jueves, 27 de mayo de 2010

NI LO UNO NI LO OTRO: EL PARTIDO DE LA U.

El Partido Social de Unidad Nacional (mejor conocido como 'Partido de la U') no es partido, ni es social, ni de unidad, ni mucho menos nacional.
Por un lado, este partido de oportunidad de tipo atrapatodo no cumple con los requisitos mínimos para ser considerado ‘partido’ en estricto sentido. Surgido en la sombra de la popularidad uribista y ante la necesidad de organizar un movimiento propio en el que encontraran cabida políticos venidos de uno u otro lado del espectro político, este pseudopartido surge del oportunismo, de la necesidad coyuntural de capitalizar políticamente la enorme popularidad de Álvaro Uribe Vélez. No es un partido sino a lo sumo, un movimiento de ocasión con voluntad, eso si muy nacional, muy colombiana, de convertirse en un sancocho en el que cabe de todo. Y no lo es porque no cumple los requerimientos mínimos, reconocidos para nominar a un partido como tal. Un partido político es ante nada una institución, una entidad política que trasciende al tiempo. Su temporalidad es de largo plazo, su tiempo no es la coyuntura sino el proceso que les permite hacer parte de la estructura del sistema político y el sistema de partidos. Un sistema de partidos requiere de colectividades políticas institucionalizadas y, en la actual situación de crisis de dichos sistemas aquí y allá, la norma son aquellos partidos que como el de la U, reflejan la dificultad que enfrentan estas instituciones políticas de ser más que desideologizadas plataformas de ocasión. El partido de la U en ese sentido no es otra cosa que una organización débil que solo existe en campaña. Más allá de los comicios electorales no es más que una ficción. Al igual que el partido Verde y el mismo Polo Democrático, La U no se ha institucionalizado en la política colombiana y desaparecerá tan pronto las nieblas del uribismo se disipen del inconsciente nacional. No es un partido, además, por el hecho de que carece de ideología. Su lógica de mazacote le hace aparecer como un movimiento donde todo tiene cabida, independiente de la orientación ideológica (allí han ido a parar tanto guerrilleros como paramilitares, tanto liberales como conservadores) y siempre y cuando se defiendan sin asomo de crítica, las tesis, poco originales por lo demás, del presidente Uribe. Sin institucionalización, sin trascendencia en el tiempo ni sustancia ideológica, incluso en estos turbulentos tiempos en que la política se hace espectáculo, difícilmente podemos hablar de un partido, en el caso de la U.
Por otro lado, afirmar que el partido de la U es un partido social es mucho decir. Es un hecho que la política social de Alvaro Uribe ha hecho hincapié en las variables que tienen que ver con la defensa y la seguridad, como las de mayor importancia en la ecuación política nacional. La política social en estos ocho años ha sido, en este sentido, poco menos que un verdadero desastre, de consecuencias incalculables para el futuro del país. A nivel doctrinario la administración Uribe ha hecho de la seguridad democrática el vértice de mayor importancia, el que sostiene los otros dos elementos de su triada programática: la confianza inversionista y la cohesión social. La hipótesis defendida hasta el hartazgo por la intelligentsia de la casa de Nari, es que sin seguridad ni inversión extranjera no puede haber cohesión social, entendida no como solución a los dramáticos niveles de desigualdad que campean en este país, sino como integración nominal de la sociedad, más para evitar el conflicto y aumentar la seguridad que como un axioma de intervención del Estado en el orden social. El partido de la U, como baluarte del insustancial uribismo, no tiene en la política social, en la ingeniería pasiva que el Estado debe efectuar en la sociedad, su principal fuerte. Al contrario, los discursos de campaña de Santos y del partido de la U, hacen hincapié, desde luego, en la patente de corso que parece, sólo ellos pueden otorgar en materia de seguridad, en un discurso que han intentado monopolizar sin que les haya dado los réditos esperados. Las promesas electorales del candidato Santos y su flamante no-partido, han tenido en la seguridad su principal bandera, mientras los proyectos sociales brillan por su ausencia, y las pocas iniciativas que han surgido en este sentido, se caracterizan por su asistencialismo y paternalismo. No tienen una estrategia articulada en términos de política social.
