lunes, 10 de agosto de 2009

ALGUNOS ELEMENTOS PARA LA INTERPRETACION DE LA IMAGEN DEL PODER: DE BOLIVAR A URIBE.


Revisando un catálogo de imágenes de la colección de la exhibición permanente del Museo Nacional de Colombia, me detuve en una imagen que llamó mi atención. Se trataba de una representación de Simón Bolívar, el padrecito de la patria colombiana, dibujada por José Gil y Castro, sobre un grabado de C. Turner. Este grabado en mezzatinta sobre papel, muestra un Bolívar de cuerpo entero, de perfil en tres cuartos, impecablemente vestido en sus mejores galas militares, con el trazo de su cuerpo alongado, gesto corporal sereno, y de expresión facial relajada. Se encuentra entre las sombras de una construcción neoclásica, acompañado a la distancia por dos de sus soldados, probablemente su guardia personal; todos juntos, se encuentran rodeados de un paisaje calido, con palmeras y montañas lánguidas, casi moribundas; un más allá donde no se vislumbra ninguna presencia humana, donde el paisaje sirve para reforzar la idea de una madre patria que ubica al ‘libertador’ como padre fundador de la misma. En su mano izquierda, Bolívar sostiene la funda de su espada apuntando al piso, la posición relajada del héroe y la dirección de la funda evidencian que el orden social exterior se ha consolidado y ya no será necesario desenfundarla.

Dos elementos llaman mi atención de ese grabado. Por un lado, las espuelas de bolívar. Su uniforme militar incluye, en el talón de sus botas, unas largas espuelas con sus rodajas. Las espuelas están ahí con un sentido. Se trata de un viejo motivo iconográfico que se repite a lo largo de la historia del arte, una metáfora: la del gobierno como ejercicio de la equitación, de una relación entre el caballo y su jinete. El caballo es la caótica sociedad y sus fuerzas en devenir, y el jinete, obviamente, el gobernante. Bolívar era un excelente jinete, y los autores no podían despreciar este hecho si querían lograr el efecto dramático de esta obra, elaborada con el ‘libertador’ aún en vida. Como recuerda Peter Burke, esta metáfora no inicia pero se hace evidente en la ‘Idea de un príncipe cristiano (1640), de Diego de Saavedra Fajardo, “en la que se desarrolla dicha metáfora recomendando al príncipe 'domar el potro del poder' mediante el 'bocado de la voluntad…la brida de la razón, las riendas de la política, el látigo de la justicia, y la espuela del valor', una metáfora que, recuerda el historiador inglés de la cultura, circulaba en tiempos de las revoluciones americanas, cuando era frecuente la imagen del “Caballo de América derribando a su dueño”.[1]

Burke afirma con acierto que “no sólo en nuestra época, los gobernantes han sentido la necesidad de poseer una buena imagen pública”.[2] Partiendo de la tendencia del arte religioso de los primeros siglos del cristianismo a apropiarse de diversos elementos pertenecientes al arte de la Roma imperial, Burke expone como desde la Edad Media hasta nuestros días se ha invertido la dirección del vector de influencia: “se ha producido un largo proceso de 'secularización' en el sentido de una apropiación y una adaptación de las formas religiosas con fines profanos”.[3] Ahora el poder se apropia de los temas y motivos disponibles para representar el santoral cristiano y, con el desarrollo del retrato, dotar a los gobernantes de los nacientes estados nacionales de todos los atributos heroicos que le ubique como modelo de todo súbdito o ciudadano digno de serlo. El Estado centralista, primero absolutista y luego democrático, secularizó sus instituciones pero no pudo desligar la imagen de sus gobernantes de una imagen sacra, dotada de ciertos atributos sobrenaturales. El secular Estado moderno, aunque secular, no ha impedido que del frío burócrata emerjan personalidades carismáticas que, mediante la manipulación de la imagen, adquieren un estatus heroico y mítico, encarnación de ideas y valores que cimentan el colectivo. La sublimación del gobernante a través de la imagen sobrevivió al surgimiento del estado moderno absolutista y a la implantación de las modernas democracias, liberales e iliberales. Ello se logró mediante el recurso a ciertas ‘formulas’ y metáforas cuya genealogía se pierde en la noche de los tiempos. La del jinete y su caballo es tan sólo una de ellas; otra, se encuentra en el mismo grabado de Bolívar que nos ocupa, el segundo detalle que llama mi atención.

