las que lo llevaron a armar densas polvaredas y agrias polémicas con las autoridades religiosas en todo el mundo y las políticas en su Portugal natal, país que se negó a presentar su nombre al premio nobel de 1991, lo que motivó su exilio autoimpuesto y su larga relación de vida con la isla de Lanzarote. Por ello, Saramago era una piedra en el zapato lustroso del poder, en las sandalias episcopales que ponían sus alaridos en esos cielos opresivos e imaginarios con los que la religión de Cristo ha denigrado la vida en la tierra.

Se fue Saramago y con él se va toda una época y un modelo de ser humano y escritor, siempre comprometido y siempre lúcido. Nos quedan sus obras, su pensamiento bella y claramente expuesto. Nos quedan sus libros, manifiestos en el que el ser humano se desarrolla en un universo caótico, pero en el que siempre triunfa en conjunto con los otros. Nos queda Historia del cerco de Lisboa, una reflexión sobre la escritura de la historia y las luchas por el control de la verdad y la memoria; nos queda El evangelio según Jesucristo, que nos muestra a un Jesús humano a merced de un Dios que no es de fiar, vengativo y rencoroso; nos queda Ensayo sobre la ceguera, alegoría del sujeto político contemporáneo, cuya mirada cada vez se cubre más de esa lechosa y blancuzca capa entre los ojos y la realidad; nos queda La Caverna, metáfora platónica asentada en el capitalismo contemporáneo; nos queda El viaje del elefante, una reflexión sobre la "compasión solidaria", que relata el extraño viaje de Salomón, un elefante que se constituye en representación del viaje de la especie humana por esta vida, siempre a merced de los caprichos de los gobernantes; y nos queda Caín, ese cobro de cuentas con el Dios judeo-cristiano, mas que un libro, un canto de cisne cuyo último estertor no dejó de ser a la vez sobrecogedor y polémico.

Hasta siempre maestro Saramago. Gracias por vivir y gracias por su palabra.


Lecturas selectas
- Manual de pintura y caligrafía, 1977.
- Casi un objeto, 1978.
- Levantado del suelo, 1980.
- Memorial del convento, 1982.
- El año de la muerte de Ricardo Reis, 1984.
- La balsa de piedra, 1986.
- Historia del cerco de Lisboa, 1989.
- El Evangelio según Jesucristo, 1991.
- Ensayo sobre la ceguera, 1995.
- Cuadernos de Lanzarote, 1997.
- De este mundo y del otro, 1997.
- La caverna, 2000.
- El hombre duplicado, 2002.
- Ensayo sobre la lucidez, 2004.
- Poesía completa, 2005.
- Las intermitencias de la muerte, 2005.
- Las pequeñas memorias, 2007.
- El viaje del elefante, 2008.
- El cuaderno, 2008.
- Caín, 2009.
- José Saramago en sus palabras, 2010

jueves, 27 de mayo de 2010

NI LO UNO NI LO OTRO: EL PARTIDO DE LA U.

