Faltan dos años para el bicentenario de la independencia, ese proceso que nos constituyó en Repúbliqueta bananera de poco brillo. Veinticuatro meses en los que los colombianos tendremos que acostumbrarnos al carnavalesco y embriagador espíritu nacionalista que se nos viene.
No hay nada incorrecto o injusto en celebrar las grandes fechas. No obstante, en honor a la esquiva verdad, hay que decir que las historias patrias, escritas como baladas épicas suelen sobredimensionar el papel de dichas fechas, los héroes y ‘grandes hombres’, en detrimento de los procesos de larga duración y sus verdaderos protagonistas: los sujetos subalternos, la gente común, no aquilatada, quien en efecto hace la historia.
A ello hay que agregarle que el nacionalismo como expresión política de las comunidades imaginadas nacionales, suele ser un instrumento ideológico que puede ser hábilmente instrumentado por el poder para reforzar mandatos u obtener legitimidades que de otro modo serían elusivas. Por ello, con los nacionalismos es mejor andarse con cuidado, y ser crítico con ellos ya que irresponsablemente manejados acentúan los efectos perversos del poder y la ilusión de pertenecer a una comunidad cerrada en la cual los ‘otros’ son fulminantemente rechazados.
No intento rechazar la existencia de algo particular, diferenciado y específico; ese algo que llamamos Colombia. Ello es objeto de debate en las ciencias sociales. Quiero llamar la atención sobre la necesidad de no llevar el actual sentimiento nacionalista más allá de lo tolerable. Contemplo con horror la explosión abigarrada del tricolor ubicuo en rostros, prendas, paredes, en la pantalla de la tele, la prensa, la radio; hasta la nausea. Lo acepto, la nación, como decía Renan es un plebiscito diario que se renueva en la cotidianidad, en el día a día. No obstante siento que hay que abrir los ojos, más aún cuando vivimos tiempos de dictadura blanda (si se me permite la expresión) en los que para muchos, a un nivel simbólico, el gobernante es la nación, representa su unidad. En momentos en que nuestros gobernantes vecinos también atizan los fuegos de artificio del nacionalismo ramplón, es necesario mantener el ojo pelao para que la ilusión no nos haga perder de perspectiva los problemas del colectivo colombiano, esos problemas que son deudas históricas y que no dan espera, entre ellos por cierto, la derrota de los grupos armados ilegales.
Saldré a marchar el 20 de Julio; comparto el sentido general de la convocatoria, cual es, mandar un mensaje a la selva para presionar la liberación de todos los secuestrados. Pero ya me imagino la embriaguez colectiva de la cual tratará de obtener algún lucro el gobierno. Este es apenas un abrebocas del pandemonium nacionalista que se asoma con las celebraciones del bicentenario. El gobierno, no faltaba más, va a manipular políticamente los eventos celebratorios de los 200 años, los homenajes; la memoria heroica que se nos impone, una vez mas servirá para recubrir la verdadera memoria, la traumática, la de los vencidos; aquella que no aparece en los textos de historia o si lo hace, ocupa un pequeña nota al margen. Este 20 de julio prácticamente inicia el bicentenario; ya el gobierno nombró una comisión de ‘notables’, liderada por expresidentes y académicos, encargada de organizar los festejos. El gran concierto a celebrarse en centenares de municipios de nuestra irregular geografía es apenas el comienzo. Un intenso cronograma nos espera hacia el bicentanario. La memoria heroica se impondrá sobre el trauma colectivo que pacecemos hoy hace 198 años.
El nacionalismo es un fenómeno puramente social; las naciones no existen en la naturaleza, son ficciones, artificios que, no obstante, pueden desarrollar afectos y emociones que pocos fenómenos pueden generar. Por ello es mejor ser crítico ante ellos; y estar atento a sus efectos negativos. Mal manejado el nacionalismo no crea sino desgracias. No quiero ser alarmista y decir que acá vamos a terminar como en el Tercer Reich, no obstante el nacionalismo romanticoide, ramplón y heroico que se nos viene es algo que, mal manejado, puede resultar muy nocivo.
