jueves, 28 de agosto de 2008

DIATRIBA ANTIDEPORTIVA & ANTIOLIMPICA.

Debo confesar que, a pesar que me he visto en algún momento de mi vida bebiendo borbotones de cerveza bajo el brillo de un televisor, vivando a la selección de mi país, soy un tipo poco afecto a los deportes. No logro comprender la importancia que han llegado a tener los deportes en la posmoderna sociedad tardocapitalista. La industria de los deportes alcanza unas cifras tan descomunales que compite en lucro con la industria armamentista, el tráfico de drogas y las industrias culturales, tanto editoriales como del espectáculo.
Los deportes se han enquistado en la sociedad contemporánea, tanto que son sintomáticos de los tiempos que vivimos. No quiero hablar aquí del culto al cuerpo, la esbeltez y a la imagen fit, culto en el que todos somos feligreses, comulgando en torno a los mismos dogmas, los mismos regímenes, y que nos convierte a todos en deportistas, de la misma forma que nuestros padres eran obreros y nuestros abuelos campesinos. No. Quiero hablar en este texto de esa ubicua presencia de los deportes y ‘lo deportivo’ en la sociedad a través de los medios y grandes certámenes deportivos.
Solo hay que prender la tele para que sepan de qué hablo. Los deportes constituyen un espacio intermedio en todo noticiero, entre la seriedad de las noticias políticas, de la guerra, la economía por un lado, y la efímera e insoportable levedad del espectáculo y sus noticias, por el otro. Pero no nos equivoquemos; en nuestros días la política y los deportes también forman parte de la sociedad del espectáculo denunciada por Debord; una sociedad sin horizontes utópicos, donde muertas las ideologías, no queda más que rumiar (sea de forma pasiva, sea de forma reflexiva), los productos que ofrece la idiot box; una sociedad que como afirmaba Walter Benjamín ‘se ha convertido en espectáculo de si misma; su autoalienación ha alcanzado un grado que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético’.[1] En esta ‘sociedad del espectáculo’, alienada y alienante, todos somos espectadores; da lo mismo si la noticia es deportiva, de farándula (ese dudoso panteón que sucede al crepúsculo de los ídolos), económica y/o política. Las reivindicaciones laborales, conquista histórica de las clases obreras (ahora en vía de extinción), han tenido su contraparte negativa: se ha liberado una cantidad creciente de tiempo de trabajo que al no poder ser empleado en ninguna actividad real necesita que la gigantesca industria del entretenimiento venga a llenarla.[2]
El deporte, componente sintomático de la sociedad del espectáculo, forma parte del repertorio mediático al que se ve bombardeado el sujeto contemporáneo. De ser parte de los hábitos[3] de las clases medias y burguesas, el deporte se convirtió en un espectáculo de masas en el siglo XX, el siglo de las masas. Norbert Elias, el sociólogo judío-alemán identificó el auge de los deportes como el resultado de las transformaciones de la agresividad ligadas al proceso civilizatorio en Europa y, gracias al colonialismo, el mundo entero. El sujeto moderno es un sujeto progresivamente civilizado; los sujetos hemos aprendido a controlar la agresividad gracias al poder coactivo del Estado y al control de nuestros impulsos más salvajes. Las modernas democracias han construido, gracias al poder de las disciplinas, un sujeto dócil que ha aprendido a dominar sus impulsos, su violencia. Para Elias ‘la agresividad se ha transformado, refinado, civilizado, como todas las demás formas de placer y únicamente se manifiesta algo de su fuerza inmediata e irreprimible bien sea en los sueños bien en explosiones aisladas que solemos tratar como manifestaciones patológicas’.[4] Elias detecta un paso del placer sangriento de la guerra medieval (cuerpo a cuerpo) junto con los espectáculos públicos, a los deportes y los espectáculos deportivos modernos, una transformación de la estructura misma de la sensibilidad social en Occidente. Ya no nos deleita el espectáculo sangriento de las ejecuciones públicas, de la caza, el saqueo, la rapiña, el retumbar inhumano de la guerra. La agresividad que se manifestaba en esos espacios desaparece o mejor se desplaza. Mientras que las costumbres violentas o desagradables desaparecen y las pasiones dejan de saciarse con brutalidad, surgen los deportes y la industria del espectáculo para llenar el vacío resultante.