Luego, el partido de la U no es de unidad. El uribismo, como proyecto político se cimenta en la determinación de una relación amigo-enemigo. Es sabido que, como afirmaba el filósofo político alemán Carl Schmitt, la definición de la política es que esta se basa en una distinción fundamental, la de "amigo y enemigo". Así como en la moral la distinción fundamental es la de bueno y malo; y en la estética la de bello y feo; lo que caracteriza a la política es su fuerza en la creación de una comunidad con una identidad compartida, un nosotros (amigo), opuesto a un ellos (enemigo). Ningún partido político puede llamarse de unidad puesto que esto constituye una antinomia: partido y unidad se repelen como parte de una misma oración, de un mismo concepto. Ni el partido de la U como comunidad política, ni el partido verde, ni el polo democrático, pueden llamarse ‘de unidad’ pues se caería en una antítesis. En el caso de la U, no obstante, gracias a su vocación de partido miscelánea, donde se encuentra de todo, el enemigo está definido de forma amplia e irresponsable. Cerrar filas en torno al popular mandatario ha pasado por definir al enemigo, el terrorismo, de forma que todos, oposición, estudiantes y maestros de universidades públicas, medios adversos, periodistas punzantes, defensores de derechos humanos y miembros de la Corte Suprema de Justicia, directa o indirectamente, por acción o por omisión, por hacer o dejar hacer; consciente o inconscientemente, terminamos en el mismo costal. Por ello, el país está más polarizado que nunca y el presidente, que justamente representa la unidad nacional hoy es el principal factor de polarización política. Esa definición amplia del enemigo como ‘terrorista’, en consonancia con el orden global post 11S, no es precisamente atributo de un movimiento o partido que se afirme ‘de unidad’. La U, letra que distingue al efervescente grupo político, sabemos que significa ‘Uribe’ o tal vez ‘uribista’ pero no unidad, porque este, una vez más, como cualquier partido no aspira por definición a la unidad, sino a la fragmentación de la identidad política.
Finalmente, la U no es un partido propiamente nacional. Y en este punto voy a omitir los puntos de la izquierda tradicional según los cuales el Uribismo es un proyecto político al servicio del capital transnacional, argumento que, por otro lado, no es falaz en cuestiones de fondo ni contenido sino puramente formales. Sin caer tampoco en el nacionalismo ramplón no es ajustado a la realidad afirmar que la U es un movimiento nacional. Si bien sus alcances electorales si cubren casi todo el territorio nacional, y en parte por las razones expuestas en el anterior punto, la U cumple con su función de representación de intereses colectivos, pero estos intereses son tan estrechos que difícilmente podemos hablar de un partido nacional, de un partido que represente la voluntad nacional, simplemente porque esta voluntad no existe y la nación ha mostrado ser un artefacto histórico de una clase dominante, un proyecto hegemónico impuesto desde arriba que ha acompañado la formación o construcción del Estado. Además, como ha sido la constante en nuestra vida republicana, a la U y a los otros partidos les falta un proyecto de nación abarcante que de cuenta de las múltiples formas de ser que habitan el territorio colombiano. La nación no existe como totalidad, es inabarcable sino se mira desde sus partes constituyentes, las múltiples comunidades e individuos que se constituyen el ciudadanos del Estado nacional. La U y en general todos las agregaciones políticas en el partidos electoral colombiano, carecen de un proyecto de nación abarcante y omnicomprensivo que cumpla con la voluntad multicultural que caracteriza la constitución de 1991. Una vez más afirmar que el partido de la U es ‘nacional’ es extender las posibilidades sintácticas de este adjetivo hasta hacerlo inoperativo y carente de toda fuerza denotativa.
La letra U simboliza cambio. Su forma evoca una caída libre que retoma el sentido ascendente como el gráfico de una crisis económica y de una recuperación. Pero en este caso, simboliza la primera letra del apellido del popular mandatario, bajo cuya sombre campea el oportunismo político nacional. No se trata de un partido y los atributos que doran su nombre no pasan de ser falaces trampas del lenguaje sin ningún respaldo en la realidad.

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