El Partido Social de Unidad Nacional (mejor conocido como 'Partido de la U') no es partido, ni es social, ni de unidad, ni mucho menos nacional.
Por un lado, este partido de oportunidad de tipo atrapatodo no cumple con los requisitos mínimos para ser considerado ‘partido’ en estricto sentido. Surgido en la sombra de la popularidad uribista y ante la necesidad de organizar un movimiento propio en el que encontraran cabida políticos venidos de uno u otro lado del espectro político, este pseudopartido surge del oportunismo, de la necesidad coyuntural de capitalizar políticamente la enorme popularidad de Álvaro Uribe Vélez. No es un partido sino a lo sumo, un movimiento de ocasión con voluntad, eso si muy nacional, muy colombiana, de convertirse en un sancocho en el que cabe de todo. Y no lo es porque no cumple los requerimientos mínimos, reconocidos para nominar a un partido como tal. Un partido político es ante nada una institución, una entidad política que trasciende al tiempo. Su temporalidad es de largo plazo, su tiempo no es la coyuntura sino el proceso que les permite hacer parte de la estructura del sistema político y el sistema de partidos. Un sistema de partidos requiere de colectividades políticas institucionalizadas y, en la actual situación de crisis de dichos sistemas aquí y allá, la norma son aquellos partidos que como el de la U, reflejan la dificultad que enfrentan estas instituciones políticas de ser más que desideologizadas plataformas de ocasión. El partido de la U en ese sentido no es otra cosa que una organización débil que solo existe en campaña. Más allá de los comicios electorales no es más que una ficción. Al igual que el partido Verde y el mismo Polo Democrático, La U no se ha institucionalizado en la política colombiana y desaparecerá tan pronto las nieblas del uribismo se disipen del inconsciente nacional. No es un partido, además, por el hecho de que carece de ideología. Su lógica de mazacote le hace aparecer como un movimiento donde todo tiene cabida, independiente de la orientación ideológica (allí han ido a parar tanto guerrilleros como paramilitares, tanto liberales como conservadores) y siempre y cuando se defiendan sin asomo de crítica, las tesis, poco originales por lo demás, del presidente Uribe. Sin institucionalización, sin trascendencia en el tiempo ni sustancia ideológica, incluso en estos turbulentos tiempos en que la política se hace espectáculo, difícilmente podemos hablar de un partido, en el caso de la U.
Por otro lado, afirmar que el partido de la U es un partido social es mucho decir. Es un hecho que la política social de Alvaro Uribe ha hecho hincapié en las variables que tienen que ver con la defensa y la seguridad, como las de mayor importancia en la ecuación política nacional. La política social en estos ocho años ha sido, en este sentido, poco menos que un verdadero desastre, de consecuencias incalculables para el futuro del país. A nivel doctrinario la administración Uribe ha hecho de la seguridad democrática el vértice de mayor importancia, el que sostiene los otros dos elementos de su triada programática: la confianza inversionista y la cohesión social. La hipótesis defendida hasta el hartazgo por la intelligentsia de la casa de Nari, es que sin seguridad ni inversión extranjera no puede haber cohesión social, entendida no como solución a los dramáticos niveles de desigualdad que campean en este país, sino como integración nominal de la sociedad, más para evitar el conflicto y aumentar la seguridad que como un axioma de intervención del Estado en el orden social. El partido de la U, como baluarte del insustancial uribismo, no tiene en la política social, en la ingeniería pasiva que el Estado debe efectuar en la sociedad, su principal fuerte. Al contrario, los discursos de campaña de Santos y del partido de la U, hacen hincapié, desde luego, en la patente de corso que parece, sólo ellos pueden otorgar en materia de seguridad, en un discurso que han intentado monopolizar sin que les haya dado los réditos esperados. Las promesas electorales del candidato Santos y su flamante no-partido, han tenido en la seguridad su principal bandera, mientras los proyectos sociales brillan por su ausencia, y las pocas iniciativas que han surgido en este sentido, se caracterizan por su asistencialismo y paternalismo. No tienen una estrategia articulada en términos de política social.
Luego, el partido de la U no es de unidad. El uribismo, como proyecto político se cimenta en la determinación de una relación amigo-enemigo. Es sabido que, como afirmaba el filósofo político alemán Carl Schmitt, la definición de la política es que esta se basa en una distinción fundamental, la de "amigo y enemigo". Así como en la moral la distinción fundamental es la de bueno y malo; y en la estética la de bello y feo; lo que caracteriza a la política es su fuerza en la creación de una comunidad con una identidad compartida, un nosotros (amigo), opuesto a un ellos (enemigo). Ningún partido político puede llamarse de unidad puesto que esto constituye una antinomia: partido y unidad se repelen como parte de una misma oración, de un mismo concepto. Ni el partido de la U como comunidad política, ni el partido verde, ni el polo democrático, pueden llamarse ‘de unidad’ pues se caería en una antítesis. En el caso de la U, no obstante, gracias a su vocación de partido miscelánea, donde se encuentra de todo, el enemigo está definido de forma amplia e irresponsable. Cerrar filas en torno al popular mandatario ha pasado por definir al enemigo, el terrorismo, de forma que todos, oposición, estudiantes y maestros de universidades públicas, medios adversos, periodistas punzantes, defensores de derechos humanos y miembros de la Corte Suprema de Justicia, directa o indirectamente, por acción o por omisión, por hacer o dejar hacer; consciente o inconscientemente, terminamos en el mismo costal. Por ello, el país está más polarizado que nunca y el presidente, que justamente representa la unidad nacional hoy es el principal factor de polarización política. Esa definición amplia del enemigo como ‘terrorista’, en consonancia con el orden global post 11S, no es precisamente atributo de un movimiento o partido que se afirme ‘de unidad’. La U, letra que distingue al efervescente grupo político, sabemos que significa ‘Uribe’ o tal vez ‘uribista’ pero no unidad, porque este, una vez más, como cualquier partido no aspira por definición a la unidad, sino a la fragmentación de la identidad política.
Finalmente, la U no es un partido propiamente nacional. Y en este punto voy a omitir los puntos de la izquierda tradicional según los cuales el Uribismo es un proyecto político al servicio del capital transnacional, argumento que, por otro lado, no es falaz en cuestiones de fondo ni contenido sino puramente formales. Sin caer tampoco en el nacionalismo ramplón no es ajustado a la realidad afirmar que la U es un movimiento nacional. Si bien sus alcances electorales si cubren casi todo el territorio nacional, y en parte por las razones expuestas en el anterior punto, la U cumple con su función de representación de intereses colectivos, pero estos intereses son tan estrechos que difícilmente podemos hablar de un partido nacional, de un partido que represente la voluntad nacional, simplemente porque esta voluntad no existe y la nación ha mostrado ser un artefacto histórico de una clase dominante, un proyecto hegemónico impuesto desde arriba que ha acompañado la formación o construcción del Estado. Además, como ha sido la constante en nuestra vida republicana, a la U y a los otros partidos les falta un proyecto de nación abarcante que de cuenta de las múltiples formas de ser que habitan el territorio colombiano. La nación no existe como totalidad, es inabarcable sino se mira desde sus partes constituyentes, las múltiples comunidades e individuos que se constituyen el ciudadanos del Estado nacional. La U y en general todos las agregaciones políticas en el partidos electoral colombiano, carecen de un proyecto de nación abarcante y omnicomprensivo que cumpla con la voluntad multicultural que caracteriza la constitución de 1991. Una vez más afirmar que el partido de la U es ‘nacional’ es extender las posibilidades sintácticas de este adjetivo hasta hacerlo inoperativo y carente de toda fuerza denotativa.
La letra U simboliza cambio. Su forma evoca una caída libre que retoma el sentido ascendente como el gráfico de una crisis económica y de una recuperación. Pero en este caso, simboliza la primera letra del apellido del popular mandatario, bajo cuya sombre campea el oportunismo político nacional. No se trata de un partido y los atributos que doran su nombre no pasan de ser falaces trampas del lenguaje sin ningún respaldo en la realidad.

martes, 4 de mayo de 2010

DE MARKETING Y CAMPAÑAS POLITICAS



El marketing político, ese campo inerte donde se cruzan la ciencia política y la publicidad, se orienta hacia la creación del deseo político en desmedro del debate de ideas, la dialéctica agonal de discursos que antaño era lo que determinaba el juego en la política. Mediante la manipulación de los signos y mitos políticos que pueblan el inconsciente colectivo, el marketing suplanta la política, la aniquila, instaurando el reino del simulacro, del candidato político como vedette, como celebrity. El maquillaje, el discurso prefabricado, la formación de partidos 'atrapatodo', y la apostasía partidista, son síntomas de este fenómeno que llegó a la política para quedarse.

