Desde los trece años estaba esperando ese momento. Por fin tenía entre mis manos la boleta que me aseguraría la entrada al esperadísimo concierto de la banda inglesa Iron Maiden. No era un concierto más. En un país que ha sido escala de grupos ‘de segunda’, y donde la presencia de grandes bandas de rock se cuenta con los dedos de las manos, la visita de Iron Maiden no podía ser otra cosa que una buena noticia, sobre todo para aquellos de nosotros que recibimos más influencia de Iron Maiden y de Judas Priest, que del mismísimo Jesucristo el nazareno. Iron Maiden fue, junto con Judas Priest, la más influyente banda de la llamada ‘nueva era’ del movimiento del heavy metal británico. Su música fue decisiva para los derroteros que tomaría el metal al punto que para críticos como Daniel Bukszpan (2003), todos los criterios que hoy usamos para juzgar si una banda es verdaderamente ‘metalera’ pueden encontrarse en cualquier álbum de Iron ‘fucking’ Maiden.
Comencemos con un apunte biográfico. Iron Maiden me ‘arrancó’ de la niñez. Lo conocí a los trece años, gracias a mi entrada al ya entonces lánguido mercado del Heavy Metal, que se vehiculaba en nosotros, los adolescentes, en la forma de un ciclo infinito de intercambio de vinilos y cassettes, como los chicos gringos intercambian ‘baseball cards’. En la entrada a ese mundo sombrío y opuesto al canon estético occidental, ‘Maiden’ fue un punto de paso obligatorio. Fue una de las primeras bandas de metal que conocí, junto con las llamadas ‘cuatro grandes’ del trash metal (Metallica, Slayer, Anthrax y Megadeth). Con un sonido que no era para nada como lo que después se conocería como trash metal , pero que indirectamente terminó influenciando no solo este sino todos los subgéneros del metal, Iron Maiden se posesionó como el maximo estandarte de un rock acelerado, elegante y progresivo, que no tardó en alejarlos de la influencia punk y de bandas como Deep Purple, y Thin Lizzy, para encontrar su sonido característico y su nicho en un mercado in crescendo. Al cambiar el carácter de este mercado, y la música cambiaba de orientación (del ‘rock de sunset strip’ que se había convertido en una mala copia de si mismo, alabando una borrachera eterna de chicas, gasolina y perico, al decadente y escéptico sonido de Seattle), Iron Maiden se convirtió, en mi imaginario, en la banda representativa de aquello a lo que, musicalmente hablando, había que dar la espalda. Lo confieso, los primeros acordes de ‘Smells like teen spirit’ tuvieron un efecto catártico y descontaminante que hizo que, en cuestión de pocos meses, por allá en los primeros años de la década de 1990, una nueva jerga, nuevas bandas y nuevos sonidos reemplazaran al heavy metal en mis afectos personales. Rechacé a Iron Maiden hasta hace un poco mas de un lustro, cuando un diciembre desempolvé mis viejos discos y volví a girar mi atención hacia el metal y su sentido social, está vez guiado por la teoría cultural y en el marco social del ‘boom’ de la nostalgia que padecemos.
Por ello, mi emoción era indescriptible cuando tuve el ticket en mi mano. Recordaba todas las imágenes que circularon en mi adolescencia, grabadas durante el ‘World Slavery Tour’ de 1984 y 1985, que resultó en el conocidísimo compilado en vivo ‘Live after death’. Recordaba el virtuosismo musical, la energía en escena, la compleja pirotecnia; todo ello bajo el arrullo oscuro de sus letras crípticas y cargadas de lirismo y alusiones literarias, desde Chesterton, a Lovecraft y Coleridge. Se sabe que, al igual que Kiss, Iron Maiden es una banda que da todo por sus fans, quienes están incluidos en un rango de edad que va de los 15 a los 45 años. Todas estas expectativas crecían conforme se acercaba el gran día, penúltimo de febrero de 2008.
Desafortunadamente, lo que pudo haber sido el mejor concierto de mi vida se convirtió en una desagradable experiencia por cuenta de los organizadores y del cuerpo metropolitano de policía de Bogotá. Por un lado, la logística del evento brilló por su ausencia. De hecho, colapsó tan pronto algunos, muy pocos, trataron de ingresar sin pagar al recinto del Parque Simón Bolívar. Desde que llegué no había nadie que colaborara en hacer más expedito el ingreso al concierto. La fila se prolongó por horas. Yo llegué un poco tarde, pero con suficiente tiempo para, en condiciones normales, entrar al concierto con un margen de ventaja que me permitiera echar una meada y comprar otra cerveza. A pesar de ello, entré cuando la banda (maldita puntualidad inglesa), ya había comenzado a tocar.
La gestión de la policía, por otro lado, fracasó con un rotundo éxito. Funcionó a la perfección, eso sí, el estereotipo, la imagen mental y la ecuación según la cual: metalero = rebelde/ drogadicto/ violento. Representación mental que por lo demás, no es exclusiva de nuestro país. El dispositivo policial fue tremendo; desafortunadamente, fue orientado en contra nuestra y no contra quienes intentaban ingresar al evento sin pagar. Tenebrosos robocops antimotines acompañados por despistados soldados bachilleres, muchos de los cuales terminaron en medio de los desordenes del ‘pogotazo’, utilizaron su fuerza contra nosotros haciendo que por poco, mi novia y yo, casi no pudiéramos entrar a ver a la banda de mis pesadillas adolescentes. Entramos en medio de la presencia amoniacal del gas lacrimógeno, justo en ‘Run to the hills’ que nos pescó corriendo para alcanzar a pillar el final del concierto. La banda, como era de esperar, se fajó. Tocaron gran parte de su material viejo, junto con algunos temas, muy pocos, de sus trabajos más recientes. Todo un recital que pasó revista a sus más de 30 años de brillante y satánica carrera musical.
Al salir, el ambiente seguía cargado de un tenue tufo de gas lacrimógeno, esta vez en etéreo maridaje con el aroma de los chuzos y las mazorcas. En perfecta paz y muy agradecido con la banda, como tan asqueados por la actitud de los organizadores y la policía, terminamos la noche en ‘Abbott & Costello’ entre el humo y la cerveza.
Bogotá, Febrero 29 de 2.008.
Bogotá, Febrero 29 de 2.008.
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