miércoles, 30 de septiembre de 2009

ARTE, PERFORMANCE, POLITICA Y ESCANDALO


I. Desde que la modernidad se configuró como tal, el artista ha tenido a su cargo la función, no solo de representar la realidad y construirla transformándola, sino de escandalizar la moral burguesa en la cual surgió. Los distintos ‘ismos’ que se han superpuesto en la carrera a ninguna parte que es el arte moderno, han escandalizado y sacudido las normas morales que cimentan y cementan el cuerpo social de la sociedad que les acoge. Gran parte de la función social del arte es pues esa: escandalizar. El problema reside cuando el arte ya no escandaliza, lo que motiva que los artistas corran el velo de la vergüenza siempre un poco más allá. El arte posmoderno, cansado de escandalizar deja en manos de sus hermanos modernos, la función escándalo, mientras sus miembros escarban en el pasado en una actitud más contemplativa y más políticamente correcta.
Tania Bruguera es una de esas artistas cuya raison d'être es el escándalo. Haciendo uso del ya omnipresente performance, forma estético-expresiva que se hace hegemónica cuando la política se hace espectáculo, Bruguera ha visto surgir alrededor de su obra un incesante murmullo de voces, que entre aterradas, escépticas e incrédulas, asisten a sus puestas en escena o simplemente acceden a sus resonancias a través de los medios. Famoso es ya su performance en la bienal de Venecia que llamó ‘Autosabotaje’,[1] en el que, mientras leía un texto sobre arte, apuntó a su sien con un revolver cargado con una única bala que disparó contra si misma tres veces, la bala se disparó al cuarto intento, esta vez al aire. Los aterrados asistentes no daban crédito a sus ojos. A la polémica desatada, Bruguera respondió: “"Una bala de verdad, porque hago arte político en serio y quiero que se vean las consecuencias, es­taba dispuesta a morir".
En el Tate de Londres acosó a los asistentes con guardias montados en caballos, girando en torno a ellos para acorralarlos y controlar sus movimientos.[2] Bruguera estaba entre los asistentes, observando. "Quiero proponer el tipo de artista que se pueda meter en lo social –dice Bruguera- con el privilegio que tiene el artista de meterse donde otros no se pueden meter. Me in­teresa el artista como un incenti­vador social y responsable. No me interesa ir a un espacio a decir algo sino a hacer." Y, en efecto, Bruguera hace.
La naturaleza de su propuesta se manifestó, con todas sus posibilidades políticas, en el performance que desarrolló este año en la X Bienal de arte de La Habana. Allí, encendió un micrófono ante un auditorio al cual se le permitió decir lo que quisiera.[3] El arte creó un sortilegio, un paréntesis, un espacio intermedio que parecía por fuera del poder, en una Isla rodeada y aislada por el poder total. Disidentes, unos más vehementes que otros, aprovecharon el papayazo para denunciar la falta de libertad en la Isla lo que provocó el rechazo oficial. En un acto de profundo significado simbólico para los cubanos, un par de actores disfrazados con uniformes del Ministerio del Interior se acercaban a los improvisados oradores y les ponían una paloma blanca en el hombro. Era una referencia burlona al histórico discurso de Fidel Castro el 8 de enero de 1959, cuando una paloma blanca se le posó en el hombro, lo que muchos consideraron una señal de reconocimiento divino. Por ello, uno a Bruguera le cree cuando habla de arte social y político. No está hablando en broma. Lo dice en serio y actúa en consecuencia. "Afirma Bruguera: “Soy una artista que no hace sentir cómoda a la gente…Soy una artista que trata de hacer lo imposible. Ese es mi trabajo y así es como llevo mi vida personal''.