La muy interesante campaña electoral que presenciamos los colombianos, no ha sido ajena al fenómeno del marketing político. Es un hecho que todas las campañas deben destinar parte importante de sus recursos a publicidad, no obstante la importancia del marketing no es igual para todas las campañas. Para mostrarlo voy a referirme a las dos con más probabilidad de pasar a segunda vuelta o ganar en primera, escenario que aunque improbable no es imposible para ninguno de los dos candidatos: Juan Manuel Santos y Antanas Mockus. Comencemos con este último. La campaña del partido verde ha mostrado ser la más eficiente de la historia reciente del país. Además de la disminución de los costos por compra de líderes locales, municipales y departamentales, sus gastos en publicidad han demostrado ser escasos. Pocas cuñas radiales, muy poca publicidad de prensa y las vallas no se asoman en las ciudades. El presidente Uribe, en su indecisión, afectó las reglas del juego electoral y lanzó al país a una campaña atípica por su corta duración. Ello actúa a favor de todos los candidatos en materia de gastos en publicidad, pero afecta de modo más positivo la campaña de los verdes más enfocada a la difusión de su mensaje por medios de poco costo como la propaganda a través de canales institucionales, la invitación a debates y entrevistas, los afiches que inundan la cotidianidad de los colombianos con el verde intenso, y la palabra que se pasa entre vecinos, entre amigos, en la interacción de cada día. Ello actúa a favor de las finanzas de la campaña que por su eficiencia, renunció a una gran cantidad del dinero a que tenían derecho por reposición de votos.

En cambio, la campaña de Santos puede considerarse un desastre desde el punto de vista financiero en cuanto a inversión y gastos en publicidad. Mientras la campaña de hace cuatro años fue peculiar por los bajos costos en que incurrió el gobierno, en un ambiente de poco riesgo en el gasto, ante la realidad de un Alvaro Uribe tan popular, que nunca se ubicó ni remotamente cerca de sus adversarios, la actual campaña del candidato Santos se ha caracterizado por su alto costo y la ineficiencia de su inversión en publicidad, juzgando lo estancado que se encuentra en la intención de voto.

Por ello, mientras Mockus mantiene su estrategia de marketing humilde, Santos acude a estrategias cada vez más ampulosas. No solo contrató a los equipos que llevaron al poder a Obama y Blair, sino que ha tenido que efectuar costosos cambios a su imagen de campaña que no han logrado los efectos esperados. Al contrario, ha recibido críticas dentro y fuera de su difusa colectividad. A 27 días de la primera vuelta electoral, los medios han anunciado un giro en la estrategia de Santos que le hará aparecer menos por las regiones y más en los medios de comunicación, con una estrategia de marketing agresiva y costosa que pasa por la elaboración de una imagen diferente. El color naranja, que seguramente siguiendo el exitoso ejemplo ucraniano, que utilizando ese color llevó al poder a Víctor Yushchenko, ha sido reemplazado por los cuatro colores que identifican la U (rojo, amarillo, verde y blanco). La letra misma, la U, será utilizada como símbolo de ese discurso de cambio, de un país que iba en caída libre y ahora se encuentra encarrilado hacia una supuesta prosperidad democrática que aguardaría a los colombianos tras otros ocho años de uribismo remozado.

Se trata de un ‘relanzamiento’, que con el eslogan 'Juntos con Juan Manuel', intenta ofrecer una imagen del candidato cercano a cualquier ideología política, en esa voluntad atrapatodo del candidato uribista que, en una tendencia muy nacional, hace del ‘sancocho’ su modelo de organización y afiliación partidista. Tal vez lo más diciente en las semanas por venir es el ingreso a la campaña del tristemente recordado J.J. Rendón, una movida que lamentaron inclusive uribistas de línea dura como Fabio Echeverri Correa. Rendón, célebre por ser un antichavista propenso a la guerra sucia, experto en arruinar carreras políticas y diseñar campañas de difamación a lo largo y ancho del continente americano, se prepara para, teniendo a Andrés Felipe Arias como vocero, iniciar una campaña non sancta contra el candidato Mockus.

Faltan pocas semanas para la primera vuelta y nadie se atreve a hacer vaticinios. No obstante es de esperarse una degradación de los medios de campaña producto del peso excesivo de la publicidad política, la difamación y la difusión del miedo como sucedáneo del debate de ideas. En estas semanas podría cambiar la voluntad de los votantes hacia rumbos impredecibles y es de esperar que el marketing político de ambas campañas resulte ser un factor decisivo.

lunes, 3 de mayo de 2010

PORQUE VOTARE POR ANTANAS MOCKUS.