La mano derecha de Bolívar se encuentra introducida en la parte superior de su traje, los dedos se ubican sobre el corazón. Imposible no relacionar ese gesto convertido en fórmula iconográfica con otras imágenes anteriores y posteriores a la elaboración del grabado de Bolívar. Concretamente con imágenes de santos y figuras destacadas del panteón católico.


Siguiendo con Burke, para este autor, este antiquísimo gesto, en su relación con los retratos del poder, suele relacionarse con la figura histórica de Napoleón Bonaparte, aunque este no fuera el primero en hacerse retratar con la mano derecha metida en el chaleco, sobre el corazón; después de Bonaparte, muchos gobernantes de distintas épocas posteriores lo adoptaron, entre ellos Mussolini y Stalin.[4]

En este sentido, el cuadro de Jacques Louis David que representa a Napoleón como burócrata, mirando hacia la ‘cuarta pared’ en su estudio, es el más conocido retrato del emperador francés, modelo de representación que ha sido posteriormente utilizado ad nauseam, por gobernantes, sus propagandistas y publicistas.



No obstante, el gesto es más antiguo que Napoleón; su rastro se pierde en las tiniebla de los tiempos. La mano en el corazón, expresión que comparten tanto Bolívar como Napoleón, con las manos entre el chaleco, es un gesto muy extendido de sinceridad que, tanto en alemán, como inglés y castellano se ha convertido en una frase común: ponerse la mano en el corazón.[5] Artistas de todos los tiempos han recurrido a esta estrategia representacional para reforzar la imagen del gobernante como ser honesto, sin discrepancia entre lo que es, lo que dice y lo que hace. Ello, porque el elemento representacional del arte, por supuesto, refleja la vida hasta cierto punto. El artista utiliza gestos que adquieren significado en las relaciones humanas.[6] La mano en el corazón, como elemento de un lenguaje de textos con valor simbólico es una formula del arte religioso occidental cuyos orígenes son imposibles de rastrear. Como recuerda el historiador del arte y filósofo Ernst Gombrich, este gesto se une a un repertorio que ha sido útil en ciertas épocas artísticas en que los artistas han considerado su labor hacer que las figuras de sus cuadros hablaran con gestos. Épocas en las que los gobernantes se han lucrado a nivel político y simbólico del trabajo del artista. Ahora, son los expertos en imagen, los maestros del marketing político, quienes tienen como labor hacer que los gestos de sus clientes hablen por si solas y expresen la imagen que ellos quieren tener.


Dado que, finalizando este texto con Burke, debemos mirar los retratos oficiales no en sentido figurativo y literal, sino como mero teatro, como la representación pública de una imagen idealizada,[7] pues es en ese sentido que debemos analizar la imagen oficial de campaña de Alvaro Uribe Vélez, que se encuentra en medio de un sistema relacional de imágenes cuya antigüedad es incalculable y que pasa por santos católicos, Bonaparte, Bolívar, Stalin y un largo etcétera. Como en otros retratos similares, la de Uribe es una imagen que no debe leerse literalmente, es decir, no se debe ver como el gobernante 'realmente es', sino como quiere que se le vea. En una sociedad cada vez más mediatizada, donde la política y el espectáculo apenas se distinguen y donde la ‘presencia mediática’ es un factor decisivo a la hora de inclinar la balanza electoral, la importancia de la asesoría de imagen es fundamental. El marketing político, un hibrido heredero de la ciencia política, la psicotecnia y la publicidad, y su cada vez mayor presencia en las universidades es un indicador de cómo el papel del artista en la adecuada presentación y representación de una imagen pública del gobernante, se desdibuja ante estos profesionales de la actual propaganda política. La imagen del gobernante colombiano, con la mano derecha en el corazón, indicando que es un candidato sincero; con su mirada puesta en lontananza, indicando que tiene su mirada claramente puesta en el horizonte futuro de los colombianos, y custodiado por el tricolor nacional en colores separados (para indicar su origen pluripartidista, lo que a la postre le convirtió en un paraguas donde escamparon políticos provenientes de todas las vertientes políticas que campean en el país); y con camisa de color rojo, para señalar su origen liberal; es un hábil intento de sus asesores de imagen de lanzar al mercado político un producto atractivo para las masas de colombianos descontentos con la oferta política tradicional, lo que a la larga convirtió a Uribe en un fenómeno digno de estudio para los abanderados del marketing y la psicología políticas.