No hay nada incorrecto o injusto en celebrar las grandes fechas. No obstante, en honor a la esquiva verdad, hay que decir que las historias patrias, escritas como baladas épicas suelen sobredimensionar el papel de dichas fechas, los héroes y ‘grandes hombres’, en detrimento de los procesos de larga duración y sus verdaderos protagonistas: los sujetos subalternos, la gente común, no aquilatada, quien en efecto hace la historia.
A ello hay que agregarle que el nacionalismo como expresión política de las comunidades imaginadas nacionales, suele ser un instrumento ideológico que puede ser hábilmente instrumentado por el poder para reforzar mandatos u obtener legitimidades que de otro modo serían elusivas. Por ello, con los nacionalismos es mejor andarse con cuidado, y ser crítico con ellos ya que irresponsablemente manejados acentúan los efectos perversos del poder y la ilusión de pertenecer a una comunidad cerrada en la cual los ‘otros’ son fulminantemente rechazados.
No intento rechazar la existencia de algo particular, diferenciado y específico; ese algo que llamamos Colombia. Ello es objeto de debate en las ciencias sociales. Quiero llamar la atención sobre la necesidad de no llevar el actual sentimiento nacionalista más allá de lo tolerable. Contemplo con horror la explosión abigarrada del tricolor ubicuo en rostros, prendas, paredes, en la pantalla de la tele, la prensa, la radio; hasta la nausea. Lo acepto, la nación, como decía Renan es un plebiscito diario que se renueva en la cotidianidad, en el día a día. No obstante siento que hay que abrir los ojos, más aún cuando vivimos tiempos de dictadura blanda (si se me permite la expresión) en los que para muchos, a un nivel simbólico, el gobernante es la nación, representa su unidad. En momentos en que nuestros gobernantes vecinos también atizan los fuegos de artificio del nacionalismo ramplón, es necesario mantener el ojo pelao para que la ilusión no nos haga perder de perspectiva los problemas del colectivo colombiano, esos problemas que son deudas históricas y que no dan espera, entre ellos por cierto, la derrota de los grupos armados ilegales.
Saldré a marchar el 20 de Julio; comparto el sentido general de la convocatoria, cual es, mandar un mensaje a la selva para presionar la liberación de todos los secuestrados. Pero ya me imagino la embriaguez colectiva de la cual tratará de obtener algún lucro el gobierno. Este es apenas un abrebocas del pandemonium nacionalista que se asoma con las celebraciones del bicentenario. El gobierno, no faltaba más, va a manipular políticamente los eventos celebratorios de los 200 años, los homenajes; la memoria heroica que se nos impone, una vez mas servirá para recubrir la verdadera memoria, la traumática, la de los vencidos; aquella que no aparece en los textos de historia o si lo hace, ocupa un pequeña nota al margen. Este 20 de julio prácticamente inicia el bicentenario; ya el gobierno nombró una comisión de ‘notables’, liderada por expresidentes y académicos, encargada de organizar los festejos. El gran concierto a celebrarse en centenares de municipios de nuestra irregular geografía es apenas el comienzo. Un intenso cronograma nos espera hacia el bicentanario. La memoria heroica se impondrá sobre el trauma colectivo que pacecemos hoy hace 198 años.
El nacionalismo es un fenómeno puramente social; las naciones no existen en la naturaleza, son ficciones, artificios que, no obstante, pueden desarrollar afectos y emociones que pocos fenómenos pueden generar. Por ello es mejor ser crítico ante ellos; y estar atento a sus efectos negativos. Mal manejado el nacionalismo no crea sino desgracias. No quiero ser alarmista y decir que acá vamos a terminar como en el Tercer Reich, no obstante el nacionalismo romanticoide, ramplón y heroico que se nos viene es algo que, mal manejado, puede resultar muy nocivo.