I. Una advertencia previa. No soy mockusiano. Estoy impregnado de una desconfianza innata hacia la política. Cuando inicié mis estudios de ciencia política tenía muchos anhelos y, en un delirio medio romántico, medio heroico, entré a estudiar esa disciplina incierta con la firme esperanza de transformar el país y el mundo. La teoría social, la experiencia y la lógica curricular propia de la carrera me hicieron romper esos sueños y entrar en la trágica unidimensionalidad de la realpolitik. Empaqué mis sueños de revolucionario en un baúl, teniendo la transformación de la sociedad como una estrategia no caduca, pero si en espera de nuevos héroes y nuevas teorías para el cambio social. Me conformé con aquellas tácticas de resistencia a los micropoderes cotidianos que cruzan el cuerpo y anidan en todo espacio social, desde las industrias fordistas a los dispositivos de vigilancia posfordistas.
En Colombia es fácil desconfiar de la política. Una cultura política tradicionalmente basada en el clientelismo, el trámite violento de los asuntos públicos, los clivajes cristalizados con sangre y la corrupción a todo nivel, hacen que la desconfianza hacia la política, en Colombia sea una actitud casi natural. Si, la crisis de la política y de la democracia representativa es un fenómeno global y la desconfianza hacia la política campea en arenas tan separadas social, geográfica y culturalmente como Estocolmo o Uagadugú. Todas las democracias sufren de esa falta de confianza en la clase política. Al tiempo que el estado retrocede dejando al mercado la regulación de la vida social, la brecha entre gobernantes y gobernados se hace más y más amplia. No obstante, en nuestro pobre país es endémica. No se trata de un fenómeno novedoso, acá la desconfianza es secular. A la desconfianza a las autoridades coloniales sobrevino una desconfianza mutua entre los seguidores de Santander frente a Bolívar y viceversa, y luego, una desconfianza entre los partidarios y dirigentes del liberalismo y conservatismo que desembocó en la Violencia de la mitad del siglo XX.
La desconfianza, entonces, es parte de nuestra cultura política. Se trata de una desconfianza mutua. Los gobernantes también desconfían de los gobernados, de sus propios votantes con quienes mantienen relaciones permeadas por la razón cínica: el intercambio de votos y conciencias por el TLC, lease Tamal, Lechona y Cerveza (otros dirían Teja, Ladrillo y Cemento).
Yo no soy ajeno a este fenómeno. Soy un politólogo que detesta la política. No me malinterpreten, amo el tipo ideal de la política y detesto la distorsión del concepto al que nos tienen acostumbrados nuestros gobernantes. La discrepancia entre la política ideal, entendida como la reasignación consensuada, negociada y deliberada de los recursos sociales y la realidad de nuestra precaria realidad política me ha llevado a ser defensor y partícipe de distintas causas, la mayoría de ellas perdidas. La participación política me parece la mejor manera de transformar el mundo y discrepo de esos viejos marxistas y anarquistas para quienes el cruzarse de brazos resulta más útil que participar en la construcción de mecanismos de democracia directa. Mi desconfianza hacia la política me impulsa hacia la participación como una forma de transformación social.
II. En la actual situación política la participación es el horizonte ineludible de nuestra realidad. En el actual contexto de crisis de todos los sistemas políticos y ante la amenaza autoritaria y de colapso moral del gobierno uribista, quedarse cruzado de brazos no me parece una opción correcta. Sea por el candidato del pelambre que sea, el quietismo político no resulta sensato. Soy pragmático, y voy a votar por Antanas Mockus como estrategia para lavarle un poco el rostro a nuestra maltrecha y ajada democracia. Ciertamente Antanas no va a transformar las estructuras profundas de nuestra sociedad, ni representará un gobierno de poder popular. Pero le devolverá al Estado su legitimidad perdida. Y como firme defensor de la intervención social del Estado, creo que un Estado legítimo es condición sine qua non del Estado benefactor y de la democracia radical y deliberativa. Me choca un poco su personalidad gris, que ni se inclina hacia el mercado ni hacia el Estado, sino todo lo contrario; esa forma criollizada de tercera vía sancochada con folklore lituanoamericano. Más allá de eso, y una vez más, en un necesario y justo arrebato en la Colombia que padezco y ante el ramillete de opciones que pueblan el tarjetón electoral, voy a votar por Antanas Mockus para contener la derechización de la política nacional. Creo que Mockus tiene una voluntad firme de transformar las costumbres de nuestra cultura política que son causantes de todas nuestras desgracias como colectivo. Siento que con él hay una opción real de transformar el rumbo del Estado egoísta a que nos tienen acostumbrados los últimos gobiernos, exacerbado en la administración Uribe Vélez.
Pero sobre todo, creo que puede, quiere y debe, devolverle la confianza a la política, propender por despercudirla, despojarla de todo aquello que la mancilla. La historia me enseñará si tuve o no la razón. Mi memoria pesimista me recuerda decepciones de todo tipo en el tiempo pretérito, pero voy a correr el riesgo de votar por él. Hay que correr el riesgo. De lo contrario, me temo, el destino nos obligará a rumiar nuestros errores por no haber asumido una actitud pragmática en uno de los momentos más críticos de nuestra historia.

martes, 16 de febrero de 2010

¿PORQUE SUBO MONTAÑAS?

“Sentí vértigo al dirigir la primera mirada hacia ese espacio de plenitud que tenía ante mí (…) Me parece que un panorama tal, visto desde lo alto de un monte, contribuye mucho a la ampliación de los conceptos. Es tan completamente diferente de cualquier otra visión que resulta imposible, sin haberla experimentado, formarse una noción precisa de la misma. Todos los objetos pequeños se esfuman, solo lo grande conserva su figura. Todo queda integrado: lo que se ve no es una multitud de pequeños objetos separados sino un gran cuadro, brillante y luminoso, sobre el que el ojo se detiene con placer”.
Arthur Schopenhauer, diarios de viaje.

“¿Quien puede ascender
Y callar luego?”
Arthur Schopenhauer, libro de visitas en una cabaña alpina.

