La tragedia del secuestro, no es particular de Colombia, pero el alcance que adquiere en nuestro país es algo que ningún país ha sufrido ni sufrirá. Solo la experiencia límite de Auschwitz o Bergen Belsen y del gulag puede compararse con la tragedia que han padecido miles de Colombianos. El secuestro político y su magnitud, es otra particularidad del caso Colombiano. Una de las razones del desprestigio de la izquierda europea y latinoamericana fue el recurso al secuestro como arma política, principalmente como instrumento de presión para llevar a la liberación de cuadros y militantes. No obstante, las FARC han llevado esta terrible estrategia a niveles inéditos.
El secuestro político no es nada nuevo en Colombia. A los de mi generación no nos cuesta recordar los nombres de José Raquel Mercado, Marta Nieves Ochoa o Andrés Pastrana, como parte de esos bienes simbólicos que macabramente los actores del conflicto han utilizado como medio para el logro de sus fines. Pero tras la negativa del Estado a negociar con las FARC la liberación de más de 300 soldados y policías que tenía secuestrados, inició la tenebrosa práctica de engrosar un botín humano de personalidades de la vida política nacional, para llevar al Estado colombiano a una derrota política, paralela al avance de su estrategia militar. La negativa del gobierno Uribe a negociar con las FARC bajo ninguna condición, ha llevado a las FARC, a la larga, a una derrota política y a entregar, a cuentagotas y dolorosas cuotas, a los ‘presos políticos’, manteniendo a los militares secuestrados mientras se adelanta un intercambio.
La alegría que ha acompañado las liberaciones, no obstante deja un sinsabor por la manipulación que, gobierno y oposición (Chávez incluido) hacen de esta terrible tragedia que entra en las páginas negras de la historia en letras mayúsculas. Todos quieren manipular políticamente la ocasión, convirtiendo tanto el escenario como la escena, en un espectáculo, un tinglado donde se representa un performance tan real como construido. La noticia se sale de lo estrictamente político y raya con el entretenimiento, las noticias de farándula y el mundo de las celebridades. Impulsados por una sociedad que acompaña la felicidad con el morbo, los medios se lanzan sobre aviones y helicópteros que traen en sus vientres a los secuestrados de vuelta a sus familias, la sociedad y la vida. Estos, que llevan años de maltrato, silencio y muerte, preparando en la soledad de la selva las palabras y gestos que van a decir a la sociedad, a los amigos y a los seres queridos, se deslumbran por el flash, la seducción de las cámaras y los micrófonos, se despachan contra sus captores, contra el gobierno mientras los ciudadanos-televidentes, medio aterrados, medio atontados, sacian su sed de detalles y un torrente de emociones cubre la piel nacional produciendo una catarsis colectiva y momentánea.
Se producen entonces momentos que se inscriben como relieve en el inconsciente colectivo: el madrazo de Pinchao al ser rescatado, la celebración de Ingrid y sus compañeros al enterarse de la liberación, el gesto de Luís Eladio Pérez aún en la selva, el abrazo de Sigifredo López. Ellos, ni bobitos que fueran, alimentan el interés nacional por su tragedia con publicaciones que se convierten en Best Sellers y que han convertido en lectores consumados a miles de Colombianos que nunca antes leían un libro. Estos textos constituyen un nuevo género por derecho propio, la “literatura del secuestro” que, (me perdonan) más motivada por el deseo de saciar una enfermiza veleidad colectiva que por escribir para superar el trauma, no alcanza el nivel de expresión literaria de un Archipiélago gulag, La escritura o la vida o Si esto es un hombre. No quiero ni pensar en el éxito que adquirirá el libro de Ingrid cuando salga publicado, pero seguramente servirá para reforzar su estatus casi sacro en la opinión pública internacional.
Me alegra la libertad de soldados y políticos por igual, como condeno el secuestro económico o extorsivo; no obstante, en los ultraparadógicos tiempos del uribismo exacerbado que vivimos, la libertad se ha convertido en un espectáculo en el que se trivializan la política, el debate y la libertad; y poco se enriquece la democracia y el debate público.
Bogotá, Febrero de 2009.
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