Bruguera, hija de la revolución cubana, plantea una visión nada ortodoxa de ese concepto tan en desuso, ‘revolución’; en consecuencia, está por emprender un año sabático en el que vivirá en París, autogestionando su nuevo proyecto, la creación de un Parti­do del Pueblo Migrante (PPM),una agrupación política para los sin papeles: "La estrategia es empezar a hacerlo yo como auto­ra y luego que la siga la gente, es jugar con la idea de que el artista es el que puede hacer lo que otros no pueden. Quiero que el partido tenga verdadero poder y se pueda presentar a elecciones".
Por todo lo anterior, había mucha expectativa por el performance que pondría en escena en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional en el marco del VII Encuentro del Instituto Hemisférico de Performance y Política, financiado por el Ministerio de Cultura de Colombia y la Alcaldía de Bogotá, entre otras entidades. Como parte del boom del performance al que asistimos, el ‘hemisférico’ atrae a artistas e intelectuales (esa chocante clase que posee el capital social cultural) de distinto color y pelambre, ansiosos de reflexión y espectáculo. La espera fue larga, la artista cubana quería lleno total. Y así fue. Se presentó al frente de una mesa con los protagonistas del conflicto armado colombiano. La acompañaban tres personajes quienes encarnan a un paramilitar, a una desplazada y a una guerrillera. El público esperaba que algo trascendente sucediera, los tres protagonistas respondían a la pregunta ¿Qué es un héroe? La atención del público se disipó cuando una asistente de Bruguera pasó entre los asistentes ofreciendo cocaína en una bandeja de vidrio que se vació tres veces. Algunos consumieron, otros se escandalizaron.[4] Al final, el acto fue suspendido por la Universidad. La prensa no tardó en difundir la noticia que apareció en todos los medios y motivó el rechazo, tanto oficial como de numerosos miembros del establishment criollo. Por intermedio de la ministra de educación, el gobierno colombiano reclamó acciones legales contra los responsables, la artista se defendió: "La única responsable de la obra soy yo", señaló. Bruguera aclaró que envió su proyecto tanto a la Universidad Nacional como a los organizadores del encuentro hace meses y que le censuraron los elementos que quería utilizar en la representación, entre ellos la cocaína y un arma. Aún así representó su obra y, en medio de la improvisación, hizo uso de la cocaína. Al fin y al cabo ¿Cómo excluir al consumidor de cocaína en la compleja ecuación de la violencia que padecemos los Colombianos?
Bruguera se declaró “muy dolida porque los medios de prensa han cubierto, solo la mitad de la obra” y han dejado fuera lo que para ella es más importante, que es la mesa de discusión que se estaba realizando simultáneamente con actores del conflicto colombiano. "Lo que se hizo fue banalizar mi obra y a mí como artista, ya que es una representación falsa de mi propuesta -agregó-. Reduce el proceso intelectual de los todos colombianos que participaron en ella".

II. Resulta contradictorio que en la Colombia uribista, pacata, y bobalicona que padecemos, un performance, cuya voluntad política y razón de ser pasa por el escándalo, produzca tal crispación en las cándidas mentes de periodistas, directores de medios, burócratas y paladines de la moral y las buenas maneras. El performance, es lo que queda cuando la política radical muere. La muerte de la política, que se acompaña de la crisis de la democracia representativa y de los partidos políticos, junto a la defunción declarada de las ideologías, ha visto el resurgimiento del ‘performance’, como concepto y práctica, en academias de artes vivas y, con especial fuerza, en las aulas de ciencias sociales en todo el mundo. Ello, a partir del reconocimiento de que, como afirma el filósofo del lenguaje británico John L. Austin, las palabras hacen cosas. Con su teoría de los actos del habla, Austin retoma una antiquísima idea, según la cual, el lenguaje no es un fenómeno neutral con el que simplemente describamos el mundo. Al contrario, el lenguaje pone en acción al mundo, lo crea y lo mantiene en movimiento. Crítico de la filosofía