Dado que la intención de artistas y primero y luego, expertos en marketing político, es no solo proyectar ciertos valores en aquellos que son retratados, sino además y más trascendental aún, convertir a los gobernantes en modelos que los súbditos primero y luego ciudadanos tienen como referente de aquello que se espera que sean. Alvaro Uribe y su imagen es un claro ejemplo. Los tiempos del uribismo exacerbado -una ideología que es como un cascaron sin contenido, pero con un fuerte efecto en los ciudadanos-, han ubicado a Alvaro Uribe, en una posición de molde, figura modélica que la Colombia pasiva (que deriva cada vez más hacia el espectro ‘derecho’ de la opinión pública, la participación política y el debate) ve como arquetipo de lo ‘políticamente correcto’. No nos engañemos, Uribe es más que un gobernante cualquiera. Es, a los ojos de la mayoría, de los colombianos alguien que no se equivoca, infalible, certero. Sus opiniones, decretos y sentencias son providenciales y tienen una fuerza lapidaria. Su figura modélica se repite en discursos de amplia circulación en el mundillo político nacional. Un pequeño ejemplo: hace poco me encontré con un titular de prensa que parecía un chiste pero que era preocupantemente real. En él se afirmaba que el Senado estudiaba un proyecto de ley para adoptar el gesto de Alvaro Uribe al escuchar el himno nacional. La noticia decía: “La postura firme y con la mano derecha puesta a la altura del corazón que el presidente colombiano, Álvaro Uribe, asume cuando escucha el Himno Nacional podrá ser adoptada como obligatoria para los civiles en el país, según una iniciativa presentada al Senado por un legislador de la coalición de Gobierno”.[8] Fuentes parlamentarias argumentaban en el texto noticioso que el propósito del proyecto era “crear una conciencia de uniformidad en el país para generar mayor respeto y veneración a los símbolos patrios”; tal disciplinamiento de los gestos y las posturas corporales, tenía por objeto terminar con la tendencia de los civiles a “llevar las manos a los bolsillos del pantalón” al escuchar el himno nacional, y nadie mejor para servir de ejemplo que el presidente Uribe, un político que ha demostrado ser un hábil manipulador de medios y creador de su propia imagen y mito político.


[1] BURKE, Peter. Visto y no visto. El uso de la imagen como documento histórico. Crítica. P. 77.
[2] Ibid. Pág. 76.
[3] Ibid. Pág. 75.
[4] Ibid.
[5] GOMBRICH, Ernst. La imagen y el ojo. Nuevos estudios sobre la psicología de la representación pictórica. Debate. Madrid, 2000. Pág.64
[6] Ibid. Pág. 66.
[7] BURKE. Op. Cit. Pág. 87
[8] http://www.radiosantafe.com/2008/08/11/senado-estudia-adopcion-de-gesto-de-alvaro-uribe-al-escuchar-himno-nacional/

1 comentario:

lascharlasdelaesquina dijo...

primero, felicitarlo por su blog... hasta ahora me entero que tiene uno, y lo seguiré leyendo con avidez, segundo, el manejo magistral que de la simbología hacen los publicistas, han convertido al mismísimo discurso en obsoleto, ya que las campañas ya no se hacen en la plaza pública, exponiendo ideas y discursos coherentes, sino en las pantallas de televisión y en las pautas impresas y radiales, que, a lo sumo duran un minuto, y por lo tanto , más que convencer, tienen que impactar. Se elige a quien más y mejor publicidad tenga