Hoy, seis de enero de la segunda década del tercer milenio, tras más de 10 años de subir montañas, mi padre me preguntó el porqué de mi pasión por el andinismo. A su mirada y a la de mucha gente, la actividad del montañismo parece una actitud irracional, incluso estúpida. Ir a esos espacios, donde 'no hay nada', salvo roca, agua y viento, a exponer la vida sin recompensa material alguna, parece, a sus ojos, un acto en extremo irracional.
No supe qué decirle. La pregunta surgió en el momento y el lugar propicios; frente a un suculento cordero patagónico y ante la naciente cordillera de los Andes como testigo, en Ushuaia, la Tierra del Fuego Argentina. Tras la pregunta, miré al cerro Martial y a su glaciar en retroceso. Traté de articular una respuesta pero no me fue posible. Sentí que, como sucede con la poesía, la explicación del porqué se asciende a las grandes alturas es inexpresable con el lenguaje ordinario, con las formulaciones basadas en la racionalidad costo-beneficio. De hecho, nadie ha podido explicarlo; otras plumas más diestras y dotadas que la mía han intentado con anterioridad dar a comprender la razón (o la sinrazón) que los lleva allá arriba y todas, absolutamente todas, han fracasado con un éxito rotundo.
Nacido en un brazo de los Andes, mi padre, más dado a la copla que a la poesía, encontraba no solo inexplicable sino también incomprensible que su hijo, de tanto en tanto, le diera la espalda al mundo de los hombres, a las normas de la cultura, y se aventurara por esas montañas, algunas de más de 6000 metros, arriesgando su vida y su estabilidad laboral. No entendía qué lleva a los hombres a ese pavoneo demencial en torno a las blancas cimas, como una mosca alrededor de una llama.
Frente al papel en blanco trato de encontrar ese porqué, y la verdad es que no lo hallo. Conocí las alturas tarde, aunque garrapiñaba los dibujos de mi infancia con montañas perfectas, conitos de nieve en medio de los cuales se asomaba, muy sonriente, un sol animado. Que lejos estaba de la realidad. El montañismo me ha llevado a escenarios de tragedia wagneriana, donde el frío, el sol, el viento y el agua, no solo modelan el paisaje como arcilla de lánguido alfarero sino que, también matan, evidenciando la crudeza elemental y asesina de la naturaleza. En la montaña he encontrado esa belleza blanca, negra y gris y ese silencio arrastrado por vientos de decenas de kilómetros por hora, esos paisajes de ensueño, donde todo puede hacer que se pierda la vida, pero donde surge la verdadera inspiración.
Las palabras, ambiguas en su relación con otros significantes, pero no en su interpretación o significado, son contundentes. Belleza y horror son palabras separadas que no admiten yuxtaposición en un solo vocablo. Por ello se hayan contenidas en dos expresiones distintas. Deberíamos tener una palabra que expresara belleza y horror al mismo tiempo, así podríamos describir las montañas, lugares de una belleza y un horror indescriptibles, donde puede aflorar lo mejor y lo peor del ser humano.
En la montaña he hallado la clave fundamental y ambigua de una naturaleza al mismo tiempo sublime y trágica; bella y mortal. Allí he sufrido las grandes transformaciones emocionales de mi vida; he resuelto mis dilemas e inquietudes y he domado mis sentimientos más destructivos. Allí he templado mi carácter y mi lenguaje se ha hecho recio, contundente, carente de lisonjas y encajes. Debo decir que más que domar y conquistar montañas, ellas me han domado a mí, me han coronado, me han vencido. Han entrado en mi vida, en mi alma, como dueñas de casa y se han alojado en las habitaciones principales.
Subo montañas no sólo ‘porqué están ahí’. También ‘ahí’ están las playas colombianas, países de cucaña, cercanos a las representaciones pictóricas del paraíso, de la edad de oro, las cuales trato de evitar, incluso las más solitarias y bellas del pacífico. No. El que estén ahí no es una explicación necesaria ni suficiente. Aunque debo admitir que subo glaciares con crampones y piolet porque aún están ahí y probablemente en algunos años ello no sea así y que mi mundo blanco de hielo de paso a la roca desnuda. A lo que voy es que su simple existencia, el que estén allí, no es aliciente suficiente sin el drama emocional que se desarrolla en sus costados. Subo montañas porque en esas laderas mi vida cobra sentido. Si mi padre me hiciera la misma pregunta ahora que estoy guardado en el amarillo intenso de mi carpa, probablemente le diría que subo montañas porque la voluntad de poder estar ahí, frente al mundo allí abajo, olvidando de todo y de mí, es más fuerte que mi deseo de permanecer alejado de ellas, debajo de ellas, debajo del deseo de estar en ellas. Así de simple. Subo montañas porqué allá me alejo de las púas de la proximidad humana, porqué allí arriba estoy solo, me siento sólo. Y paradójicamente soy un ser integro, completo, pleno de mí mismo. Mi sentido pronunciado de la verticalidad me impulsa hacia las alturas. Solo entonces me es dado contemplar la horizontalidad desde la perspectiva del pájaro. Estar en la cima al amanecer es lo más cercano a un ‘samadhi’, un estado de éxtasis más mental que físico, de plena conciencia, un estado casi místico. Mientras abajo todo duerme y está sumido todavía en la oscuridad, yo contemplo ya el sol y tengo un encuentro íntimo con la estrella central, encuentro del que allá abajo nada se sospecha. Aquí, desde las alturas, contemplando los contornos agudos de los picos, esperando que los rayos solares rocen mi piel, hallo también placer en lo universal. El Dioniso que hay en mi se sitúa en la cumbre y no en la profunda ciudad.[1] Arriba, mientras espero que se derrame la luz sobre el mundo, mientras el viento blanco sacude la ladera, cuando ya el oriente está iluminado por el astro rey, soy yo mismo y me encuentro extrañamente feliz, trasformado y trastornado.
Trastocado en mi interior y el exterior cubierto por tres capas de ropa, desciendo al mundo de los hombres, a la calidez de la carpa, consciente de que ya no soy el mismo, convertido en otro, un ser diferente que aquel que abandonó el domo, la montaña me ha convertido en ese otro. Un espejo de mi mismo que nunca será lo que fue.

“In coelo quies. Tout finit ici bas” (Paz en el cielo. Acá abajo todo termina).