de su tiempo que se limitaba a la dimensión descriptiva o denotativa del lenguaje, Austin plantea la existencia de dos tipos de enunciados: constatativos y performativos. Con los primeros, describimos el mundo, con los segundos realizamos una acción en el mundo. Con los primeros comprendemos la realidad, con los segundos la transformamos. El enunciado performativo no se limita a describir un hecho, sino que por el mismo hecho de ser expresado realiza el hecho. Ello, pone en evidencia que el lenguaje no es un espejo que simplemente refleje el mundo, sino que participa activamente en su construcción. Ello aplica para el lenguaje artístico; el arte como lenguaje no sólo imita la vida (mimesis) sino que, el acto artístico en su capacidad estético-expresiva crea el mundo a partir de la transformación de la materia, las ideas o las imágenes. En el caso del performance, como forma artística, el poder del acto depende del actor y del contexto, que como en el caso del ‘yo te bautizo’ del sacerdote católico o cristiano, requiere de un contexto que le da autenticidad y complementa el acto. En el performance de Bruguera actor y contexto apuntaban al poder político del acto performativo, generando una reflexión mediante una fuerte sacudida de los sentidos del espectador, táctica de facticidad y efectividad más que comprobada por la misma Bruguera. Estábamos avisados. Había que ser muy ingenuo para pensar que el acto de Bruguera iba a ser otra cosa que ‘muy escandaloso’ para la mojigata moral del país oficial.

III. En un país en el que soportamos el gobierno más escandaloso desde que nos constituimos en república hace 190 años y unos pocos meses, resulta por lo menos curioso que un performance como el de Bruguera, cuya vocación 'natural' es escandalizar y sacudir el sujeto y la sociedad espectadores, haya producido tanto escándalo. De forma parcial y descontextualizada se presentó el hecho de distribuir cocaína en el auditorio como un enorme pecado que evidenciaría la decadencia del arte. Los dolientes de la moral judeocristiana, en cruzada contra las huestes del irredento e inmoral arte de Bruguera pusieron el grito en el cielo, y a el se dirigieron las miradas, los sollozos, las amenazas y los ayes. Los escándalos de nuestra clase política a los que semanalmente nos exponen los investigadores y opinion makers de diarios, semanarios y emisoras radiales, dieron paso a este escándalo, palabra que conjugada con el arte de Bruguera, no es otra cosa que una redundancia absoluta. Más turbados resultaron los burócratas al servicio de la tiranía uribista: las ministras de educación y de cultura anunciaron investigaciones y sanciones que en este país de efervescencias colectivas al mejor estilo durkheimiano, fueron flor de una mañana.
Lo que más llama la atención de todo este episodio es que cause escándalo un acto artístico en el cual, el hecho que causó la discordia tenía una explicación lógica si miramos el contexto en que se dio. Al fin y al cabo ¿Cómo excluir de cualquier performance a un factor, una variable tan vital de la ecuación en la violencia colombiana como lo es el consumidor? Dentro del performance el consumidor de coca aparece como un actor mas dentro de la compleja ecuación del conflicto que nos desangra como país. Si es un acto de violencia repartir coca en una bandeja, pues se trata de un acto repetido y performado a la saciedad en cada calle de Colombia, Moscú, Madrid, o Baltimore. Llama también la atención que en una Colombia donde, como se dijo arriba, soportamos el gobierno con la mayor cantidad de escándalos de la historia, un acto artístico logre provocar tal grado de escándalo. Hagamos memoria: el gobierno Uribe ha sido el protagonista, de lejos, de la mayor cantidad de escándalos. Acudamos a la memoria aún fresca de la historia reciente. Los colombianos aún recuerdan el escándalo de la ‘Finca la Libertad’ causante de mas de una migraña palaciega en la administración López Michelsen; César Gaviria vio temblar su gobierno cuando, tras la fuga del capo di tutti capi Pablo Escobar, se descubrió la increíble negligencia del ejecutivo con la clase mafiosa que demostraba, seguir enquistada en la