sábado, 4 de julio de 2009

LA MUERTE DE FEDERICO CAMPANINI.

http://www.youtube.com/watch?v=kTMXtdNEK0I

Una gran polémica se ha armado en la Argentina en las últimas semanas a raíz de la muerte de Federico Campanini en las nieves del Aconcagua, la montaña más alta de América. Un video, dado a conocer por Carlos Campanini, padre del fallecido montañista ha sido determinante para juzgar lo que allí sucedió.

El Aconcagua seduce a montañistas de todo el mundo debido a su título de montaña más alta de América, del hemisferio sur, del hemisferio Occidental y además, por ser la mayor cima por fuera de Asia con sus 6.962 metros de altura. Es conocido el mal carácter del Aconcagua: sus vientos huracanados, sus fríos polares, su viento blanco, y sus aterradores seracs, bloques de hielo que se sostienen como guadañas y que hacen de muchos de sus flancos mortales apuestas. Ninguna cara del Aconcagua es fácil, debido a que su cercanía con el Océano Pacífico le convierte en víctima de fuertes vientos que a esa altura, hacen sumamente difíciles las condiciones de escalada por cualquiera de sus caras. Eso lo aprendí en mi propia carne.

En cuestiones que atañen a las grandes cimas del mundo y a los dramas que allí pueden desarrollarse, máxime en montañas peligrosas como el Aconcagua, los criterios morales que solemos utilizar para juzgar las cosas acá abajo, no son los mismos que debemos aplicar a lo que sucede allá arriba, donde imperan otros axiomas éticos y morales que son incomprensibles para todos aquellos que no están acostumbrados al drama que puede surgir a grandes alturas y sus exigentes condiciones. No obstante, el video dado a conocer en todos los medios del país austral nos permiten juzgar lo que ocurrió en esa tragedia que cobró la vida de Federico Campanini y una escaladora italiana.

Fue una casualidad el haber estado en la montaña en el momento que sucedió dicha tragedia. De hecho, Felipe Villegas mi compañero de cordada y yo, subíamos el trayecto entre la zona de “Ibáñez” y la “Cuesta Brava” el 6 de enero, en medio de la tormenta que, a pocos metros de la cima, sometía a la cordada italo-argentina a sus rigores. Abajo, la tempestad que se extendió por más de una semana convirtió un esperado verano en plaza de mulas, en un invierno que evitó que la montaña fuera conquistada durante días.

Esta ha sido una temporada trágica en la montaña, seis personas murieron en el tiempo que estuvimos en el Aconcagua. Sabíamos del drama que se desarrollaba arriba, el cual hizo mella en el ánimo de todos quienes esperábamos que la montaña nos diera una oportunidad. Sabíamos que Campanini se encontraba unos cientos de metros debajo de la cima; que una escaladora italiana, en estado avanzado de edema cerebral, se había arrojado al abismo; que se habían perdido en el glaciar de polacos descendiendo de la cima por la ruta normal; que Campanini se había comportado como un héroe sacrificando su calor corporal y su fuerza física por el bienestar de sus clientes. En efecto, al regresar sanos y salvos a Mendoza, los tres italianos sobrevivientes defendieron la labor de Campanini cuando tras hacer cumbre, inexplicablemente se salieron de la ruta normal y se adentraron en el peligroso 'Glaciar de los Polacos'.

Por requerimiento judicial, el procedimiento de rescate fue filmado; el video llegó a las manos de los padres de Federico Campanini quienes presentaron una querella argumentando que su hijo fue maltratado y abandonado con vida en el ‘centinela de piedra’. En el video, que resulta una experiencia visual escalofriante, se ve un grupo de seis rescatistas (incluido el camarógrafo) intentando salvar la vida de Campanini. No obstante, no hay que ser montañista para darse cuenta que el grupo de rescate cometió muchos errores que ponen en evidencia un alto grado de improvisación y plantean serios cuestionamientos éticos frente a la forma en que se procedió.

Lo digo una vez más, la ética de la montaña no es la misma que impera a cotas más bajas. La montaña, escenario dantesco de dramas en los que la vida se apaga con facilidad y donde la muerte es parte de la cotidianidad, se rige por normas morales en los que el rigor de las condiciones imponen que la vida propia impere sobre la de los demás, es decir, el máximo imperativo es salvarse a si mismo y no intentar ningún rescate si esto pone en peligro la vida propia y la del grupo. Sin embargo, lo que se observa en el video de rescate de Campanini son montañistas en buen estado físico, agotados pero sin riesgo de perder la vida en medio de una tormenta que sin embargo ofrece condiciones necesarias y suficientes para intentar un rescate. Pero la improvisación es evidente. El camarógrafo no hace nada por impedir la tragedia más que lamentarse sin mover un entumecido dedo. Los rescatistas se ven más afanados por salir pronto de allí que por llevar a Campanini hacia la cima, recorriendo los 400 metros que los separan de ella para regresar por la ruta normal. No llevaban carpas, agua, palas, camilla, dexametasona (un corticoide que ayuda a mitigar los síntomas de mal de altura, además de funcionar como las hormonas esteroides), sleeping bag o guantes, que hubieran salvado la vida de Campanini, o al menos, aumentado las probabilidades para el guía mendocino.

En vez de todo aquello, los rescatistas arrastran a Campanini como un animal, lo insultan y comentan en voz alta lo cerca que está su muerte. Se trata de un rescate que resulta, a diferencia del Aconcagua, atacable desde todos los flancos. El rescate fracasó con total éxito, y el video ha dado la vuelta al mundo.

La polémica se ha desatado y, a pesar de vivir estos tiempos de relativismo cultural y moral, juzgar lo que sucedió a unos pocos cientos de metros de la cima del Aconcagua es fácil: los socorristas cometieron una serie de errores que no ayudaron a mejorar las condiciones en las que se encontraba Campanini. El otro juicio, no el moral sino el de la justicia argentina, sigue en curso, y los argumentos de la familia Campanini son sólidos, dada la prueba documental del video. Lo que sucedió con Federico Campanini plantea muchas preguntas concernientes al montañismo, la solidaridad, la empatía con el sufrimiento del otro, la vida y la muerte. Las imágenes de ese rescate probablemente queden inscritas en mi mente como testimonio de un drama ajeno pero que me tocó de cerca, muy de cerca.

Pucón, Chile. Febrero de 2009.

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