USHUAIA, Enero 6 de 2010.
Notas
[1] SAFRANSKI, Rudiger. Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía. Tusquets. Barcelona, 2008. Pág. 60.

jueves, 11 de febrero de 2010

GREAT APE PROJECT

I. Todas las manifestaciones políticas, económicas y culturales de la modernidad, artefacto occidental exportado al mundo por el proceso colonial, convergen el torno a la expansión del individualismo. El reconocimiento del individuo y su valor político, económico y cultural, es tal vez el principal legado de la teoría política moderna. Al mismo tiempo, todo aquello que constituye la existencia o ausencia de un periodo posterior a la modernidad, la llamada ‘posmodernidad’, pasa por una exacerbación de los mecanismos de subjetivación individual, y por la explosión espectacular de diversas ‘tecnologías del yo’.
Navegando por la Internet, buscando información sobre primatología y teoría Cyborg, me encontré con un artículo que me puso a pensar sobre la validez de los principios del liberalismo y del individualismo, moderno y posmoderno, en su relación con el reconocimiento de unos principios universales, inherentes a una esencia supuesta, compartida por todos los seres humanos.
Me refiero, desde luego a los derechos humanos, principal manifestación de el individualismo moderno, producto del abandono de la posición geocéntrica; de la nueva búsqueda de una explicación del mundo, basada en un fundamento inmanente y no trascendente; la consecuente búsqueda de un método científico que lograra leyes fiables sobre el universo, natural y humano; las revoluciones inglesa, americana, francesa y haitiana; las ideologías o metarrelatos que produjeron explicaciones a los frenéticos cambios. Todos estos procesos fermentaron la existencia de un nuevo fundamento del mundo: el individuo moderno, figura sui generis que no podía existir cuando Dios o los Reyes son depositarios de todo criterio de verdad, belleza y bondad. Con la caída del Estado absolutista, el individualismo moderno se concreta en el reconocimiento de ciertos derechos, tres generaciones de ellos que gradualmente, han sido reconocidos en los ordenamientos jurídicos de todo el mundo.
II. Ya entrados en gastos me permito resumir el argumento del artículo: el texto versaba sobre el Great Ape Project (GAP), una organización fundada en 1993, cuya bandera consiste en el reconocimiento como sujeto jurídico de los grandes simios, chimpancés, gorilas y orangutanes. Ello implica, como lógico colofón, el reconocimiento de derechos fundamentales, o de primera generación, a estos parientes evolutivos del hombre. Dada nuestra analogía genética, el derecho a la vida, a la libertad y a la protección contra la tortura, son propuestos como corolario del reconocimiento de derechos a los seres humanos. El GAP demanda una declaración de la Organización de las Naciones Unidas que extienda la noción de humanidad a los grandes simios y que, en consecuencia, los estados garanticen este derecho en sus legislaciones nacionales. Esto crearía una ‘comunidad de iguales’ que extendería la noción de ‘nosotros’ a humanos, chimpancés, gorilas y orangutanes. Ningún miembro de esta comunidad de iguales podría ser asesinado excepto en legítima defensa; al mismo tiempo, se les debe garantizar el acceso a un debido proceso y garantizar que no sean detenidos si no han cometido ningún crimen ni se les retenga excepto si es por su propio bienestar o el de la comunidad.
El GAP hace un seguimiento a los esfuerzos legales que en el marco jurídico de la Unión Europea intentan garantizar derechos básicos dentro de sus países miembro a los grandes simios. El más importante precedente ocurrió en España, donde en 2008 fue aprobado un proyecto de ley que reconocía a nuestros parientes genéticos más cercanos, los derechos a la vida y la libertad. España, un país que durante el franquismo constituyó una de las sociedades más conservadoras del mundo, extendía la noción liberal de derechos inalienables a simios, gorilas y orangutanes. En lo sucesivo, bajo el código penal español ninguno de estos animales podría ser utilizado en experimentos contra el cáncer, en circos o cualquier tipo de espectáculo, ni en la grabación de programas de televisión o filmes.
La organización, compuesta por abogados, primatólogos, filósofos y psicólogos, propone que, por razones hasta ahora sólo aplicadas a los seres humanos, se prohíba legalmente el uso de estas especies en circos, espacios de entretenimiento o espectáculos e incluso en laboratorios, para todo tipo de experimento biomédico; famosos primatólogos como Jane Goodall y Richard Dawkins, han manifestado su apoyo a la iniciativa. El argumento establece que, dado nuestro parecido emocional y físico, se debería extender la noción de humanidad hasta incluir a estas especies, ramas cercanas a la nuestra en el árbol evolutivo. Por un lado se argumenta que los grandes simios poseen una capacidad racional y emocional similar a la de los seres humanos, una idealización tanto de la perfectibilidad humana como animal. Basados en resultados logrados precisamente con animales en cautiverio, se argumenta la capacidad de los grandes simios para la comunicación con signos, principal distintivo de lo humano. Los simios son capaces de expresar ciertas emociones y de comunicarlas a un nivel básico.
En efecto, experimento liderados por David Premack han demostrado la capacidad que tienen los simios de comunicarse con un lenguaje no verbal. Las pruebas arrojaron resultados asombrosos, sus nueve chimpancés pudieron desarrollar una lista de palabras equivalentes a un niño de dos años, pero nada más allá. Ello implica que aunque diversos grupos de investigadores han conseguido que algunos animales, como los chimpancés, puedan manejar algunos signos para comunicarse, nunca han sido capaces de acercarse a la complejidad gramatical del lenguaje humano. Los antropoides pueden aprender muchos símbolos aislados (como pueden hacerlo los perros y los caballos), establecer ciertas analogías y reconocer relaciones de similitud y diferencia; pero no muestran ninguna evidencia inequívoca de dominar la organización conversacional, semántica ni sintáctica del lenguaje; es decir las esperanzas de enseñar un lenguaje simbólico a los antropoides han sucumbido estrepitosamente. Parece como si los simios no tuviesen nada de interés que quisieran comunicarnos, como si no poseyeran nada equivalente al pensamiento humano. El lenguaje y la capacidad de pensamiento simbólico son el resultado de cambios anatómicos y el desarrollo de un cerebro más grande y más complejo, procesos ajenos al desarrollo evolutivo de los grandes simios.
