sábado, 4 de julio de 2009

LAMENTO BOLIVIANO.


Que difícil es hablar de los grupos humanos sin caer en el esencialismo, ese pecado capital según el cual existen esencias inviables e inmutables, estructuras definitorias de los conglomerados sociales. No obstante, quisiera escribir sobre Bolivia, asumiendo un esencialismo estratégico, y esbozar lo que, tras tres viajes a este país, son mis impresiones personales sobre este estado nacional que no en vano ha sido denominado el “Tíbet de América”.
Bolivia es un país que desde siempre ha luchado por mantener su unidad y su autonomía. Lo que durante la colonia se conoció como el “alto Perú”, constituye en realidad un variado mosaico de climas, regiones y culturas que, como cualquier país, impide hablar de una única Bolivia. Existen múltiples bolivias. Esta fragmentación es tal vez la principal riqueza del país (por encima de sus inmensas fuentes de metales y de gas natural) pero también su mayor reto. La nación, ese artificio de las clases dominantes es aún más ficticia en Bolivia; existen pocos mínimos comunes denominadores que permitan pensar a Bolivia como una “comunidad imaginada”. Es decir, por motivos étnicos, políticos y económicos, con mucha dificultad los bolivianos se sienten en comunión con la misma identidad nacional.
La fragmentación regional no es particular de Bolivia. Excepto Chile y Argentina (que viven sus propias fracturas), todos los países andinos se distinguen por tener sus territorios fragmentados por zonas bióticas y geográficas entre las que se destacan las costas, las sierras y las selvas y llanos en los casos de Venezuela y Colombia. Bolivia no tiene costa, pero si una muy fuerte fragmentación entre la sierra occidental y los selvas y planicies del nororiente del país. Esta fragmentación ha devenido en un fuerte clivaje político en el cual ha cristalizado una fuerte oposición entre estas dos regiones naturales; grieta que se ha ahondado con la presidencia de Evo Morales Ayma y su discurso radicalizado hacia un reforzamiento de la hegemonía de La Paz, El Alto y la sierra en general.
Desde siempre ha existido una rivalidad política entre la Paz y Sucre. Aunque Sucre es la sede del poder judicial, La Paz ha usurpado la mayoría del poder político y financiero, y es hoy por hoy, la capital de facto del país (no obstante, todos los sucreños con lo que he hablado sostienen que la gobernabilidad del país reside allí, en Sucre). Esto ha causado un enorme problema político, manifiesto en las intenciones y voluntades autonomistas de los prefectos y la clase política en general, de cuatro de los nueve departamentos del país: Tarija (departamento que alberga la segunda reserva de gas natural de América), Santa Cruz, Beni y Pando. Aunque, a la fecha, el conflicto parece estar en una tensa calma, al mismo tiempo una solución definitiva parece por ahora inalcanzable: Evo sigue con su proyecto de reforma constitucional (que establecería un fuerte control centralizado en la Paz), mientras los departamentos rebeldes continúan con sus planes autonomistas.
A pesar de la calma aparente de los últimos meses, el caos político subyace en el país. El caos es la esencia del país político, su acto fundacional como república. Como parte del Perú, Bolivia gana su independencia de España en 1824. No obstante, fuerzas leales a la corona se rebelaron contra la fuerzas “patriotas” sumiendo al país en una pequeña guerra civil. Tuvo Bolívar que mandar a su fiel perro el mariscal Antonio José de Sucre para poner fin a la rebelión. Sucre y una fuerza expedicionaria logran una cierta estabilidad que es aprovechada por las élites del “Alto Perú” para proclamar la independencia del país que en honor al padrecito de los pueblos americanos pasó en adelante a denominarse Bolivia. Tres años más tarde, Andrés de Santa Cruz, tomó el poder formando una confederación con el Perú, lo cual detonó la furia de Chile, cuya armada derrotó a Santa Cruz en 1839, rompiendo la confederación y llevado al país a un marasmo que llegó al clímax en 1841, cuando tres diferentes gobiernos reclamaban simultáneamente el poder. La inestabilidad política ha sido desde entonces constante. Hasta hoy, tras 184 anos de vida republicana, el país ha soportado 194 cambios de gobierno, terribles dictaduras que han apagado la protesta social y enormes pérdidas territoriales.
Sea por guerra o por diplomacia, Bolivia ha perdido una enorme cantidad de territorio que le ha llevado a ser esa república enclaustrada que es hoy día. De triste recuerdo para la memoria colectiva del país, sus cruentas guerras contra Chile) que le llevó a perder su añorada salida al mar) y ante Paraguay, la denominada guerra del Chaco, que, con un saldo del 80 mil muertos representó la perdida del llamado Chaco boreal. Hoy, Bolivia es la mitad, territorialmente hablado, de lo que debió haber sido. Los chilenos siguen explotando la puna de Atacama y los paraguayos la zona del Gran Chaco.
La melancólica pero a la vez, extrañamente festiva, psique nacional aún resiente estas perdidas y sigue adelante a pesar del desorden político. Los anos mostrarán que le espera a esta triste Bolivia indiana, blanca y a la vez mestiza, siempre esperando tiempos mejores para alcanzar el anhelado desarrollo social, económico y político.
La Paz, Junio 10 de 2009.

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