Así, el hombre del mundo civilizado que no puede dar rienda suelta a su sentimiento de placer en la guerra, la combatividad y la agresividad ahora encuentra una manifestación socialmente aceptada en la competencia deportiva, en la contemplación de los combates de boxeo, de los encuentros futbolísticos, de los abiertos de golf, de las válidas de la F1; en la identificación ilusoria, en suma, con unos pocos elegidos a quienes se les permite un ámbito moderado y estrictamente regulado para descargar tales emociones. El sujeto moderno y posmoderno encuentra en los deportes el espacio propicio en el cual descargar su agresividad.[5] A través del espectáculo deportivo nos comportamos como el hombre de guerra de la antigüedad nos convertimos en seres víctimas de un gregarismo inútil, alrededor de comunidades ilusorias, imaginarias, de hinchas de equipos que poco a poco, remplazan las viejas lealtades políticas, de los movimientos sociales a los partidos políticos y los sindicatos. El deporte se ha convertido en una gigantesca industria, afín a la ideología dominante, y ‘lo deportivo’ se opaca ante la realidad del doping químico y según se ve en el horizonte, genético.

Y es que detrás de toda la retórica vacía del ‘espíritu deportivo’, de la ‘unión de los pueblos’ a través del fuego deportivo, anidan sentimientos e impulsos no tan puros. Miremos los juegos olímpicos. El mundo entero se paraliza durante dos semanas. El calendario deportivo es tan apretado que los amantes del deporte pueden, a través de los múltiples canales deportivos en oferta, vivir todo el año cebados con torneos, válidas, abiertos, copas, rallies, master series, champions leagues, y un largísimo etcétera; todo ello sin salir de casa. Cada cuatro años sin embargo, el calendario se ve iluminado por las olimpiadas que, junto con la copa mundial de fútbol, es el máximo certamen en términos de afluencia, ingresos y telespectadores. Según cifras de Brad Humphreys de la revista Foreign Policy, el Comité Olímpico Internacional (COI), -una gigantesca herramienta comercial para grandes multinacionales y multimillonarios promotores como Coca Cola, ADIDAS y McDonald’s, acusada de autoritarismo interno y corrupción- ganó alrededor de 4.200 millones de dólares en los Juegos de 2002 y de 2004. La mayoría de esos ingresos procedía de los acuerdos de transmisión y de los patrocinios empresariales, lo que convierte al COI en la organización deportiva más rica del planeta.[6]
Hay un mito de hermandad universal asociado a los juegos olímpicos. No obstante, a pesar que nacieron para promover la hermandad, han sido utilizados para encubrir violaciones, apenas impulsan cambios políticos y, como lo demostraron los recientemente finalizados olímpicos de Pekín, confieren legitimidad a regímenes non sanctos.
En un reciente artículo John Hoberman lo expresó en mejores términos: Convertido en rehén de su grandioso objetivo de abrazar a toda la “familia humana”, el COI ha claudicado en repetidas ocasiones y ha adjudicado su organización a Estados policiales decididos a montar festivales espectaculares para reforzar su autoridad. El ejemplo más conocido son los Juegos de Berlín de 1936, promovidos por una red de agentes nazis que operó dentro y fuera del COI.[7] Vale también la pena recordar lo acontecido en los olímpicos de 1968 realizados en México, entonces un régimen ‘iliberal’ de partido único, cuyo principal objetivo no era la democracia sino la estabilidad,[8] y que cerraba violentamente los espacios políticos a otras fuerzas. Semanas antes de la inauguración el corrupto régimen de Gustavo Díaz Ordaz enfrentaba fuertes manifestaciones por parte de grupos sociales, predominantemente estudiantiles. El gobierno del PRI, una revolución institucionalizada que desconfiaba de las revoluciones, estaba preocupado por la efervescencia estudiantil porque no se quería ningún incidente en unas olimpiadas que serían instrumentalizadas, manipuladas para mostrar una cara moderna, próspera y desarrollada de México. Por su parte, los estudiantes pretendían utilizar las olimpiadas para mostrar al mundo la realidad política de México, sus presos políticos y sus represiones cotidianas. Se concentraron en la plaza de las Tres Culturas, identificado por los estudiantes por su nombre azteca, Tlatelolco. Allí, ingresaron las fuerzas policiales el 2 de octubre con tal brutalidad que los saldos más optimistas hablan de 300 muertos. Los juegos se llevaron a cabo. El Comité Olímpico Internacional no dijo nada, ninguna sanción recayó sobre Díaz Ordaz por su accionar en Tlatelolco.