III. Por otro lado, los adalides del GAP señalan nuestro enorme parecido, no solo conductual sino además genético. Aunque no nos entusiasme mucho admitirlo, nadie que haya asistido al desagradable espectáculo que se muestra en los zoológicos, o en los circos, puede negar el parecido que tenemos con los simios. Sólo los defensores del creacionismo más recalcitrante defienden, en contra de toda evidencia, sus tesis ante la verdad de la ley de la evolución. La ley de la evolución prueba nuestra estructura genética similar a la de los grandes primates. El hecho en sí de la evolución nunca ha estado tan solidamente fundado como en la actualidad. Hoy todos somos darwinistas, prácticamente todos los científicos de las ciencias sociales y naturales son ahora darwinistas. Hoy, tenemos total certeza de nuestro origen común. No es que provengamos de los simios, como erróneamente se suele interpretar, sino que ambos compartimos un ancestro común del cual nos separamos hace millones de años. Es decir, no son antecesores de nuestra especie, sino que constituimos, humanos y grandes simios, los productos finales de líneas evolutivas divergentes. Los científicos difieren en sus cifras acerca de cuando nos separamos de la rama que desembocó en los grandes simios; las cifras oscilan entre 5 y 10 millones de años. Algunos tratadistas sostienen que ambas ramas se separaron muy primitivamente, quizás en el comienzo del orden primates. Esta teoría es posible que responda al deseo reestablecer una considerable distancia entre el hombre y sus parientes infrahumanos. En realidad, son tan estrechas las semejanzas anatómicas y sanguíneas entre la especie humana y los monos que resulta muy difícil admitir que se hayan separado hace mucho y hayan evolucionado independientemente.
Es muy difícil establecer fechas y la evidencia se sucede con tal celeridad que toda certeza en el campo de la antropología biológica respecto al desarrollo evolutivo humano se desvanece en el aire en pocos años. Pero, aunque existen múltiples eslabones perdidos que tal vez nunca podamos encontrar para completar la cadena evolutiva, podemos asegurar sin temor a equivoco que los antecesores de nuestra especie no fueron una sola pareja, Adán y Eva sino muchos individuos y no se desarrolló en un jardín paradisiaco, sino en selvas y sabanas. Nuestra compatibilidad genética revelada por el proyecto genoma humano revela nuestro analogía biológica. Se acepta que ‘las diferencias más significativas que existen entre el hombre y los antropoides no se refieren a la anatomía, sino a la conducta’. Las anatomías de los grandes simios se corresponden con la del hombre, hueso a hueso y órgano a órgano. Sus cerebros presentan una sorprendente arquitectura humana y los sentidos coinciden casi exactamente con los nuestros. Chimpacés y humanos del mismo grupo sanguíneo pueden intercambiar sangre en una transfusión; ni la sangre de chimpancé ni la de los humanos es intercambiable con ninguna otra especia. Juntos, humanos y grandes simios constituyen el grupo de los grandes primates, dado que los primates antiguos sin excepción y la mayor parte de las especies actuales son de talla reducida. Son estos grandes simios los que entran en consideración por el GAP.
Resumiendo, aunque no existe todavía una explicación completa de la génesis del ser humano, y que hasta el momento solo hemos reunido genealogias parciales, no obstante, el aspecto esencial del problema, nuestra similitud con los primates y nuestro origen común, “ha sido documentado y demostrado con profusión. Su prueba más reciente reside en el descubrimiento de que humanos y chimpancés son idénticos en un 98,4 por 100 de sus secuencias de nucleótidos del ADN, y en un 99,6 por 100 de sus secuencias de aminoácidos’, sello indeleble e indiscutible de nuestro origen humilde. No somos Ángeles caídos sino tan solo antropoides erguidos.
IV. La base del argumento del GAP es que los simios, pueden aprender, comunicarse y hacer planes. Pueden incluso llegar a comportarse como criaturas morales mostrando compasión y contribuyendo al bienestar de otros. La conducta humana por tanto no es más que la modificación de los hábitos de otros simios. Lo que hay detrás es una posición biologista que se opone a una posición culturalista, oposición que nos arroja luces sobre el debate. Como argumenta Kuper, lo que hay detrás de las dos posiciones son dos visiones del ser humano irreconciliables entre sí. El GAP y la escuela biologista abogan por un modelo ‘primatizado’ de humanidad. “A su entender, deberíamos vernos a nosotros mismos como al mono desnudo de Desmond Morris o como al tercer chimpancé de Jared Diamond”. Según esta visión, aquello que nos hace humanos no es específicamente nuestro sino que es una huella del desarrollo evolutivo. Lo que constituye nuestra humanidad lo compartiríamos con nuestros parientes más cercanos que muestran conductas que podríamos denominar proto-humanas o incluso, plenamente humanas.
El otro lado del espectro es ocupado por quienes, como el que firma este escrito, participan en el debate desde una posición culturalista. Según este bando, bastante impopular hoy en día según Kuper, nuestros atributos de humanidad son un artefacto cultural y no un dato de la naturaleza. Es decir, aquello que nos hace humanos, incluido aquello que según la teoría de los derechos humanos nos pertenece por naturaleza, no es más que una construcción cultural. Como afirma Kuper, “La posición culturalista no niega la ascendencia primate común de la humanidad, pero señala que nuestros orígenes primates no determinaron el rumbo particular que tomó la evolución humana”. En pocas palabras nuestros sentimientos morales, nuestras tendencias altruistas (o egoístas) y nuestra empatía hacia el sufrimiento del otro no son atributos naturales, rezagos y retazos de nuestro pasado evolutivo, y que compartamos con los grandes simios por nuestro ancestro compartido, sino un fenómeno cultural que como todo en la cultura, es de reciente aparición en nuestro reloj cronológico (unos pocos millones de años). Para esta posición, ‘la cultura es una adquisición exclusiva del hombre’ y si nuestra moral surge con la cultura, pues es inútil atribuirle sentimientos morales humanos a los grandes simios. Sin negar la legitimidad del discurso de los derechos humanos ni la importancia de los factores biológicos en el desarrollo humano, la posición culturalista no argumenta que su reconocimiento provenga de un sustrato natural y universal, sino que lo humano y su reconocimiento es una institución cultural cuya definición e interpretación difiere de sociedad en sociedad; es decir, son rasgos culturales demasiado variables entre poblaciones distintas, como para ser producto de una dotación genética esencialmente universal.