sociedad colombiana. Ernesto Samper pudo capotear con éxito el temporal producido por los 'narcocasettes' que desembocaron en el proceso 8000. A pesar de quedar plenamente demostrada la financiación de parte de la campaña ‘Samper Presidente’, con dinero procedentes del cartel de Cali, Samper logró terminar su cuatrenio gracias a la captura política de sus jueces naturales, los representantes a la cámara pertenecientes a la Comisión de Acusaciones de ese organismo. A pesar de que podemos considerar su cuatrenio como un Desastre (con mayúscula), el de Pastrana fue un gobierno sin escándalos. Sin embargo, en los 7 años del gobierno Uribe han estallado un número inédito de escándalos que, en un país decente, ya hubiera descabezado a toda la cúpula dirigente. El septenio Uribe ha visto florecer más escándalos que ningún otro gobierno antes y probablemente después de él. Hagamos memoria: una muestra, nada pequeña como un botón sino al contrario, una tragedia nacional fue el formar un partido ‘atrapa todo’ y sin ideología, en el cual terminaron militando políticos aliados en sus regiones con tenebrosos jefes paramilitares responsables de masacres, desplazamientos y despojos jurídicos de tierras. Continuemos con la 'Yidis-política', que en cualquier país decente habría descabezado ministros y jefes de Estado. Comprobado es, no en vano la contraparte expiatoria se encuentra tras las rejas, que los ministros Pretelt y Palacio ofrecieron dividendos materiales a cambio de cambiar la constitución, las leyes y aprobar cuatro años más de gobierno Uribe, bajo la tesis gaseosa de que ‘sin él quien mas’; luego tenemos la más que escandalosa persecución a la Corte Suprema de Justicia: aliados con alias Job y otras figuras de la mafia mas tenebrosa, altos funcionarios de gobierno han complotado contra el alto tribunal de justicia, evidente piedra en el zapato en la toma politiquera y paramilitar del país; no olvidemos que la doctrina de seguridad democrática amplía la noción de enemigo del Estado hasta cubrir no sólo a la oposición democrática y los defensores de derechos humanos, sino además a los altos tribunales que, en legítima defensa del principio de pesos y contrapesos intentan contener la expansión del poder presidencial y la democracia misma. Sumemos a esta sucinta panorámica, la descarada compra-venta del Estado liderada por el ministro del interior, con la cual se ha sellado la segunda reelección; la modificación ‘por lo alto’, del marco legal de un predio en la sabana de Bogotá que terminó enriqueciendo a los hijos del presidente; las técnicas de Gestapo con las que se ha acosado y vigilado ilegalmente a miembros de la oposición, defensores de derechos humanos y periodistas poco afectos al régimen; el asesinato de inocentes jóvenes en barrios y regiones pobres del país por culpa de fallos en la formulación de los incentivos de la política de seguridad democrática, jóvenes que engañados eran posteriormente asesinados para ser presentados como dados de baja de los grupos irregulares o positivos; el uso de emblemas de la cruz roja por parte de miembros de las fuerzas armadas en la operación ‘Jaque’; los incontables escándalos de corrupción de los colaboradores, cercanos o lejanos a la casa de Nariño; y un largo etcétera. En un país que padece un gobierno sui generis en materia de escándalos, que soporta en los medios semana a semana una letanía de acciones non sanctas por parte del gobierno y la misma oposición, armada y desarmada, sorprende que un performance escandalice tanto. La moral colombiana, mediatizada por unos canales informativos que buscan lo espectacular y escandaloso allí donde anide , al no presentar el contexto y el sentido del performance de Bruguera, una vez más demostraron que sus contenidos ofrecen muy pocas herramientas reflexivas para pensar la política, la sociedad y el arte.

[1] http://www.youtube.com/watch?v=oQyOsbGXvH8
[2] http://www.youtube.com/watch?v=x7L1s_GWn3o&NR=1
[3] http://www.youtube.com/watch?v=oQyOsbGXvH
[4] http://www.youtube.com/watch?v=l4axx4u_mW8&feature=related http://www.youtube.com/watch?v=x8zy1kULsE0&feature=related

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