Ello muestra dos cosas. Por un lado, que a pesar de los reclamos en contra, las olimpiadas sí son políticas. La política es la esencia de los certámenes olímpicos. Como recuerda el mismo Hoberman, los soviéticos boicotearon los de 1984 (Los Ángeles) como represalia contra la Administración de Jimmy Carter, que había hecho lo mismo en los de Moscú, en 1980. Las tensiones y confrontaciones propias de la arena política se desplazan a las arenas deportivas. Por otro lado, demuestra el verdadero rostro del COI, la mayor y más poderosa transnacional deportiva. El COI no ha tenido problema, a pesar de su retórica prodemocrática y pro derechos humanos, en llevar a cabo sus certámenes en cruentas dictaduras como Alemania en 1936 y Moscú en 1980. Lo mismo puede decirse de Beijing 2008. Nada hizo el COI por obligar al régimen comunista a mejorar sus cifras en materia de derechos humanos; cierto es que el COI no es un organismo judicial ni policial, pero es un organismo legitimo a ojos del mundo que algo pudo hacer por los presos políticos y las minorías nacionales chinas. Ello porque, continuando con Hoberman, lo que promueven el COI y los olímpicos es un universalismo amoral, en el que todos los países tienen derecho a participar sin importar la brutalidad de sus gobernantes; sólo ofrecen un espectáculo deportivo altamente comercial de proporciones mundiales. Para este autor ‘la diplomacia olímpica siempre ha tenido una doble moral que explota el apego sentimental al espíritu de los Juegos. A falta de valores de referencia, la pompa y el esplendor reemplazan la verdadera preocupación por los derechos humanos’. Desde hace tiempo, esta mezcla de grandiosidad e ignorancia de la realidad ha caracterizado la actitud de perruna complacencia del COI hacia los países organizadores. Los únicos cambios que estos megacertámenes logran son puramente urbanísticos, arquitectónicos, estéticos. Solo hay que preguntarle a los pekineses a quienes se les ha pedido abandonar la milenaria tradición de escupir en las calles, se ha expulsado a los mendigos, se ha encarcelado de forma preventiva a más de 50 disidentes y se pretende mostrar la cara impoluta del desarrollo chino ocultando sus aspectos vergonzantes. No podemos olvidar la sangrienta política china hacia sus minorías nacionales de las cuales los casos de los tibetanos y los uigures son los más dramáticos ejemplos; a la brutalidad china en Tíbet y la región autónoma Uigur de Xinjiang, hay que sumarle los acuerdos energéticos que ha firmado el gobierno chino con el régimen genocida de Omar Hasan Ahmad al-Bashir en Sudán y la cruenta junta militar de Myanmar (antigua Birmania), además de otras formas de represión interna a sus disidentes políticos. El COI prefirió mirar para otro lado dado el gran peso e influencia internacional del gigante asiático, algo que hicieron de paso los medios que en su gran mayoría cubrieron las olimpiadas con el foco puesto en el esplendor del desarrollo chino o en los aspectos pintorescos, exóticos y hasta grotescos de la cultura china. El COI y los medios decidieron jugársela toda por China, poco o nada dijeron de sus abusos, y se desaprovecho esta oportunidad histórica en que los reflectores estaban todos sobre China para tratar de transformar la situación.

No asisto al gimnasio en la mañana. Mi pequeña barriga no encontrará en mí obstáculo alguno para crecer a su antojo. No tengo televisor para contemplar las olimpiadas ni ningún espectáculo deportivo. No practico el fútbol, la tabla hawaiana, la esgrima, el wii fit, o los mal llamados ‘deportes extremos’. Desconfío de todos los regímenes, políticos y dieteticos. No le hago barra ni a millos, ni al barça ni a Boca, ni al Ajax. No comulgo con el aforismo ‘mente sana en cuerpo sano’. Considero el creciente culto por el cuerpo sano como una enfermiza obsesión que no evidencia precisamente una ‘mente sana’. Además, ¿Quién ha dicho que una mente completamente sana sea un ideal deseable? Considero a los deportes sexistas y poco favorables al desenvolvimiento del espíritu, la sensibilidad y la imaginación. Considero a los ídolos del deporte, tigres de papel, héroes de simulacro que han venido a remplazar a los dioses, los padres fundadores y los libertadores de naciones. Se que la sensibilidad contemporánea está tan ligada al ‘espíritu deportivo’ que estas líneas pueden causar escozor. Pero tenía que decirlo. Las olimpiadas de Pekín evidenciaron lo irreflexivo a lo que el frenesí deportivo puede llevar a los sujetos. Desafortunadamente son legiones las que se oponen a mi humilde opinión. No espero cambiar el mundo. Pero, una vez más, tenía que decirlo.
Notas
[1] Citado en DEBORD, Guy. La sociedad del espectáculo. Gallimard/Pre-Textos. Valencia, 2005. P., 9.
[2] Ibid. P., 12.
[3] Acá utilizo la noción de habitus de Pierre Bourdieu para referirse a las reglas de comportamiento que estructuran un determinado campo en el que se divide la vida social. Ver: BOURDIEU, Pierre. La distinción
[4] ELIAS, Norbert. El proceso de la civilización. Fondo de Cultura Económica. México, 1989. P., 231.
[5] Ibid. P., 241.
[6] En: http://www.fp-es.org/en-cifras-anillos-de-oro. Página visitada el 25 de agosto de 2008.
[7] En: http://www.fp-es.org/depende-juegos-olimpicos. Página visitada el 23 de agosto de 2008.
[8] KURLANSKY, Mark. 1968. Ediciones Destino. Barcelona, 2004. P., 419.