V. Como anota Merquior, ‘se asocia la cultura moderna con la abundancia de derechos individuales’. Para este autor, la fórmula que ha primado en la moderna teoría política liberal es libertad es igual a modernidad es igual a individualismo. El individualismo, principal producto de las fuerzas desatadas de la modernidad, se manifiesta en el reconocimiento universal de los derechos humanos. Superando la discusión sobre un sustrato universal de lo que nos identifica como seres humanos, y sobre las consecuencias negativas de exportar a los animales una versión de derechos; sí quisiera hacer énfasis en la forma en que los derechos humanos son un artefacto cultural de occidente. Como se dijo arriba, todos los procesos que desde la edad media tardía han convergido en la configuración de nuestra condición contemporánea tienen en común una funcionalidad en el avance inexorable del individualismo. El reconocimiento jurídico de la ‘persona’ es un logro principalmente del liberalismo, mientras que los derechos colectivos deben mucho de sí al socialismo no revolucionario de estirpe marxista. Ambas ideologías, desde distintas perspectivas contribuyen a la noción de persona, sin la cual no se concibe el discurso de los derechos humanos. No se trata de una idea nueva. Aunque cuajó en la modernidad, la persona moderna ‘es la culminación de un desarrollo que reúne al sujeto de derechos de los romanos con el yo moralmente responsable e individual de los estoicos, y con el sujeto de derechos universales’. Se trata de un proceso acelerado con la modernidad y radicalizado en ese período incierto que algunos designan con el mote de posmodernidad y que no es otra cosa que la exacerbación del individualismo; como afirma Gilles Lipovetsky, ‘la cultura posmoderna es un vector de ampliación del individualismo; al diversificar las posibilidades de elección, al anular los puntos de referencia, al destruir los sentidos únicos y los valores superiores de la modernidad, pone en marcha una cultura personalizada o hecha a la medida’ del individuo. La marcha inexorable del individuo, contra la arbitrariedad de la autoridad estatal, se manifiesta en el discurso de los derechos humanos, un discurso que, aunque criticado desde las vertientes más radicales del post-estructuralismo, sigue teniendo una enorme fuerza en la vida política y social global.
Es este individualismo proveniente de la definición jurídica de persona como sujeto de derechos, el que se reinterpreta por parte del GAP, que intenta extender la noción de persona ‘legal’ a los grandes simios para que estos sean depositarios de los derechos fundamentales que, hasta la fecha, sólo aplican parcialmente, a los seres humanos. La extensión y el reconocimiento universal de derechos es el resultado de un largo camino que aún no concluye.
VI. Varias objeciones hay que hacer al GAP. Por un lado, hay una evidente confianza en la capacidad moral, tanto del hombre como de los grandes simios. Argumentar que los grandes simios son capaces de los mismos sentimientos altruistas y juicio moral que los seres humanos es, no solo comparar a nivel cualitativo y cuantitativo la capacidad cerebral de ese agregado de especies, sino además, poner en los seres humanos una capacidad de juicio que hemos demostrado no siempre poseer. No obstante el juicio moral y la razón son la fuente del reconocimiento moderno de los derechos humanos. Ningún argumento pesó tanto en el surgimiento y desarrollo histórico de los derechos humanos como el de la diosa razón como causa primera de la acción del hombre. La razón sometida a crítica por la teórica contemporánea se encuentra de capa caída en cuanto a sus esperanzas de emancipar al sujeto. Más allá de la polémica, razón y juicio moral es algo de lo que carecen los grandes simios. Solo en las más ligeras analogías y las fábulas más imaginativas, se podrían adjudicar a los animales sentimientos humanos. Los derechos, necesariamente tienen una contraparte en deberes y, al carecer de un sentido moral de lo que es bueno o malo, a los grandes simios no se les puede conceder derechos sin exigir de ellos una contraprestación. Es impensable los derechos sin deberes.
Múltiples preguntas surgen ¿Porqué detenernos en los simios? ¿Por qué privilegiar lo que se parece a nosotros? ¿No hay algo de antropocentrismo en ello? ¿Hay alguna razón por la cual los derechos básicos deban discutirse solo con referencia al ser humano? ¿No está este ser humano puesto en duda por expresar la conciencia colonizadora de la modernidad occidental?
Amnistía Internacional ha expresado sus dudas frente a las pretensiones legales del GAP. ¿Qué pasa con los derechos de la población mundial detenida y degradada? La ONG fundada en Londres en 1961, considera que aún falta reconocer y respetar los derechos humanos en todo el mundo antes de pensar en hacerlo con simios. El argumento de nuestra similitud genética no convence. Todas las especies comparten ADN con los seres humanos en algún grado. Es cierto, es un espectáculo sumamente desagradable asistir a un circo y presenciar el maltrato al que son sometidos los animales.
No obstante, un dilema ético se asoma cuando pensamos en las pruebas biomédicas. Dado que requerimos de la información proveniente de nuestras especies más análogas genéticamente hablando, la experimentación para tratamientos de anticuerpos monoclonales –desarrollados contra el cáncer, enfermedades autoinmunes como la artritis reumatoidea, el lupus eritematoso, la esclerosis múltiple- tiene que ser adelantada no sólo con humano sino con especies muy similares a aquellos. No obstante esta utilización de simios con fines científicos debería estar guiada por los mismos principios éticos que guían las pruebas con humanos. Algunos académicos argumentan incluso, que no es necesario en el estado actual de la ciencia, experimentar con simios, su presencia en los laboratorios resultaría espúrea.
El problema con el argumento del GAP es un típico dilema de medios y fines. El fin de conservar las especies es lógico y necesario. El argumento que se esgrime como medio para lograr el fin conservacionista peca por falaz al extender los límites morales de lo humano -que apenas se puede sostener en el homo sapiens a otras especies-, por similares que sean genéticamente.