miércoles, 8 de julio de 2009

WILLKA KUTI.




Y llegó el año 5.517 según la cronología aymara. A mi me cogió con los pantalones bien puestos; 3 pantalones para hacer justicia a la precisión. Iba advertido: aquella iba a ser la noche no solo más larga, sino además, la más fría del año en el altiplano boliviano. Y así fue. Ni siquiera en las laderas de la cara norte del monte Aconcagua había sentido mi cuerpo tanto, tantísimo frío. Este era un frío seco, que cortaba el aliento e impedía hablar; típico de la meseta del Collao. Un frío que en el Perú había matado decenas de infantes en las últimas semanas, un dato macabro pero muy revelador.


Al sol, ‘tata willka’ (en aymara) o ‘tata inti’ (en runa simi o quechua), lo anhelábamos, lo esperábamos. Antes de su salida el frío era glacial, polar, espantoso. El Willka Kuti o fiesta del retorno del sol se celebraba en muchas comunidades de La Paz, Chuquisaca, Cochabamba, Potosí y Oruro. Pero yo había decidido vivirlo en Tiwanaku, centro político y espiritual del imperio tihuanacota, horizonte simbólico y cultural del mundo andino.

Con sus siete complejos arquitectónicos, la mayoría de ellos orientados astronómicamente, Tiwanaku refleja el esplendor de la civilización que habitó este, hoy, sitio arqueológico a setenta kilómetros de la ciudad de la Paz, y muy cerca del lago Titicaca. La cultura tihuanacota, que ejerció enorme influencia en los Andes centrales (para muchos es, junto a la cultura Chavín, el horizonte, la cultura ‘matriz’ de las civilizaciones andinas) fue una de las más longevas de América. Los arqueólogos rastrean sus orígenes entre el 1500-1400 AC, y su colapso entre el 1100-1200 DC. Esta persistencia temporal le permitió desarrollar el bronce, técnicas avanzadas de medicina, y un complejo sentido de la planeación urbana, lo cual se hizo evidente ante mis ojos, tan pronto estos se posaron sobre la antigua ciudad.



Llegué a Tiwanaku a las 11 PM, tras beber unas paceñas en una húmeda peña de la calle Illampu en la capital boliviana. Atravecé la ciudad de El Alto y tomé rumbo al Titicaca por una oscura carretera. Hacia la media noche estaba en Tiwanaku. Lo primero que hice fue acercarme a una de muchas fogatas que iluminaban la helada noche, tratando de arrancar unos pocos grados al frío. Era impresionante: gente de todo el mundo, y venidos de distantes ayllus y marcas, trataban de acercarse, de juntar sus humanidades para que el calor de los cuerpos los mantuviera abrigados. Pero era inútil. Conforme pasaban los minutos el frío se hacía más y más severo. La noche la pasamos en un ambiente surrealista. Entre tragos de chicha, humo y vaho transcurrió el tiempo, animado por quenas, Charangos, zampoñas e instrumentos de huyphipacha y jallupacha. La música entraba en los pulmones, calentándolos. Los amautas, algunos venidos de Ecuador, Chile y Argentina, comenzaban a preparar las ‘mesas’, ofrendas de pago a la pachamama, para pedirle por el regreso del sol y agradecerle al viejo año por la provisión de alimentos.

Como en otras fiestas solares arquetípicas, el Willka Kuti, equivalente aymara al cada vez más falso y teatral Inti Raymi cusqueño, está relacionado con los ciclos de renovación cósmica, con fiestas agrícolas que en todo el mundo celebran la fertilidad y los ciclos de vida y muerte. El significado del Willka Kuti para los aymaras y campesinos bolivianos es enorme. La fiesta coincide con el fin de la cosecha y el inicio de la preparación de la tierra para un nuevo ciclo agrícola. Podría decirse que aquí vale más el calendario andino que el soso calendario gregoriano y sus ambiguas fiestas, muchas de ellas montadas sobre celebraciones paganas, saturnales dionisiacos y fiestas arquetípicas de renovación agrícola.

Hacia las seis de la mañana, el cielo comenzó a teñirse de un tenue azul que cada vez se hacía más y más intenso. El sol comenzaba a asomarse tras las montañas; pero aún no salía. Yo había pasado la madrugada tratando de engañar el frío con mate de coca mezclado con singani tarijeño, y chacchando bollos de la más sagrada planta americana. El momento más frío de la noche fue justo antes del amanecer, cuando el termómetro cayó a -17º C. No sentía los dedos de los pies, a pesar de llevar encima toda mi parafernalia de andinista. Anhelaba el sol, su calor protector, sus rayos asomando por la montaña.

De repente, las manos comenzaron a levantarse, los cuernos andinos comenzaron a resoplar, anunciando la inminente salida del astro rey. Los amautas comenzaron a entonar sus cánticos y a encender las ofendas a la tierra. La claridad del azul celestial era ya total. A las 7:15 de la mañana de ese 21 de junio se dio. Salió el sol.



Suelo declararme como agnóstico y escéptico en cuestiones metafísicas, sobre todo si se trata de cuestiones del ‘espíritu’. Para mi el espíritu (geist) suele ser una patraña occidental que expresa su autoconciencia colonizadora. No obstante, al momento de salir el sol algo ocurrió en mí. Un júbilo indescriptible, una alegría que podría llamar, si se me permite la expresión, ‘cósmica’, me apoderó. Si es que tengo un alma, un soplo místico, un impulso vitalista, o un espíritu, pues este salió de mí en ese momento, juntándose con una conciencia cósmica que estalló cuando los rayos solares tomaron contacto con mi cuerpo. Fue una experiencia religiosa, y fui feliz como nunca antes lo había sido.


Se desató la fiesta. Cogidos de la mano formamos una laaarga ronda. Bailamos frenéticamente en medio de los cantos de los amautas y el humo de las ofrendas a la pachamama. Los minutos pasaban y aumentaba la temperatura, ahora un par de grados por encima del punto de fusión. Un sol, como nunca había visto comenzaba a calentar y hacernos sentir su poder. El frío mermaba, más no la felicidad de todos los presentes. La fiesta continuó hasta media mañana cuando el Kalasasaya o Templo de las Piedras Paradas comenzó a desocuparse. Yo seguí la fiesta hasta avanzada la tarde, cuando la prudencia y mi estómago me advirtieron que era hora de regresar a la Paz. Tomé el tren que me dejó en El Alto; de ahí en colectivo hasta mi hostal, a mi habitación, a mi cama, donde caí como una pesada piedra de moler, y entré en un profundo sueño. Al despertar, tomé papel y lápiz, y escribí estas líneas.

La Paz, Junio 22 de 2009.

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